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Mérida-Xixón: reencuentro con el placer de viajar en bici

  1. Todo viaje nace en la cabeza del viajero, y este tiene ya catorce años recién cumplidos. En 2004 hice el Camino de Santiago Primitivo, y la experiencia fue tan reconfortante que comencé a planear una Vía de la Plata, sin saber que no llegaría a materializarse hasta agosto de 2018 por diferentes motivos.

    ¿Por qué la Vía de la Plata? Porque me gustó el Camino Primitivo, por aquel entonces muy poco concurrido, y quería repetir experiencia con otra ruta, pero las aglomeraciones de otros caminos me espantan. La Vía de la Plata, en plena canícula, está casi desierta (pocos chalados se atreven con las altísimas temperaturas). Y también porque a 200 metros de mi casa, en un cruce que hace años suponía la salida de la ciudad, el Mesón Ruta de la Plata deja claro que allí comienza (o termina) una ruta mítica que lo lleva siendo desde los tiempos de Roma, y que atraviesa el oeste de la Península Ibérica de norte a sur (o viceversa, que tanto monta). Así que mi relación con la Vía de la Plata estaba clara.

    Ya de vuelta, puedo decir que lo disfruté como un niño, que todo salió más que razonablemente bien, y que esta Vía de la Plata ha inoculado en mí el virus birota itinerans (bicicleta viajera), con lo que espero que solo sea el primer viaje de muchos.

    La crónica intentará ser breve.

    Publicado hace 7 meses #
  2. hola, en junio passe por Merida, quantos km has hecho ?

    Publicado hace 7 meses #
  3. Pues a la espera de las vivencias y fotos que quieras compartir... Se agradece el esfuerzo de montar la crónica, reducir las fotos... sé que lleva su tiempo 

    Publicado hace 7 meses #
  4. Día 0: Xixón-Mérida en bus

    A las 6.45 horas ya estaba en la estación de autobuses de Xixón “empaquetando” la bici con papel film. Ciertas dudas del conductor al respecto se solucionaron con una consulta al personal de seguridad, que dio el visto bueno al embalaje. Eso sí, con las prisas y los nervios me cargué el enchufe de la rueda delantera a la dinamo de buje: la falta de costumbre me llevó a olvidarme de desconectarla antes. Afortunadamente, el arreglo fue muy fácil.

    El viaje es largo, largo: diez horas de autobús son unas cuantas, aunque en un par de paradas (Zamora y Cáceres) los viajeros podemos bajarnos un rato. Un alivio.

    Por fin, llego a la estación y monto la bici. Mérida me recibe con sorpresa: el albergue de peregrinos está cerrado por vacaciones. Esto supone que tengo que buscar posada alternativa (ya había contemplado esa posibilidad, pero me costó encontrar alojamiento) y, por otro lado, que debo conseguir la credencial del peregrino en algún otro sitio, algo que se mostrará como una tarea imposible.

    Aprovecho la calurosa tarde para visitar el recinto del teatro y anfiteatro romanos y volver a admirar la altura de la civilización de Roma. Después continuaré con un paseo por la ciudad viendo algunos de los muchos monumentos que merecen una visita. Me hubiera gustado disponer de más tiempo. Además, una tormenta impresionante pondrá fin adelantado a la tarde, y me llevará a la barra de un bar (bares, qué lugares…) a cenar, que no solo de historia vive el cicloturista.

    Me voy a la cama pronto, con mariposas en el estómago. Ya llega el momento.

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    Publicado hace 7 meses #
  5. Que no pare la música!


    Retiren a la Bruja Mala la custodia de Blancanieves y Cenicienta!
    Publicado hace 7 meses #
  6. La hice hace ya dos veranos, en pleno julio, y desde Sevilla. Aún con el inconveniente del calor, y teniendo en cuenta las medidas mínimas de seguridad (acopio de agua en las etapas más largas), tengo que decir que es muy recomendable. Poca gente, albergues solitarios, un patrimonio cultural impresionante y una rodada muy asequible, salvo por algunos puertos (Canda, Padornelo, Gudiña) y las obras del AVE.
    El Camino de Santiago francés está atiborrado de gente. Es intransitable.

    Publicado hace 7 meses #
  7. Espero que hayas disfrutado el viaje.

    Publicado hace 7 meses #
  8. Pues quedamos a la espera de esa crónica detallada y de las a buen seguro estupenda fotos que la ilustren.

    Ah, y muy buena máquina para estos viajes la Ortler Mainau. Ortler es una marca que creo que hace muy buen producto a precios razonables para que la calidad que ofrece. Ya nos contarás más cosas sobre tu bici, tu viaje y el comportamiento de la máquina en ruta.

    Publicado hace 7 meses #
  9. Día 1: Mérida-Casarde Cáceres

    ·Distancia recorrida: 85,4 km

    ·Tiempo en la bici: 5 h. 1´

    Me levanto temprano, con cierta inquietud propia del primer día. Desayuno en la habitación y preparo la bici. A las 8 salgo y comienza el viaje propiamente dicho. Tras hacer acopio de agua, el Acueducto de los Milagros se convierte en mi kilómetro cero, y también en el escenario de mi primera foto. Son las 8.15 horas.


    Cruzo el puente romano sobre el Arroyo de Albarregas y aprovecho para inmortalizar el bonito amanecer.


    Con la ilusión de un crío, me dirijo hacia la presa de Proserpina, donde vuelvo a sorprenderme de la capacidad de la civilización romana. Además, esa primera parada, bajo una luz deliciosa, será el aperitivo de lo que será una constante en los siguientes ocho días: el disfrute de esos momentos extremadamente sencillos, pero enormemente reconfortantes.


    Sigo la ruta siguiendo el camino y sus flechas amarillas. La pista me lleva por un paisaje de dehesa que durará días. Paso El Carrascalejo y llego a Aljucén. Me paro en el albergue: me han dicho en Mérida que allí podré conseguir una credencial. La señora del albergue, Juana, me atiende muy amablemente y entra a por  el documento. Pero parece que no será tan fácil: se le han acabado. En Aljucén decido abandonar el camino y tomar la N-630. Me han dicho que el tramo hasta Alcuéscar está bastante roto, aunque más tarde unos bicigrinos me dirán que no estaba tan mal.

    La N-630 se ha convertido en una carretera fantasma. La gasolinera de Aljucén ha echado el cierre, y el tráfico es muy escaso, lo que se agradece mucho. Sin embargo, el cruce de Las Herrerías está muy concurrido. Me paro a tomar un café y reponer agua fresca en un bar donde hay varios ciclistas haciendo un alto en sus recorridos.

    Antes de Casas de San Antonio me desvío a la derecha por un camino, y entro en el pueblo por el famoso puente romano.


    A la salida sigo por el camino, que corre paralelo a la nacional y en el que aún se puede ver uno de los famosos miliarios romanos (concretamente, el XXVIII). El camino está lleno de unas plantas secas con unas bolitas con pinchos, así que decido abandonarlo un poco antes de Aldea del Cano y retomo la carretera. Tras una paradita para refrigerarme con un cañón de cerveza (¡qué bien sabe la cerveza tras unos cuantos kilómetros a 40º!), sigo por el camino hasta Valdesalor.


    Este pequeño pueblo da para bastante en esta crónica: paro a comer algo y coincido en el bar con una pareja de bicigrinos, padre e hijo, con los que volveré a coincidir más adelante. Ellos dormirán en Cáceres, pero yo seguiré un poco más. Tras comer, me tumbo a la sombra en su pequeño pero cuidado parque. Al reemprender la marcha, me doy cuenta de que voy pinchado: los malditos pinchitos del camino. La cámara pierde muy, muy poco, así que hincho la rueda en una gasolinera y continúo hacia Cáceres, esta vez por la N-630. Cáceres, desgraciadamente, se queda sin visita: unas nubes amenazantes y el recuerdo de la tormentona de ayer me hacen seguir pedaleando hasta Casar de Cáceres.

    En el albergue estamos solos un ciclista belga y yo. Él lleva ya un mes y medio en bicicleta: ha atravesado Francia de norte a sur, hecho el Camino de Santiago desde Roncesvalles, ha ido de Santiago a Zamora por el Camino Sanabrés y está haciendo la Vía de la Plata en sentido opuesto al mío. Piensa llegar a Sevilla, ir a Tarifa y después cruzar a Marruecos… Por comparación, yo he salido a comprar el pan en bicicleta

    Al volver de cenar, veo que la rueda ha perdido casi todo el aire y certifico el pinchazo. Me dispongo a cambiar la cámara y compruebo con horror que no puedo aflojar las tuercas con la llave que llevo (una fina, ligera, muy de viaje). Están exageradamente apretadas y, sin que la tuerca gire, la llave comienza a hacer muescas en ella. El belga tampoco tiene llave, así que me voy a la cama con la preocupación por el problema (necesito una llave del 15), la alegría de que no me hubiera pasado en medio de la nada y el espanto de los 30,5º que hay dentro del albergue. Mañana será otro día.

     

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    Publicado hace 7 meses #
  10. Espwro con ánsia la continuación. Yo lo hice con mi Nana un julio... Uffff

    Publicado hace 7 meses #
  11. Interesante la crónica y, como siempre con esos incidentes y problemillas que nos van curtiendo y haciendo en el fondo que disfrutemos más de nuestras aventuras porque nos dejan más preparados para la siguiente.

    A la espera de la continuación.

    Publicado hace 7 meses #

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    Dentro de veinte años lamentarás más las cosas que no hiciste que las que hiciste. Así que suelta amarras y abandona el Puerto seguro... Atrapa los vientos en tus velas... Explora... Sueña... Descubre
    Publicado hace 7 meses #
  13. Día 2: Casar de Cáceres-Carcaboso

    ·Distancia recorrida: 84,7 km (acumulada: 170,1 km)

    ·Tiempo en la bici: 5 h. 2´

    El despertador suena antes de lo habitual. Tras desayunar en el albergue (fruta, barritas de cereales, yogur: lo de siempre), me pongo en plan para reparar la rueda. Hincho la cámara y bajo a la calle, pensando en ir a la gasolinera que está a la salida del pueblo en dirección contraria a la mía. En la plaza, un empleado municipal (de limpieza o de jardines) riega la calle. Me acerco a él y le pregunto si tiene una llave del 15. No la tiene, pero en la caja de herramientas hay una llave inglesa. Intento aflojar las tuercas con ella y lo consigo, no sin esfuerzo. Estoy salvado: con mi llave ya puedo cambiar la rueda y vuelvo a ser autónomo. Decido no cambiar la cámara por no perder más tiempo y voy a la gasolinera a hinchar la rueda. A fin de cuentas, la pérdida es mínima.

    Con la situación bajo control, me despido de Anthony, mi colega belga, que sigue su camino hacia el sur, y me pongo en marcha. Mientras reparaba la bici, veo pasar al padre e hijo de ayer. Ya han recuperado el terreno que yo había ganado la tarde anterior. Dejo Casar de Cáceres por el camino dirigiéndome hacia el embalse de Alcántara. El recorrido transcurre por una pista ancha entre fincas, muy agradable a la vista y al pedaleo, con el único inconveniente de las portillas (una constante hasta Salamanca). La temperatura es a estas horas muy agradable.

    Al llegar a la zona del embalse, las obras del AVE han alterado el recorrido. Vuelvo a la N-630, y por ella seguiré hasta Cañaveral, donde toca café y agua con hielo. Allí me encuentro con unos peregrinos que han vuelto a buscar su coche (habían llegado a Zamora), y charlamos un poco. Antes de llegar, me encuentro con una de esas situaciones grotescas que nos ofrece la ruta: en un camino abandonado, estrecho y empinado Obras Públicas ha encontrado sitio para las señales que les sobraban: no pasen de 50 y, sobre todo, no adelanten, aunque lo vean fácil.

    Salgo de Cañaveral y me espera otra subidita, el puerto de Los Castaños. A partir de la rotonda, mi recorrido iba a ser personal: abandono la N-630, pero no sigo el camino oficial. Problema: mi GPS no funciona (en este momento creía que eran las pilas; más tarde comprobaría que no), y me equivoco de pista. Al menos, la pista equivocada transcurre por una finca preciosa de alcornoques y encinas, aunque eso no me quita los 6 km extra que realizo.

    Vuelvo a la carretera y tomo la pista correcta, que me llevará al pueblo de Holguera. Tener iniciativa y trazar rutas desde casa en Google Maps tiene sus riesgos. La pista es dura, con una subida considerable al inicio, una bajada bestial al final, en un terreno bastante roto y más adecuado para un betetero que para un cicloturista con alforjas. Pero compensa: la soledad es absoluta, el paisaje precioso y, como premio, se me aparece un grupo de corzos delante de la bici. Son unos cuantos, y la mayoría sale corriendo, pero dos de ellos se quedan mirándome (¿quién será este tipo extraño en bicicleta?) a apenas 20 metros. No hay fotos: no me hubiera dado tiempo, y solo llevo un objetivo de 40mm, así que ni lo intento. El instante se queda en mi memoria para disfrute personal, y será uno de los momentos más reconfortantes del viaje. Solo por esto mereció la pena el esfuerzo de las pista.

    En Holguera hago una paradita refrescante (cervecita en el bar de la piscina, qué ganas de darme un chapuzón), que la canícula sigue apretando, siempre cerca de los 40º . De allí me dirijo a Galisteo por una carretera local, tras haber preguntado a unos locales. El plan era otro, pero la falta de GPS me hace simplificar el trayecto. Llego a Galisteo hacia las 14.30 h., y el calor es intenso. El bar está en la plaza, dentro de la muralla, y la plaza está en lo más alto del pueblo. Pero la imagen de una cerveza bien fría me puede y subo la empinada cuesta. La cerveza se convierte en cervezas, que no vienen solas: unos callos algo picantes que me saben a gloria las acompañan. Galisteo bien merece una visita. Ya repuesto, sigo mi ruta hacia Carcaboso.

    Desciendo hacia la vega del río Jerte, que cruzo por el llamado puente romano (en realidad es medieval) y, tras cruzar por debajo de la autovía EX-A1, sigo en paralelo al río por tierras de regadío plantadas de maíz. Los aspersores me alcanzan de vez en cuando y lo agradezco, porque el calor aprieta. Paso Aldehuela del Jerte y alcanzo mi objetivo de hoy, Carcaboso.

    En Carcaboso, el albergue que me recomendó José Antonio, el dueño del bar de Galisteo, está cerrado. Por tanto, me dirijo a la opción B. Esta noche coincidiré con dos peregrinos a pie. Van juntos, aunque uno de ellos empezó en el Cabo de Gata, atravesando toda Andalucía hasta Sevilla y enlazando con la Vía de la Plata. Y en agosto, y con ola de calor. Hay gente con mucho mérito, pienso. La tarde transcurre muy tranquila, como el pueblo mismo. Aprovecho para lavar la ropa y cambiar la cámara y me doy cuenta de que he hecho más de 100 km con la rueda pinchada. Tan pequeña era la pérdida. El albergue tiene aire acondicionado y me rindo a su poder, así que duermo como un lirón.


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    Publicado hace 7 meses #
  14. Muy bonito viaje. Que siga la crónica.

    Publicado hace 7 meses #
  15. JavierRL dice:


    Vuelvo a la carretera y tomo la pista correcta, ...


    https://www.youtube.com/watch?v=l7OBzSZxFH8

    Publicado hace 7 meses #
  16. profesorbacterio dice:

    JavierRL dice:

    Vuelvo a la carretera y tomo la pista correcta, ...

    https://www.youtube.com/watch?v=l7OBzSZxFH8

    ¡Muy bueno! Debería haber escuchado al gran Ray Charles primero :lol:

    Publicado hace 7 meses #
  17. Enga Javier, mas crónica, que estoy enganchadito 


    Pedalea y tira p'alante que ya llegaremos a algún sitio.
    Publicado hace 7 meses #
  18. Esos aparentemente grandes problemas que el camino va solucionando... qué gran lección nos da un viaje. Y los caminos equivocados que deparan agradables sorpresas... me encantan 

    Publicado hace 7 meses #
  19. Gracias por hacerme revivir recuerdos y sensaciones. 


    Pero sigue, sigue...

    Publicado hace 7 meses #
  20. Gracias por vuestras palabras, y por ser capaces de resistir estos tochos...

    Publicado hace 7 meses #
  21. Día 3: Carcaboso-Valverdede Valdelacasa

    ·Distanciarecorrida: 81,3 km (acumulada: 251,4 km)

    ·Tiempo en labici: 5 h. 22´

    Por la mañana, el camino me lleva hacia Valdeobispo por una carretera local sin tráfico. Como siempre, estas primeras horas son las más agradables por la temperatura. Tras otros pocos kilómetros de asfalto desierto en ligero ascenso, tomo el camino hacia Cáparra, cómodo aunque algo arenoso.

    Llego justo a la hora de apertura del centro de interpretación. Me detengo bajo el mismo arco de Cáparra (sin duda, una de las imágenes icónicas de la Vía de la Plata) y un operario se ofrece a hacerme una foto. Le agradezco el gesto: al viajar solo, apenas tengo fotos mías y, aunque no soy un forofo del selfie, tampoco es plan de hacer un viaje y que no quede constancia gráfica alguna. Charlando con él, me dice que hay dos peregrinos en el centro de interpretaciónn, y que ellos le habían dicho que vendría detrás uno en bici. Evidentemente, eran mis compañeros de albergue. En agosto somos tan pocos en esta ruta que estamos controlados, jeje.


    Visito el pequeño pero interesante museo en el que se explica cómo era la ciudad romana de Cáparra, donde están haciendo excavaciones arqueológicas. Me tomo el primer café del día (de máquina, eso sí) en compañía de mis dos compañeros de albergue. Me cuentan un poco de su viaje (hoy han salido a las 5 de la mañana), de la dureza de las etapas largas con apenas pueblos, de las dificultades de cargar con agua para tanta distancia. A su lado, yo con mi bici somos casi turistas de primera, aunque no tanto como creen: calculan que yo haré medias de 25-30 km/h, y se sorprenden cuando les digo que son más bien 15 km/h . Al salir de la exposición, veo que un gato ha elegido mi sillín como lugar de reposo, pero huye antes de que pueda retratarlo en tan cómoda postura. Sigo mi ruta y decido abandonar el camino y volver a la N-630, que ya no abandonaré hasta el alto de Béjar.


    El planteamiento del viaje cambia ligeramente en los tramos de carretera nacional. Aunque sigo disfrutando de la soledad y del paisaje, el asfalto invita más al pedaleo continuo y menos a las paradas a admirar la naturaleza. Los kilómetros van cayendo con comodidad, y me cruzo con un cicloturista; nos saludamos, él incluso hace sonar el timbre. A estas alturas, acercándome a ya a Aldeanueva del Camino, el terreno empieza a picar un poco hacia arriba. Sintiéndome fuerte, no me detengo y sigo hasta Baños de Montemayor. Este último tramo ya me cuesta un poco: la subida va haciéndose notar, el mediodía se acerca y la temperatura vuelve a coquetear con los 40º. Hora de reponer fuerzas y descansar.


    En Baños me siento en una terraza a disfrutar de la preceptiva cervecita y su correspondiente tapa. ¿Adivináis qué tapa? Bingo, unos callos, jejeje. Han sido otra constante del viaje, aunque nunca lo hubiera pensado. Estoy en plan diletante: me da pereza subir el puerto de Béjar con ese calor, en la terraza a la sombra se está muy bien, y estoy entretenido viendo desfilar el mundo por delante de mí. Por allí aparecen los dos Migueles, padre e hijo. Se detienen, nos saludamos, me cuentan que no pararán a comer porque les daría pereza luego la subida, y continúan ruta. Yo, perezosillo, me tomo otra cerveza, que llega acompañada de una llamada de casa: me han dado plaza en un centro a dos pasos de donde vivo. Doble alegría (destino y bebida), y motivo para tomarme con calma el día.

    Finalmente, tras una parada mucho más larga de lo previsto, arranco con la burra. Sol de justicia, 39º a la sombra, tres de la tarde y afronto las primeras rampas del puerto de Béjar. Los recuerdos de cuando pasaba por allí en coche me infunden respeto, y las dos primeras revueltas para salir del pueblo no me tranquilizan. Plato pequeño (un 28) y corona de 23 y a darle al molinillo. Mantengo con comodidad (relativa, claro, que la bici pesa como una condenada) los 9-10 km/h y el ánimo responde. Antes de que me de cuenta, entro en la provincia de Salamanca, el temido puerto se ha acabado, y me llena una sensación de satisfacción. Creo que cada día me encuentro mejor físicamente.


    Abandono la carretera antes de entrar en Puerto de Béjar para volver al Camino de Santiago. El cambio es radical, y ahora bajo por entre castaños y robles, siguiendo una pista preciosa. El cielo se nubla, y el calor afloja. Todo fluye y disfruto de la bici, del paisaje, del olor…


    Pero el cielo sigue oscureciéndose y comienza a llover justo cuando tomo una pequeña carretera local sin tráfico alguno. Al principio las gotas me refrescan y lo agradezco, pero la cosa se pone seria y la tormenta descarga con fuerza. Cubro las alforjas con la funda y continúo, pero llega un momento en que pedalear con una lluvia tan torrencial se hace incómodo. Busco refugio en el alero minúsculo de una casa abandonada, y espero a que amaine. Un grupo de ciclistas de carretera con los que me acabo de cruzar vuelven a pasar por delante de mí: también han decidido dar la vuelta.


    En pocos minutos vuelvo a pedalear y, tras un cruce, asciendo por otra carreterita hasta Calzada de Béjar. Un kilómetro, marca una señal en el cruce, pero no dice de cuántos metros: el tramo, de pendiente notable, se me hace eterno.

    Al llegar al pueblo busco un bar; esta vez mi mente no ve cerveza, sino café… Me acerco al bar La Plaza y a la entrada, bajo una cubierta en la que hay un futbolín, veo las bicis de mis compañeros accidentales, padre e hijo. Allí estaban terminándose un helado, a refugio de la tormenta, que les pilló a las mismas puertas del pueblo (suerte, se ahorraron la mojadura).Salimos de Calzada de Béjar juntos, y así seguiremos hasta Valverde de Valdelacasa, donde yo decido quedarme a dormir. Ellos prefieren seguir hasta Fuenterroble de Salvatierra, pero yo estoy cansado y la idea de hacer otros 12 kilómetros cuesta arriba no me seduce. Nos despedimos y yo vuelvo a lo mío: una buena cerveza en la terraza del bar del pueblo me reconcilia con la vida. En el bar me ponen en contacto con el chaval que lleva el albergue, que me dice que en el pueblo no hay tienda alguna ni más servicio que el bar. Esa noche seré el único huésped, así que vuelvo a estar como un rey. ¿Como un rey? Bueno, para eso tendría que haber cenado, pero no fue posible. La historia de la cena y el encargado del bar me la reservo… Digamos que, parafraseando a Walter Matthau en Con faldas y a lo loco, nadie (ni nada, añado yo) es perfecto. En realidad, y por seguir con los dichos, cené como un mendigo, que es lo que recomiendan para vivir muchos años. Así que la digestión no perturbó mi sueño: no hay mal que por bien no venga.

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    Publicado hace 7 meses #
  22. ¡Vaya cambios de tiempo! Viendo las primeras fotos del día nadie diría que iba a caer la del pulpo más tarde...

    La a veces complicada logística para conseguir comida le da un toque épico al viaje 

    Publicado hace 7 meses #
  23. ¡Qué entretenida crónica! Sigo también con mucho interés este relato.

    Publicado hace 7 meses #
  24. Día 4: Valverde de Valdelacasa-Valdunciel (Casa Saso)

    ·Distancia recorrida: 85,5 km (acumulada: 336,9 km)

    ·Tiempo en la bici: 5 h. 54´

    Amanece en Valverde de Valdelacasa y, sin acopio de comida el día anterior, mi desayuno será frugal (barritas de muesli y agua). Salgo del pueblo por una carreterita que sube con gracia y salero (más del que me hubiera gustado a estas horas de la mañana) hasta Valdelacasa. El paisaje luce especialmente con las primeras luces del día.


    De aquí continúo hasta Fuenterroble de Salvatierra, donde paro a desayunar como dios manda. El desayuno mejora mi ánimo y salgo dispuesto a enfrentarme al tramo más aislado de todo el viaje: en los casi 30 km que separan Fuenterroble de San Pedro de Rozados no hay nada. Nada más salir del pueblo tomo una pista que me lleva cómodamente por entre fincas enormes, hasta que me topo con el primer inconveniente del día: una valla que cierra el camino imposible de abrir, puesto que los alambres están clavados a las maderas. Pierdo un buen rato intentando encontrar el modo de despejar el paso, sin éxito. Veo que se va acercando una peregrina suiza que había adelantado hacía un rato, y la espero. Con su inestimable ayuda, conseguimos superar el obstáculo: desmonto alforjas y demás, paso la bici por encima del alambre de espino y lo sujeto para que ella pase por debajo. Después, ella hace lo propio para que pase yo. Barrera superada. Charlamos un rato, se interesa por mi bici pensando en futuros caminos (me dice que esta Vía de la Plata es dura para una caminante sola) y nos despedimos.


    La pista sigue, y algún milario me recuerda que estamos en una vía romana.


    Más adelante, la pista se convierte en camino, y el camino en trialera: comienza la ascensión al Pico de La Dueña. Los primeros metros me divierten. Son duros, el trazado está roto, lleno de piedras sueltas de buen tamaño, el desnivel es enorme y el desarrollo (un 28x32) se me queda largo, pero voy superándolo y me hace sentirme bien.


    Parece que mejora un poco el camino, pero al poco rato viene un tramo durísimo. Ya no puedo seguir montado, así que pongo pie a tierra y a empujar la bici por aquella trialera empinadísima. ¿Os había dicho lo mucho, muchísimo que pesa mi bici con todo el equipaje encima? Sudo tinta china y, por primera vez en el viaje, el ánimo flojea y me apetece mandarlo todo a freír espárragos. Respiro profundamente y, por fin alcanzo la cima, rodeada de aerogeneradores y con una vista estupenda de la llanura salmantina. Por desgracia, la bajada no mejora nada la cosa: vuelve la trialera de pendientes imposibles, sufro intentando contener la velocidad, y brazos y hombros se me cargan por el esfuerzo y la tensión.

    Como no hay mal que cien años dure, se acaba la cuesta abajo y comienzo a llanear. Voy por el camino, paralelo a una pequeña carretera que cruza de vez en cuando. En la pista hay hierba seca altísima, y no se ve nada de lo que hay debajo. En un momento dado, la velocidad respetable a la que voy y un fondo arenoso oculto se unen para llevarme al suelo. Bueno, yo no llego a caer, pero la bici sí. Me llevo un buen susto y se rompe el calapié derecho. Vuelven las dudas a mi mente y maldigo este tramo de la Vía de la Plata. Por si fuera poco, he vuelto a pinchar “levemente”; al menos, no tengo que cambiar la cámara, ya que aguantará bien. Cansado de tramos imposibles para la bici, decido seguir por la desierta carretera hasta San Pedro de Rozados.

    Pocas veces me habré alegrado tanto de entrar en un pueblo tan pequeño. Busco un bar para darme una alegría después de tanta dificultad y, cómo no, vuelvo a encontrarme con el padre y el hijo. Se asombran de que haya pasado con mi bici por semejantes caminos (ellos llevan bicis de montaña). Después de la parada, salimos los tres en grupo camino de Salamanca, estrenando una carretera local que aún está sin pintar y cerrada al tráfico. Ya se me han olvidado los malos momentos y vuelvo a disfrutar de la bici.


    La entrada a Salamanca es muy cómoda, a través de carril-bici.


    Aprovechamos para gozar un poco de la ciudad, y nada mejor que una caña en la impresionante plaza mayor. El camarero resulta ser un fan del Camino de Santiago, que ya ha recorrido un montón de veces, y la conversación fluye. Tras un buen rato, decidimos ponernos en marcha de nuevo. La salida de Salamanca la hacemos por carretera, en medio de bastante tráfico. Afortunadamente, en seguida retornamos al camino. Mi idea inicial era dormir en Calzada de Vandunciel, aunque ahora dudo. He cambiado el recorrido final para pasar por León, donde visitaré a un buen amigo. Ese cambio me hace pensar en la etapa del día siguiente, y creo que avanzar algún kilómetro más me vendrá mejor. Comento a mis compañeros de viaje la posibilidad de seguir hasta Casa Saso, en Valdunciel, y les parece bien, así que, tras una parada refrescante en Calzada, seguimos otros 8 o 9 kilómetros más.

    En Casa Saso nos damos un chapuzón en la piscina y cenamos pantagruélicamente, lo que significa una nueva carga de energía para lo que queda. Además, aprovecho para arreglar el pinchazo, con la inestimable colaboración del dueño (que me dejó usar su compresor de aire) y mis compañeros de viaje (que me dejaron pegamento para los parches, porque el mío estaba totalmente seco).

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    Publicado hace 7 meses #
  25. JavierRL dice:

    ... (que me dejaron pegamento para los parches, porque el mío estaba totalmente seco).


    Pegamento seco, todo un clásico.

    Publicado hace 7 meses #
  26. profesorbacterio dice:

    Pegamento seco, todo un clásico. :D 

    Pues sí, y me volverá a pasar. ¿Por qué no venderán tubos pequeñitos para dos o tres usos? De esa forma no se desperdiciaría tanto y, sobre todo, no te quedarías tirado tantas veces.

    Publicado hace 7 meses #
  27. Muy interesante ruta, hace años probé unos parches sin pegamento, llevaban un papelillo como las pegatinas y una capa autoadherente que si bien no parecia tan fiable como el pegamento, duraron lo mismo que la camara. No recuerdo la marca.. sigue, y perdona por el inciso.

    Si te fijas en las flores de la cuneta, la cuesta termina antes de que te des cuenta...
    Publicado hace 7 meses #
  28. ¡Preciosas las sombras alargadas de las primeras luces de la mañana en las fotos!

    Una pregunta: si la peregrina suiza y tú coincidís en ese tramo del camino es porque se trata de la ruta "oficial", ¿no? Entonces, ¿cómo es que está vallada con alambre de espino??!! 

    Se ve que fue una jornada bastante entretenida, con sus dosis "de cal y de arena"... A ver qué te deparan las siguientes etapas 

    Publicado hace 7 meses #
  29. Suni dice:

    Una pregunta: si la peregrina suiza y tú coincidís en ese tramo del camino es porque se trata de la ruta "oficial", ¿no? Entonces, ¿cómo es que está vallada con alambre de espino??!! 

    Eso mismo me pregunto yo, Suni. La valla está, efectivamente, en el camino oficial (se ve la flecha amarilla pintada en el pilar en la foto). Aparentemente era una de esas que se pueden abrir, soltando uno de los extremos, pero en esta fui incapaz de encontrar el modo: las partes móviles estaban clavadas con grampillones (o alcayatas) a los postes, y no había manera. El caso es que yo solo habría sido incapaza de cruzarla, y tendría que haber buscado un paso alternativo.

    Publicado hace 7 meses #
  30. Día 5: Valdunciel-Benavente

    ·Distancia recorrida: 116,3 km (acumulada: 453,2 km)

    ·Tiempo en la bici: 7 h. 2´

    La mañana amaneció fresquita, con apenas 90 C, con lo que me pongo la chaqueta por primera vez en todo el viaje. No hay desayuno en el albegue, así que comparto mis barritas de muesli con mis compañeros y salimos los tres. Los primeros kilómetros los hacemos con tranquilidad, primero por camino y luego por la N-630, hasta alcanzar El Cubo de la Tierra del Vino. Allí desayunamos con calma.


    El paisaje cambia, y aparecen las viñas (no en vano estamos en la Tierra del Vino). Continuamos siguiendo el camino, que se hace un poco pesado por la abundancia de arena. En algunos puntos incluso hay que echar pie a tierra: Les comento que, si el camino sigue así, yo tomaré la carretera. Las ruedas de 1,6” se hunden bastante más que las anchas de las mtb, aunque Miguel padre está de acuerdo conmigo: recuerda, de una Vía de la Plata previa, que el camino sigue siendo así hasta Zamora, así que en Villanueva de Campeán tomamos la carretera hacia Corrales del Vino, ya en la nacional. Desde ahí a Zamora volamos por el asfalto y ya en la capital nos comemos un estupendo pincho en una terraza.

    Aquí se separarán nuestros caminos: ellos quieren visitar la ciudad (que yo ya conozco) y comer allí para continuar hasta Granja de Moreruela, mi destino original. Pero yo tengo otros planes, que pasan por intentar llegar a Benavente. Son un porrón de kilómetros y no estoy seguro de poder lograrlo, así que les comento que iré hasta Granja y, una vez allí, decidiré si quedarme a hacer noche o continuar hasta Benavente, otros 30 km.

    Tras comprar unas gafas en una macrotienda de deportes (las mías las había olvidado en al albergue la noche anterior), sigo por la nacional. Hace un poco de viento de cara, pero no es muy fuerte. Me paro en un bar a tomar un café y comprar agua fresca, con tan mala suerte que apoyo mal la bici y se cae. La ley de Murphy determinará que la caída sea por el lado izquierdo, y mi retrovisor pasa a mejor vida, sin posibilidad de arreglo. Nunca antes había usado espejo pero, tras solo cinco días, de repente me vi mutilado sin él. Creo que el espejo es uno de los elementos de seguridad más importantes que tenemos a nuestra disposición.

    Bajo un sol de justicia (la tónica del viaje), pedaleo por la carretera sin apenas tráfico. Llego a Granja de Moreruela y me apetece comer algo contundente (ya llevo 80 km largos), pero el camarero me recuerda que ya son las cuatro y no hay cocina. Qué fácil es despistarse de la hora cuando uno se pasa el día en la bicicleta. Bocadillos, me ofrece. Con aquel calor y aquella sed, la mera idea de una bola de pan en mi boca me echa para atrás, así que lo dejamos en unas aceitunas y unas patatitas.

    Pienso un rato: son poco más de las cuatro y en el pueblo tampoco hay mucho que hacer (bueno, visitar el monasterio en ruinas a unos pocos kilómetros, de lo que tenía mucha gana; otra vez será), así que creo que seguir hasta Benavente es una buena idea.


    Después de descansar un poco, vuelvo a montar en bici y sigo por la que ya es una compañera conocida, la N-630. Este último tramo se me hace duro: la acumulación de kilómetros y, sobre todo, el viento en contra me pesan en las piernas, Tras pasar Barcial del Barco, la abandono y tomo a la izquierda el Camino de Santiago, que transcurre por pistas amplias. Ahí están, la burra y el toro:


    Al rato, aparece una vía verde que yo no había visto en mi planificación del viaje: Barcial del Campo-Benavente. Parece que los planes pasan por prolongarla hacia el sur, hasta El Cubo del Vino (pasando por Zamora), lo que sería fantástico. Creo, además, que sigue al norte más allá de Benavente. Lo que yo recorrí es una vía preciosa, con un extraordinario puente de hierro de 1932 (me encanta la arquitectura industrial) sobre el río Esla en Villanueva del Azoague, y que me llevó al casco urbano de Benavente.



    Tras un poco de callejeo, me tomo un buen cañón para celebrar la llegada y busco alojamiento. Esta noche, tras 116 km (muchos con viento en contra) toca homenaje: un poco de lechazo no me sentará mal. Tras la cena, un breve paseo y a descansar.

    Adjunto

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    Publicado hace 7 meses #



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