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Viaje a ninguna parte

Ainhoa
Participante
Ainhoa
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Continuamos por las tierras llanas del norte de Albania, donde parece imposible encontrar un lugar para acampar. Las lluvias persistentes han dejado la tierra anegada y acabamos arrastrando las bicis por un barrizal. Esfuerzo inútil. Esta vez ni siquiera nos da tiempo de terminar la mandarina cuando una mujer de mediana edad ya está bajando por la colina, con barro hasta las rodillas. Gracias al lenguaje corporal y al albanés nivel superviviente que hemos adquirido en las últimas horas conseguimos entenderle que le duele el corazón de pensar que vamos a dormir en aquel lugar, con el río amenazando con desbordarse. Cabe aclarar que hay regiones del mundo, no tienen por qué ser remotas, que el lenguaje de signos aparentemente universal no funciona. En estas tierras tienen la costumbre de mover la cabeza de lado a lado para afirmar, y subir y bajar el mentón para negar, lo que muchas veces dificulta la comunicación. Detrás de la mujer aparece, como salido de la nada, otro hombre. Al principio pensamos que es su marido, pero resulta ser simplemente alguien que pasaba por allí, y que la mujer ha convencido para que nos dé cobijo. Así conocemos a Mark y Drane, nuestra familia albanesa del día. De nuevo la comunicación es un reto, pero esta gente pone las cosas muy fáciles. Disfrutan ayudando, ofreciéndonos sus mermeladas caseras, queso de sus propias cabras y huevos de sus gallinas, recién cogidos. Mark nos cuenta que de sus cinco hijos, solo una vive en Albania. Los que tienen suerte consiguen encontrar una oportunidad en Italia o en Inglaterra, aunque en muchos casos eso signifique no volver a Albania y perder el contacto físico con sus familias durante años. A pesar de esta situación, el carácter de los albaneses es alegre, abierto y generoso como en la Europa “más desarrollada” no podemos llegar a imaginar.

Oscuros nubarrones se ciernen sobre la autopista… por donde deambulamos ciclistas y peatones.

La capital de Albania no es una capital europea más. Entramos por una calle supuestamente de cinco carriles que en realidad son siete, flanqueados por Mercedes y burros. Las pequeñas tiendas y negocios de todo tipo se apiñan en bazares infinitos, hay gente y perros a partes iguales por todas las calles, y todo parece funcionar perfectamente en un sistema en el que no hay más ley que el respeto. Con todo, no estamos demasiado interesados en la vida urbana y cruzamos la ciudad lo más rápido que podemos.

Dormir sobre ríos de fango.

No pretendemos ser desagradecidos, pero a veces tampoco sienta mal un poco de privacidad, aunque las nubes sean tan pesadas que casi rozan la carretera. En nuestro camino encontramos un tramo de autopista en obras, con tierra bien pisada, que imaginamos perfecta para poner nuestra tienda de campaña. Elegimos el lugar más llano y escondido posible, y según terminamos de poner la última piqueta, las nubes se liberan de su carga. Gabi trata, en vano, de desviar los cursos de agua alrededor de la tienda para evitar la inundación, pero en cuestión de minutos nos vemos envueltos en puro fango. Dos perros callejeros pasean junto a la tienda en mitad del temporal y un coche no deja de recorrer la vía en obras durante la noche. Esta vez sí conseguimos acampar, aunque en el fondo no nos hubiera importado haber sido adoptados otra vez por una familia albanesa.

La niebla que precede el ataque zombie.

Desoímos los consejos de la gente que, bienintencionadamente, nos aconsejan coger el túnel de la autopista que une Tirana con Elbasan, y que discurre por el interior de la montaña durante kilómetros. ¿Quién querría tomar un atajo pudiendo disfrutar de la enésima tormenta de granizo y del placer de bajar un puerto de montaña con una niebla que parece algodón de azúcar? Como en una película de zombies, las sombras de distintos elementos aparecen y desaparecen entorno a nosotros en un radio de cuatro metros: un rebaño de cabras, manadas de caminantes que no sabemos a dónde van ni de dónde vienen, más perros callejeros y aullidos de lobo como telón de fondo. Bajamos al valle sanos y salvos, saltando de bache en bache hasta el centro de Elbasan. Esta Albania nos sabe distinta. A medida que pedaleamos hacia el sur la frecuencia de saludos se reduce, la sensación de pobreza se atenúa y los coches conducen más rápido (probablemente porque la carretera lo permite). Habíamos escuchado que si Tirana estuviera situada apenas unos kilómetros más hacia el norte, probablemente el país ya se habría dividido en dos debido a las diferencias entre las dos regiones. Por suerte, los pastores son igual de bondadosos en todos los rincones albaneses.

Con Indrit, en Elbasan. Nótese la mugre que empieza a hacer costra en el equipaje.

En Elbasan tenemos que tomar una decisión importante, es la primera vez que estamos expuestos a un peligro real. Las predicciones anuncian una mejoría en el tiempo, pero las lluvias y el deshielo han inundado la región por la que teníamos previsto pasar. Las noticias ya hablan de personas fallecidas y algunas carreteras están cortadas. En Albania no hay muchas carreteras, y entre las que hay, el porcentaje de vías pavimentadas no es demasiado alto, por lo que tampoco tenemos muchas opciones. Estamos en febrero, en pleno invierno, y las temperaturas en el interior se desploman con el cese de la lluvia, de modo que no podemos arriesgarnos a tomar una secundaria sin saber si estará practicable. Nos decantamos por la montaña, aunque eso signifique volver a dormir durante una semana bajo cero, siguiendo una carretera nacional hasta el lago Ohrid, y desde ahí, hasta la frontera con Grecia en paralelo a los montes Gramos.

Nos esperan días heladores


Ainhoa
Participante
Ainhoa
Participante

Cumplimos los nueve meses de viaje y para celebrarlo todo empieza a colapsar. Las patas de cabra ya no nos soportan, así que sujetamos las bicis con palos de bambú. Un día uno de los palos resbala y con el golpe se parte un cuerno de la bici, que reparamos como solución “momentánea” con cinta aislante. El pegamento que compramos en Croacia para sellar las costuras se cuartea y volvemos a tener goteras. Nos estamos quedando sin pastillas de frenos y por aquí es imposible encontrar recambios. La varilla de la tienda que en su día arreglamos lijando termina de partirse, y hacemos una reparación de urgencia con un tubo de aluminio y más cinta aislante. Se rompe uno de los portabidones, nada que un poco más de cinta no pueda solucionar. Otro día lo comenzamos con un eslabón de la cadena graciosamente encajado en el desviador trasero, Gabi intenta enderezarlo con unos alicates, pero esta vez la chapuza no funciona. Por suerte llevamos otro juego de cadenas para rotarlas cada mil kilómetros y alargar la vida útil tanto de la cadena como del juego de platos y cambios. Las noches son increíblemente frías y la escarcha nos congela nuestros sacos primaverales. Existe un truco bien conocido en el mundo de la acampada invernal que consiste en calentar agua, meterla en un bidón o botella metálico envuelto en un calcetín y ponerlo a los pies de los sacos. Nos encantaría ponerlo en práctica, pero los bidones que no pierden agua por algún lado están rajados por otro. ¿Contemplar el cielo estrellado más bello de Europa puede compensar de alguna manera?

Al menos hace sol.

Caminos de cabras.

Empezamos a ver nieve y hielo a ambos lados de la carretera, aumentando el grosor de la capa a medida que ascendemos. La meseta albanesa, que ronda los mil metros de altitud, deja algunos momentos de tregua que aprovechamos para acampar. Tomamos un camino de cabras y decidimos ubicar nuestro palacio junto a un lago, con vistas a las montañas nevadas. Todos los pastores de la zona se acercan a preguntar qué demonios hacemos allí con el frío que hace, y uno de ellos se queda especialmente preocupado. Creemos entenderle que hay un lugar mejor para poner la tienda un poco más abajo, que el viento de montaña sopla muy fuerte por la noche, pero decidimos quedarnos donde estamos después de ver que el suelo estaba bastante encharcado. Menos mal que hicimos las fotos al atardecer, porque no llegamos a ver salir el sol en el mismo lugar. Cuando llevábamos una hora durmiendo nos despierta un hombre gritando:

-¡Mister! ¡Monsieur! ¡Mister!

Menos mal que no esperamos a la mañana para hacer la foto.

Resulta que el pastor ha ido a buscar a su primo, que ha pasado toda su vida en Bélgica y habla idiomas, para que haga de intérprete. Por él sabemos que es peligroso acampar en esas laderas porque es territorio de lobos, que justo ayer atacaron a una de las ovejas del pastor. Nos explica en perfecto francés que lo que su primo en realidad quería decirnos era que fuéramos a dormir a su casa, pero no lo habíamos entendido, así que ahora renueva el ofrecimiento. Casi sin dudar recogemos la tienda y todos los bártulos lo más rápido posible en medio de la noche y regresamos por el mismo camino de cabras que habíamos tomado apenas unas horas antes. Drilon nos ayuda a comprender (y amar) un poco más Albania, y su tía se ocupa de que nunca más vuelva a tener los pies fríos regalándome cinco pares de calcetines tejidos a mano.

Encantados con la familia de Drilon.

Dejamos atrás la ciudad de Korcë, capital de la región, para adentrarnos en una zona casi deshabitada de Albania. En cien kilómetros atravesamos cinco pueblos, y solo en el último podemos gastar los últimos leks que nos quedan. Abandonamos la meseta y volvemos a las montañas más altas, un poco más relajados en la cara sur donde apenas hay hielo en las horas centrales del día. Las guías turísticas remarcan el hecho de que Albania esté plagado de búnkeres, pero lo que más nos impacta a nosotros es la existencia de cientos de miles de “centros de lavado” para coches, que consisten en una superficie de cemento y una simple manguera conectada a un grifo. A los albaneses les encantan los Mercedes, pero si solo si están limpios, y con estas carreteras mantenerlos en buen estado es un trabajo a jornada completa. El problema con los centros de lavado es que para evitar que el caño se congele dejan correr el agua durante todo el día, con la boca de la manguera apuntando hacia la carretera. Hasta que una cicloturista torpe toma la decisión equivocada y sigue la rodada de la carretera, sin percatarse de la gruesa capa de hielo. La caída es brutal y me deja en el suelo aturdida durante unos instantes. Por suerte ha sido subiendo el puerto y no descendiendo, pero cuando vamos a la cafetería del local que dejó la manguera abierta y me quito el guante, la mano derecha ha doblado su tamaño y está completamente morada. Nos tememos lo peor, apenas puedo moverla y el dolor es tan intenso que me salta las lágrimas. Pensamos que hay algo roto, pero no podemos hacer nada. Por esta carretera no pasan taxis ni autobuses, solo nos hemos cruzado con un par de coches en todo el día, así que no podemos hacer autoestop como otras veces. Aunque llamemos al seguro no tenemos manera de ir al médico. Por un momento barajamos la posibilidad de que Gabi haga el trayecto llevando ambas bicicletas mientras yo camino, pero aún nos separan cien kilómetros de nuestro destino, cruce de fronteras incluido.

Nieve y más nieve en la carretera.

Ainhoa
Participante
Ainhoa
Participante

Nuestro primer sueño en la nieve.

Descansamos una hora y la inflamación se reduce bastante, aunque el dolor persiste, pero a veces no existe una solución fácil y la única salida posible es apretar los dientes y continuar. Y justo eso es lo que hacemos. Conduzco la bici como buenamente puedo y cuando hay que arrastrarla por el fango o en las bajadas más empinadas, Gabi hace el trabajo sucio. En el último pueblo antes de cambiar de país preguntamos por el camino a Grecia y una mujer nos indica que tomemos la antigua carretera principal, que son 8 kilómetros ladera abajo en lugar de 16. Le preguntamos varias veces si está bien la carretera y nos contesta que sí, que es una hora hasta cruzar la frontera. Tomamos el camino empedrado hasta la salida del pueblo donde… todavía hay más piedras. Únicamente vemos pasar recuas de burros y jeeps con tracción a las cuatro ruedas y hasta que no empieza a anochecer no nos damos cuenta de lo que había detrás de las palabras de la mujer que nos dijo “la carretera es buena, son ocho kilómetros… una hora”. Quizá en burro. Solo en cruzar un charco de puro fango empleamos tres cuartos de hora y al final tenemos que acampar justo al borde de la supuesta carretera. Nos llevará media mañana arrastrar las bicis hasta alcanzar el puesto fronterizo.

La «carretera» en cuestión.

Por suerte, en la frontera puedo descansar casi otra hora más: hay un problema con los DNI. En nuestro querido documento de identidad español figuran dos números distintos, uno corresponde al número de identidad, y el otro es el número de soporte físico de la tarjeta, que es precisamente el que cada uno de los cinco policías que pasan por el puesto intenta ingresar en sus archivos, hasta que nos preguntan directamente. Solucionado el problema técnico, cruzamos el puente que nos separa de Grecia. Ya queda menos para poder descansar la maltrecha mano y aparcar la bici durante una buena temporada. Existe un dicho en albanés: avash-avash, que ilustra bien la actitud que los albaneses mantienen frente a la vida. Significa literalmente “despacio, despacio”, con un sentido similar al más famoso dicho suajili hakuna matata. Tómate las cosas con calma, y poquito a poco llegarás a tu destino. Es el mejor estado de ánimo para disfrutar al máximo de un viaje por Albania.

Avash Avash

ferris
Participante
ferris
Participante

Menudo viaje que os estáis pegando. Espero que de sabañones estéis mejor…  8)  :-)

bego
Participante
bego
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He sufrido leyéndote, qué merecidísimo el descanso! Espero que se te mejore la mano pronto. Y ánimo, que la primavera está a la vuelta de la esquina!! 

bego
Participante
bego
Participante

Ah, y algo más swahili para cuando lleguéis a esa parte de África: 😉 «pole pole», despacio despacio,  que lo tenéis fácil de memorizar porque se parece a nuestro «poliki poliki» en euskera, o el «polako polako» bosnio. Qué curioso, verdad?  💡

Vicent
Participante
Vicent
Participante

Uf… en este mismo instante… ahora recién acabada la lectura de estás últimas entradas vuestras… tengo el co´razón en un puño y sentimientos muy contradictorios. Por una parte digo… pero dónde van estas criaturas por ahí y en esas condiciones?… Por otro lado pienso en toda la gente que estais conociendo, esos lugares, esas nieves/fangos/sendas… y pienso en lo afortunados que sois y en lo Mcgiver que resultais… no dejando nada sin «apañar».

Mustaros
Participante
Mustaros
Participante

Cuídate mucho Ainhoa que nos tienes preocupaditos entre sabañones, caídas y noches entre nieve, barro y lobos…

Asia os parecerá un chiste.

Etxabe
Participante
Etxabe
Participante

Así que ya estais en Grecia, al menos por éstas fechas no habrá mucho turista, que en verano se tiene poner aquello a tope.  :-)

Ainhoa
Participante
Ainhoa
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Pues sí, Inazio, este es el mejor punto de viajar en invierno.El otro día comentaba Gabi que si ahora tuviéramos que elegir una época del año para coger vacas y marchar con las bicis, elegiría el invierno (a pesar de los fríos, nieves y hielos). Pero no solo porque los lugares se vacían de turistas, también por el paisaje pero sobre todo por las reacciones de la gente que nos ve pasar o intentar acampar.

Etxabe
Participante
Etxabe
Participante

Ainhoa, las fotos son muy «politas», y también, en mi opinión, considero que escribes muy bien,  Así que procurad seguirnos deleleitándonos con vuestras vivencias.  😉

chopounico
Participante
chopounico
Participante

Muchas gracias por los animos! Os dejo la ultima entrada, quiza la mas personal e intima. 

Y tambien una noticia en primicia: dejamos las bicis por tiempo indefinido, pero el viaje continua!!! Vamos a recorrer Grecia caminando, nada de autoestop, a la vieja, vieja usanza ;)
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VENCER EL MIEDO AL MIEDO
“Lo que has hecho se convierte en la vara con la que juzgarte sobre lo que harás, especialmente desde la perspectiva de los otros. En cambio, cuando viajas eres lo que eres en ese momento. Las personas no conocen tu pasado como para reclamarte algo. No hay “ayer” cuando estás en la ruta”.  
 William Least Heat-Moon (1931-   ), viajero y escritor americano.

Hace tres años no era un ser humano. El miedo me paralizaba y la ansiedad me carcomía. Al principio sentía los nervios lógicos de acudir por primera vez a un lugar desconocido, pero la bestia se alimentaba de mi inseguridad; creció y se convirtió en un monstruo que devoró mi alma. Como un robot, solo era capaz de frecuentar sitios que me fueran familiares. El último que pude conocer fue la Biblioteca Nacional de España, donde la baja iluminación y la escasa afluencia me hacían sentir cómoda. Pero al cabo del tiempo se me hizo insoportable que cada día me asignaran una mesa distinta, y en pocas semanas fui incapaz de levantarme de mi butaca para solicitar nuevos libros, así que dejé de acudir, aun cuando no había terminado mi trabajo allí. Entonces me refugié en casa, que ni siquiera podía sentir como propia. Por aquella época Gabi y yo andábamos buscando una oportunidad para construir una nueva vida alejada de Las Rozas, donde habíamos compartido piso con un compañero suyo durante un tiempo. Hasta que surgiera algo nuevo nos habíamos instalado en casa de su madre, en las afueras de una urbanización residencial. Solo para ir a comprar el pan había que caminar durante quince minutos, no existía ningún tipo de contacto entre vecinos y para llegar a mi biblioteca era necesaria una hora y media de transporte público. Poco a poco dejé de ir a Madrid, no soportaba el peso de las miradas de los extraños cuando entraba al autobús. Ni siquiera intentaba buscar un asiento vacío, me arrinconaba donde menos pudiera molestar y esperaba a que todo el mundo bajara del bus cuando llegaba al intercambiador de Moncloa para que nadie me viera apearme. Pero el trayecto hasta la parada era cada vez más insoportable: me pesaban las piernas, me temblaban y dolían las articulaciones, un nudo asfixiaba mi garganta cuando buscaba el bonobús entre los bolsillos porque estaba haciendo perder el tiempo tanto a las personas que esperaban para subirse como al conductor. Cuando el bono se acababa no cogía el bus por miedo a pagar en metálico y que las monedas se escurrieran entre mis dedos. Así, dejé de encontrar sentido a salir de casa y exponerme a un mundo de miradas inquisitivas, donde yo solo era un estorbo en la rutina de los demás.

En casa no me sentía mucho mejor. El pánico me bloqueaba, tenía miedo de ser juzgada por mi manera de fregar los platos, por mi forma de cocinar o incluso por el modo de sentarme en el sofá. Así que también dejé de hacerlo. Lo más sencillo era quedarme en la habitación, y si tenía que ir al baño procuraba hacerlo de noche cuando los demás durmieran. Retrasaba cuanto podía tomar una ducha, ¿estaría gastando demasiada agua caliente? ¿Podía ser que alguien quisiera entrar al baño y no pudiera por mi culpa? Esa cantidad de champú o de gel, ¿no sería demasiado? ¿No es muy molesto para la siguiente persona que entrara el hecho de que el baño se llenara de vapor? ¿Y cómo elegir la ropa que me voy a poner, si está todo sucio o es inadecuado? Mejor continúo en pijama, pensaba, si de todas formas no voy a salir a la calle.

Tampoco encontraba refugio en la habitación. Junto a la ventana estaba mi escritorio, el altar que había dedicado a la escritura de mi tesis doctoral. Habíamos dedicado un día entero en cambiar la disposición de los muebles de la habitación para poder encajar los libros que más usaba en un par de estanterías. Después del esfuerzo que otros habían dedicado a mi escritorio, sentía la obligación de sentarme en esa mesa y amortizarlo. El peso de mi irresponsabilidad me oprimía el pecho, y solo descansaba de la presión tumbada en la cama, dormitando, abandonada al mundo onírico.

Había comenzado con la tesis seis años atrás, cuando aún no había terminado la carrera. Era una estudiante ejemplar, infatigable, que no bebía ni fumaba, capaz de meter la cabeza entre libros y no sacarla en doce o catorce horas. Mientras trabajaba en mi investigación, preparaba la edición de otros dos libros, varios artículos y ponencias para congresos internacionales. Llegué a acumular medio millar de días de trabajo continuado, sin una sola jornada libre, sin fines de semana, sin atreverme a pensar en vacaciones. Era buena en lo mío, según me decían, y me animaban a continuar, exigiéndome más calidad, más cantidad, más dedicación, más estancias en el extranjero, más idiomas. Mi vida se convirtió en una carrera contrarreloj por lograr alcanzar las expectativas que otros depositaban sobre mí. Dejé de lado a la familia, a los amigos, a mi pareja, a mí misma. Comencé a engordar, a palidecer, a enfermar con males físicos y espirituales. Entonces apareció el fantasma del fracaso, de los plazos imposibles de cumplir, de las decepciones laborales. Al terminar mi beca, que se había extendido por cuatro años, continué ligada a la universidad, seguí exprimiendo mi cerebro a pesar de que ya no cobraba un céntimo por ello. En esos momentos no pensaba que era mejor tirar a la basura cuatro años pasados que cuatro años de futuro. Simplemente continuaba haciendo las cosas lo mejor que sabía, solo por obtener el elogio, la aprobación de los demás. Esa era la droga a la que era adicta, el reconocimiento del mérito era lo que movía mi vida.

Supongo que el punto de inflexión llegó en Sevilla, mientras me tomaba un café con Cristóbal, un compañero del Archivo de Indias. Cris me contó que durante mucho tiempo tuvo colgado en la pared de su cuarto un folio con una pregunta escrita: “¿Qué es lo que tú quieres?” Tardó varios meses en llegar a una conclusión, pero cuando la encontró, decidió no soltarla e ir a por ella. Merece la pena replantearnos qué estamos haciendo con nuestros días pero sobre todo, analizar si el objetivo que queremos alcanzar es más valioso que aquello que estamos sacrificando en el camino por conseguirlo. La respuesta me llevó a una crisis existencial. Había perdido la motivación para continuar escribiendo una tesis a la que ya no le veía sentido, pero no podía dejar de hacerlo por el peso de la responsabilidad. Me daba pavor decepcionar a toda la gente que había creído en mí.

Gabi apareció en medio de la vorágine. Nos conocimos poco después de volver de Sevilla e instalarme en Madrid, en un viaje que organizaron desde el grupo de Couchsurfing para ir a Santander a aprender a hacer Surf. A mí me tocó ir en su coche y durante cinco horas nos fuimos conociendo a través del espejo retrovisor. El tiempo que pasaba con él se vaciaba de presiones relacionadas con el trabajo y se convertía en el placer de disfrutar de la naturaleza. Me enamoré de su energía y de su optimismo, de su desorganización y de su hiperactividad. Pero sobre todo me enamoré de sus ganas de vivir. Sin embargo, cuando nos fuimos a vivir juntos era inevitable volver al trabajo y los problemas que venía arrastrando simplemente cambiaron de ubicación geográfica. Las discusiones sin razón aparente se hicieron más frecuentes y mi estado de ánimo afectaba a todos los que me rodeaban. Cuando hicimos el viaje a Japón se hizo evidente que había un problema y Gabi prácticamente me forzó a que acudiera a un médico. Yo no quería ir porque no quería robar el tiempo a otro paciente que tuviera un problema de verdad. El diagnóstico fue depresión con agorafobia.

La mayor parte de la gente piensa que la agorafobia consiste en tener miedo a los espacios abiertos, pero en realidad se trata de un miedo al miedo que surge de la exposición ante los demás. Yo no tenía miedo de salir a la calle, sino de que al salir de mi entorno seguro algo me alterara y que los otros pudieran ver mi ataque de pánico. Se trata de un miedo irracional, sin ninguna base real pero con una fuerte afectación física. En mi caso, me provocaba mareos, náuseas y debilidad en las articulaciones. Pasaron varias semanas desde que nos mudamos a Pamplona hasta que fui capaz de bajar las escaleras de casa sin miedo a que las piernas me fallaran. Pensamos que dejar la capital del reino por la del Reyno, alejarnos del estrés propio de una gran ciudad e ir a vivir al norte nos ayudaría, pero el problema no estaba tanto en el ambiente como en la percepción del mismo.

Durante un año aparqué la dichosa tesis y me dediqué a la venta de material de deportes de montaña en grandes superficies. Pasar de ser una doctoranda a una vendedora y no poder llevarme el trabajo a casa alivió el sentimiento de exceso de responsabilidad. Debo reconocer que los medicamentos también me ayudaron en las crisis y el trabajo que hicieron conmigo casi semanalmente en el centro de Salud Mental de Ansoáin dio sus frutos. Pero hubo dos cosas que fueron cruciales: volver a la naturaleza y tener invitados a través de Warmshowers, la red de alojamiento ciclista.

La montaña es una cura de humildad, no puedes iniciar un ascenso habiendo creando falsas expectativas. Hay que ser realista con las propias posibilidades y estar abierto a los cambios y a la improvisación. El esfuerzo continuado es otra forma de meditación, la concentración en la respiración, en el lugar correcto donde colocar los pies y las manos, no deja espacio a otro tipo de pensamientos. Caminar por el bosque supone el retorno a nuestra naturaleza, nos acerca a nuestro origen, nos devuelve un equilibrio perdido en las calles de asfalto.

Por otro lado, tener viajeros en casa cambió nuestra perspectiva vital. Pudimos ver que con muy pocos medios otro estilo de vida era posible. Nosotros teníamos la suerte de haber trabajado duro los años anteriores, por lo que contábamos con unos ahorros que nos permitían hacernos con todo lo necesario para iniciar una aventura en bicicleta alrededor del mundo. Pero, ¿cómo era posible pasar de padecer agorafobia a vivir como una vagabunda y además disfrutar de ello? Nos esperaban unos meses de un esfuerzo intenso por mejorar la situación. Había que volver a vivir en el presente y había que aprender a observar la realidad sin poner etiquetas. Había que enfrentarse a lo que nos daba miedo para comprender que el miedo, el estrés o la ansiedad son meras sensaciones, a menudo desproporcionadas, que con entrenamiento se pueden llegar a controlar. Había que terminar también con las tareas pendientes y comprender la impermanencia de los seres y de los objetos. Asumir el fallecimiento de mi abuela y la desaparición de nuestro gato. Dejar de lado el egocentrismo de un exceso de responsabilidad y sentimiento de culpa. Era hora de sacarse el carné de conducir y de casarse. Ya no era tiempo de “tengo que” sino de “acabo con esto”, de nuevo transformando la acción de futuro en presente. En cuanto a la tesis, después de ocho años, fue defendida ante el tribunal. El mismo día que pagué la tasa por el diploma empezamos el viaje.

Por supuesto, el trabajo aún no ha terminado. Es una enfermedad recurrente y de vez en cuando rebrota en forma de pequeñas crisis, especialmente en época de lluvias o cuando no tenemos ningún destino en el horizonte. En Albania fue la primera vez que, llorando, pedí a Gabi volver a casa. Pero antes de que las lágrimas se secaran sobre mi rostro, ya habían aparecido varias personas que nos habían invitado a su casa. Los pilares de mis quejas y mis dudas se resquebrajan porque nunca fueron sólidos. El ser humano es extraordinario y su capacidad de superación y adaptación, sorprendente. ¿Cómo podría dejar de viajar, si quizá mañana sea el día más bonito de mi existencia? ¿Cómo podría darme por vencida subiendo un puerto de montaña, si todavía no sé qué me espera en la siguiente curva? Puedo saborear la libertad como nadie, porque he sido prisionera de mí misma, y la felicidad es aún más dulce tras escapar de las garras de la depresión. ¿Cómo me puedo permitir dejar este viaje a medias? ¡Justo ahora que empiezo a comprender cuánto amo la vida!

Vicent
Participante
Vicent
Participante

Buf… hoy… ahora… desde el despacho de un Archivo… me siento la cosa más minúscula del mundo… pero desde mi pequeñez y con tu texto me siento muy feliz… por leerte y a través de la lectura conocerte. Muchas gracias por compartirlo.

Mustaros
Participante
Mustaros
Participante

Muchas, muchas gracias por compartir algo tan personal. Cuesta expresar las sensaciones que me ha producido pero me siento un poquito más cercano a vosotros.

En la etapa que empezáis pensar en aquello de «Caminante no hay camino…» 
Un fuerte abrazo para los dos.

bego
Participante
bego
Participante

Albert Camus dijo algo así como «en las profundidades del invierno finalmente aprendí que en mi interior habitaba un verano invencible». Después de todo por lo que habéis pasado, ya estáis viendo vuestro verano invencible, así que nada, que no carguéis mucho las mochilas, y que la gocéis en Grecia!

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