Rodadas. Una comunidad de cicloturismo y viajes en bicicleta
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Japón en bici: Diario de viaje

  1.   Hola a todos!!
    Como había prometido, vengo a daros envidia con el viaje a Japón que acabamos de terminar. Siguiendo la estela de Trein y Suso, hemos recorrido unos 1.800 km por las islas de Kyushu, Honshu y Shikoku, hemos visto paisajes increíbles, probado comida deliciosa y conocido a gente maravillosa. También hemos sufrido pequeños terremotos, una inundación de tienda de campaña y un tifón Y como queremos compartirlo con vosotros, vamos a ir publicando el diario del viaje. Si queréis verlo ya entero o comentar las fotos, también lo podéis hacer a través de nuestro blog y la página de Facebook (http://japanbybike2012.blogspot.com.es/ y https://www.facebook.com/pages/Japan-by-Bike-2012-Una-Ruta-por-la-Historia/375953745750399). En el blog además tenéis los perfiles de las etapas. Pero para los más perezosos, por aquí va en fascículos:

    Día 1: Doha (8 de agosto de 2012)

    ¡Nuestro viaje por Japón comienza en Qatar! Escribimos desdeel aeropuerto de Doha, después de más de seis horas de vuelo que, nunca mejor dicho, se nos han pasado volando. Salimos esta mañana a las 7 de casa, con las bicis bien empaquetadas y las alforjas-de-mano convertidas en mochilas. Un invento de última hora: en lugar de llevar chalecos reflectantes, ayer nos compramos unos tirantes para que se nos vea bien en los túneles. Así que se nos ocurrió aprovecharlos para atarnos las alforjas a la espalda y poder ir en modo manos libres por el aeropuerto. Habrá que añadirlo a nuestra lista particular de chapuzas cicloturistas.

    El vuelo ha sido sencillamente genial. Ahora comprendemos por qué Qatar Airlines ganó el premio a la mejor aerolínea este año y el pasado. Los asientos son cómodos, amplios y vienen equipados con cojín y mantita. También estamos contentos con la comida a bordo, elegimos el menú vegetariano hindú (todos los menús se elaboran siguiendo normas islámicas) y quedamos bastante contentos. Aparte de la comida, a media tarde nos ofrecieron un bocata que nos sentó mejor de lo que esperábamos, y todo el café, té y bebidas que quisiéramos. El servicio, desde luego, ha sido muy bueno. A ver si seguimos pensando lo mismo después de pasar 11 horas más con ellos hasta Osaka. Aunque, a decir verdad, lo que más nos ha gustado ha sido la oferta de ocio que podías disfrutar desde el asiento. Todos iban equipados con una pantalla táctil y una buen abanico de películas, música, programas y juegos. Lo mejor, poder jugar al tetris en multijugador.

    Ahora toca esperar unas horitas más, el vuelo a Osaka no sale hasta la 1:30 (hora qatarí, que es una hora más que en España).

    Día 2: Sakai (9 de agosto de 2012)

    Probablemente la etapa más dura la hayamos vivido sin montarnos en la bici. Tras 9 horas de vuelo (¿o han sido 11? ¡No lo sabemos, nos hemos hecho un lío con el cambio horario!) llegamos al aeropuerto de Kansai (Osaka) a las 5 de la tarde, hora local. En ese momento empezó la odisea. El objetivo de la misión era llegar hasta casa de Nozomi, nuestra anfitriona la primera noche en Japón.

    Fuimos a recoger las cajas con las bicis, que en apariencia no estaban demasiado maltratadas (luego vendrían las sorpresas). Pasamos por la oficina de inmigración, y después de varias preguntas, formularios y reverencias, llegamos oficialmente a Japón. Nos esperaba un tiempo muy agradable, no tan caluroso como nos temíamos, y muy pocas nubes vinieron a recibirnos. Nos volvimos un poco locos para sacar los billetes de tren y arrastramos las cajas de las bicis como buenamente pudimos hasta el andén. En Mikunigaoka (donde están las famosas tumbas en forma de herradura) debíamos hacer transbordo hasta la estación de Hagiharatenjin. Por suerte, había ascensor y un amable japonés ayudó a Ainhoa con su caja. La más ligera de las dos pesaba la nada despreciable cifra de 29 kilos, pero no podíamos sacar las bicis de los cartones porque debían ir embaladas dentro del tren. Y así pasamos casi dos horas entre arrastres, transbordos, más arrastres y sumimasens.

    Cuando llegamos a nuestro destino, la estación de Hagiharatenjin, llamamos a nuestra anfitriona, que acogía al mismo tiempo a una pareja de ciclistas polacos que justo acababan su periplo en el lugar donde empezaba el nuestro. Vino a buscarnos el polaco y se le descompuso la cara cuando vio las cajas. No podíamos llevarlas en volandas hasta la casa de Nozomi, así que, deprisa y a oscuras, comenzamos a desembalar y montar. Allí nos dimos cuenta de que un tornillo de la rueda delantera de Gabriel estaba un poco torcido (¡esperemos que aguante hasta el final!) y la pata de cabra de Ainhoa también había sufrido algún percance, pero nada de importancia. Elfinal del día estaba cerca, y en casa nos esperaban para cenar unos deliciosos Takoyaki (bolitas de pulpo), hechos en una especia de gofrera que nos enamoró.  Después de una ducha caliente al fin nos fuimos a la cama, donde Ainhoa no pudo descansar en toda la noche por culpa de una alergia no asumida a los gatos, que tanto adora.

     

    Día 3: En ferry (10 de agosto de 2012)

    Nos pusimos en pie a las 6 de la mañana. Por delante nos esperaba un día relajado, todo cuanto teníamos que hacer era pedalear en liso hasta el puerto de Nanko para coger el ferry que nos llevaría hasta Shibushi, donde realmente empezaremos a rodar por las carreteras japonesas. Nos lo tomamos con muchísima calma, desayunamos con Nozomi, hablando de gatos y más gatos, y nos pusimos en marcha. Parecía que se levantaba nublado, así que ni nos molestamos en dejar la crema de sol a mano. Craso error, Ainhoa está negra (el contraste se hace especialmente evidente en mitad de la frente, justo donde acababa el pañuelo) y Gabriel tiene un curioso color rojo-anaranjado. Hicimos nuestra primera compra en una tienda japonesa, tratando de no quedar abrumados por el espectacular arte del envoltorio que esta gente tiene. Fuimos a almorzar a un parque precioso cercano, y enfilamos el puerto. Después de perdernos un poco y tener que retroceder, vivimos nuestra primera batalla lingüística. Fuimos completamente felices y confiados a la ventanilla donde pensábamos canjear nuestra hoja de reserva por los billetes de ferry. Pero, ¿quién dijo que que desenvolverse por Japón era fácil? Al final entendimos las instrucciones, pero el precio final era mayor del que esperábamos: no habíamos contado con la sobrecarga de viajar en bici y sólo nos quedaban 10 euros para sobrevivir. La situación era crítica, al día siguiente teníamos que coger otro ferry, si no encontrábamos un cajero (suelen estar abiertos sólo de lunes a viernes) al día siguiente, apenas tendríamos dinero para cenar, desayunar y comer al día siguiente, y además deberíamos recorrer 20 km de más. Y con esa tranquilidad embarcamos.

    Dejamos nuestros bultos en uncamarote estilo japonés, que íbamos a compartir con unas cuantaspersonas más, y subimos a cubierta para ver zarpar el barco. En laentrada habíamos visto una cesta con cintas de colores, que las usansobre todo los niños cada vez que botan el ferry. Las tiran por lacubierta, enganchándolas en la barandilla, y es una costumbre preciosano sólo por el colorido sino también por las caras de felicidad de losniños (y de los padres, que todo hay que decirlo).

    Una vez puesto ya rumbo a Shibushi pudimos probar una de esas sensaciones japonesas que todo el mundo menciona: ¡los váteres ultra tecnológicos! Lo del chorrito no es para tanto, lo realmente genial es cómo tienes los inodoros montados en las casas particulares: al tirar de la cadena, el agua no va directamente a la cisterna, sino que antes pasa por un grifo en el que puedes aprovechar para lavarte las manos.

     

    Día 4: Shibushi – Kagoshima (11 de agosto de 2012)

    ¡Hoy ha sido nuestro primer día de pedaleo real! Lo siento por los locos de las estadísticas, pero nosotros no somos parte de ese club. No nos interesa saber cosas como la velocidad media, cuántas calorías hemos consumido al día, cuáles han sido los minutos exactos de pedaleo o cuántas veces se cae Ainhoa con la bici al día (curiosamente, siempre lo hace cuando está parada). Sí que pondremos el perfil de la etapa y los kilómetros totales, para hacernos una idea de lo que hemos hecho.

    Cuando el ferry ha llegado a Shibushi (este lugar huele a pienso de gato) se nos ha caído el cielo encima, casi literalmente. Por fin estaba lloviendo con ganas, se puede decir que incluso hacía un bendito fresquillo. Salimos del ferry, nos ponemos en marcha, nos perdemos, nos paramos, se nos rompe una pata de cabra, sigue lloviendo, unos metros más, nos volvemos a parar, nos mojamos, cambiamos de dirección, discutimos, nos preguntamos qué hacemos aquí… minutos de reflexión… nos relajamos y tomamos el camino correcto, estamos realmente nerviosos por la incertidumbre de no encontrar un cajero abierto un sábado en un lugar pequeño como Shibushi, y la lluvia en forma de ducha no parece presagiar nada bueno. Tomamos la vía principal del pueblo, sin demasiada esperanza, pero… unos pocos kilómetros más adelante ahí está la oficina postal, ¡con un precioso cajero en su interior esperando por nosotros! ¡Hoy comemos caliente!

    Shibushi es precioso, nos cuesta mucho prestar toda la atención a la carretera cuando hay tanta belleza alrededor. Un santuario shintoísta en la cima de una montaña escarpada, los típicos cementerios japoneses junto a la carretera, el verdor de los campos de arroz, la vegetación exuberante, los tejadillos de las casas, el sonido de las cigarras… Y así de tranquilo discurre el día, entre subidas y bajadas.

    Cuando nos acercamos a Tarumizu, donde vamos a tomar el ferry a Kagoshima, nos quedamos embobados observando la humareda que sale del volcán Sakurajima. Aunque más atontados aún nos quedamos en el ferry, donde nos echamos un sueñecito de una hora absolutamente reparador. En Kagoshima nos espera nuestro próximo anfitrión, que tiene preparado para nuestro disfrute una terraza desde la cual cenamos mientras contemplamos las luces y cumbres que envuelven la ciudad.

     

    Día 5: Kagoshima –Satsumasendai (12 de agosto de 2012)

    ¡Nuestra primera etapa de montaña! Confiados, pensamos que ascender 400 metros no es demasiado, que no puede ser tan duro, que en el Camino de Santiago subimos puertos peores. Pero no con semejante desnivel, ni con semejante calor y humedad. Por suerte, durante casi todo el día nos acompaña la refrescante lluvia y el maravilloso paisaje. Para llegar a Satsumasendai, donde nos espera nuestra anfitriona de hoy, debemos atravesar una región montañosa. Para ser sinceros, creo que hemos pasado más tiempo empujando la bici que sobre ella, pero ha merecido la pena. Al llegar a la cumbre, la niebla nos envuelve, nos sentimos más en Japón que nunca, todo está envuelto en un halo de misterio (como diría Iker Jiménez).

    Y cuando dejamos caer nuestras bicis por la ladera que tanto nos ha costado ascender, la sensación de libertad es absoluta. Con algo de miedo porque la lluvia ha dejado la calzada mojada, nos deslizamos hasta un merendero, situado junto a una frutería. Paramos allí atraídos por una mesa cobijada por un toldo, donde descansaríamos un poco de la lluvia. Entonces aparece una anciana con dos toallas en la mano. Esta gente es increíble. Poco después, en una gasolinera, acude a nosotros otro hombre, con dos aquarius en las manos. Agotados por el esfuerzo y el calor, estamos tumbados frente a su negocio, y hace todo lo posible por que recobremos las fuerzas.

    Continuamos subiendo y bajando (¿o sólo subiendo?), sobre la bici y empujando y por fin llegamos al pueblecito de Satsumasendai, donde una sonrisa que no se borra en todo el tiempo que pasamos con ella nos hace sentir como en casa. ¡Gracias por todo, Amy!

     

    Día 6: Satsumasendai – Camping cerca de Izumi (13 de agosto de 2012)

     

    De momento, la noche más loca desde que estamos aquí. Salimos reconfortados de casa de Amy, descansados y aseados.  Hoy va a ser una etapa medio larga, esperamos recorrer unos 60 km bajando un río y luego por costa. Por la mañana volamos entre los verdes valles de Japón; a un lado y al otro, se abren campos de arroz protegidos por altas montañas. Cuando llegamos a la costa, pensamos que no vamos a dejar de verla ya en todo el día. ¡Qué equivocados estamos! Abandonamos una playa paradisíaca (cuando Dios hizo el Edén no pensó en América, pensó en Japón) y empezamos a subir y bajar durante kilómetros sin volver a ver el mar. Las subidas son durísimas, al principio del día lo sobrellevamos como podemos, pero las últimas los subimos al lado de la bici.

    Por el camino, vamos fijándonos en la fauna que habita estas islas. Los insectos isleños siempre son peculiares, tienen cierta tendencia al gigantismo o al enanismo. En el caso de Japón, los bichos son grandes como puños. Los hay preciosos, como una mariposa negra con un punto blanco que tendrá más de 15 cm de envergadura. Los ciempiés y las arañas gigantes son igual de fascinantes. No tardaremos demasiado en empezar a ver serpientes también.

    Cuando ya queda poco para anochecer y hay que ir pensando dónde dormir, empieza a diluviar y nos tenemos que refugiar en una marquesina bien preparada para la lluvia. Tanto que llegamos a plantearnos quedarnos allí a dormir, si no fuera porque una colonia de hormigas tuvo la idea antes que nosotros. Mientras esperamos a que escampe, se abre la puerta de la marquesina. Ha venido un hombre con su coche e, increíblemente, habla inglés. Preocupado, nos pregunta dónde vamos a dormir, y se queda aún más preocupado cuando le decimos que probablemente lo hagamos a la intemperie. Estamos seguros que de no ser porque las bicis no entraban en su coche, nos habría propuesto quedarnos con él.

    Cuando escampa, seguimos un poco más, hay un camping más adelante. Nos habían dicho que no merece la pena ir a un camping japonés, que son caros y no tienen demasiadas facilidades. Pero nos da miedo la lluvia, si vuelve a caer durante la noche de semejante manera y se nos lleva una riada, al menos que nos tengan localizados.

    La recepción está vacía, esperamos un largo rato pero parece que no hay nadie. Al poco tiempo aparece una mujer filipina que nos pregunta en un inglés alto y claro si puede hacer algo por nosotros. Yasmin, así se llama nuestra salvadora. Acude a buscar alguien de la plantilla del camping y a los pocos minutos vuelve con un chico joven que no entiende cómo podemos querer dormir en una tienda de campaña con el calor que hace y con la alta probabilidad de lluvia. Tanta pena le damos que nos ofrece acampar de manera gratuita. Y como estos japoneses piensan en todo, nos pide que lo hagamos junto al bungalow de Yasmin, ya que es la única persona capaz de hablar inglés en el camping.

    Empezamos a montar la tienda, ya está anocheciendo. De repente, toda una horda de japoneses nos rodea, los hijos de Yasmin nos ayudan a terminar de montar la tienda y tenemos a diez niños subidos a nuestras bicis, encendiendo las lámparas, tocando el timbre, abriendo los bultos y riendo. Un adulto los acompaña (nosotros lo llamamos Jose, en japonés sonaba algo parecido), y nos invita con toda la alegría que le daba la cerveza a participar en un juego típicamente japonés: aporrear la sandía. Casi sin darnos lugar a terminar de instalarnos, nos llaman para que nos unamos a ellos. Primero van los niños, luego nosotros. Nos vendan los ojos, nos dan varias vueltas, y tenemos que atinar con una escoba a una sandía que hay tirada en el suelo, siguiendo sus (japonesas) instrucciones. ¡Omoshiroi!!!

    Luego nos invitan a cenar, tanto los locos de la sandía como Yasmin y su encantadora familia. Degustamos su yakisoba y la barbacoa de Jose. Aún embobados por la calidez y hospitalidad de esta gente, los niños nos cogen de la mano y nos llevan a una pradera cercana, gritando “¡Hana-bi! ¡Hana-bi!”. Fuegos artificiales. Bebemos, nos reímos, hablamos, nos entendemos como buenamente podemos. Disfrutamos viendo cómo los padres se dejan contagiar por la felicidad de sus niños y nos sentimos en familia. Esa noche apenas dormimos, pero no nos importa. Ha sido una de las mejores noches de nuestras vidas.

     


    Día 7: Camping cerca de Izumi – Minamishimabara (14 de agosto de 2012)

     

    Nos despertamos antes de que salga el sol, así que decidimos ir a la playa para ver el amanecer. Aunque en el país del sol naciente no todas las costas dan al Este… a pesar de ello, y de que empieza a llover, nos sentimos con fuerzas. Por delante nos espera una etapa de las largas, al final serán más de 85 km, pero la ruta 64 nos deja un buen sabor de boca. Hoy sí hemos rodado por la costa, por unos paisajes que, realmente, quitan el aliento. Estamos enamorados de este país, aunque sus cuestas nos hacen sufrir bastante. Cuando el terreno es llano (hablando en términos japoneses, por supuesto), las bicis cabalgan solas, y el aire refresca nuestro cuerpo, totalmente cubierto de sudor. En cuanto bajamos de los 16 km/h, el calor estival se burla de nosotros por hacer semejante locura en pleno verano.

    El camino es precioso, la carretera muy estrecha (en cada curva hay un espejo), serpentea entre unos bosques que ningún europeo ha visto jamás. Por supuesto, empezamos a notar las incomodidas del viaje. El sudor y el calor irritan la piel en todos (todos, todos) sus pliegues; por mucho protector solar que usemos (factor +30), nunca es suficiente y empezamos a despellejarnos; las rutas largas y la tensión de la carretera derivan en calambres en las manos; Ainhoa es torpe y se cae todos los días, por suerte siempre con la bici parada; la ropa no termina de secarse y empezamos a oler, cuanto menos, un poco raro; los mosquitos se ceban con nosotros, no importa qué cantidad de repelente usemos. Y después de todo esto… ¿nos compensa? Por supuesto. Japón es tan bello como su gente, la comida es excelente, la sensación de libertad cuando pedaleamos es inigualable. No dependemos de autobuses, no necesitamos más combustible que el que nosotros mismos consumimos, no contaminamos. Nos sentimos vivos, y cualquier inconveniente que se cruce en el camino no puede anular ese sentimiento.

    Y con una sonrisa en la cara, continuamos pedaleando. Llegamos a Amakusa, donde otrora hubo un seminario, una iglesa y un colegio jesuitas, donde eran formados en letras latinas los hijos de las principales familias samuráis. Muchas veces nos preguntamos de dónde sacaban las ganas los misioneros para atravesar medio planeta sólo para predicar el evangelio. A decir verdad, nos lo preguntábamos antes de conocer esto.

    Tomamos un ferry en dirección a la península de Shimabara. A lo lejos, envuelto en la bruma, nos espera el monte Unzen, en cuyas calderas fueron abrasados vivos cientos de cristianos. Hace cuatrocientos años, pronunciar el nombre de este monte en Europa provocaba pavor, era sinónimo del martirio más horrible. Ahora, viendo su imponente silueta recortada contra el cielo, no creemos que tengamos los cuerpos preparados para ascender por encima de los 1.000 metros de este gigante verde.

    El ferry llega a la península, aún quedan 15 km más hasta nuestro destino. Nuestra anfitriona será Kozue, que nos tiene preparada una cena con unos amigos en su preciosa antigua casa de estilo japonés.


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    Publicado hace 8 años #
  2. envidia sana, este viaje lo tengo apuntao:)

    It is not the destination, but the stretches in between what matters!
    Publicado hace 8 años #

  3. Hay bastantes fotos en el blog que dan a pensar...

    no resalataré ninguna en particular pero realmente son diferentes.

    los comentarios de Merche resumen algunas de ellas

    :D

    + + qrmos + +


    Aquí yace Raffaello Sanzio
    Cuando nació la naturaleza temió ser vencida por él.
    Cuando murió temió morir con el.
    Publicado hace 8 años #
  4. A la espera de más.

    Saludos  y enhorabuena.

    Publicado hace 8 años #
  5. Hola precioso viaje, cada noche, cuando me llegaba el email con la nueva entrada en el blog, lo he leído con el desayuno y es un viaje para que, vosotros, lo recordéis, por que hay diferencia entre hacer turismo, con todos los respetos y viajar tratándote con los paisanos de la tierra.....y es lo que habéis hecho....

    Un saludo

    Tonilupe

    sonrie, disfruta, el tiempo pasa... http://tonilupe.blogspot.com.es/
    Publicado hace 8 años #
  6. Anoche me acosté a las tantas leyendo el blog y en este momento acabo de terminar.
    Magnífico viaje, magnífica crónica y magníficas fotos.
    Como he comprobado que tanto os ha gustado Japón y su cultura, os dejo unos enlaces por si desconocíais esta historia.
    http://es.wikipedia.org/wiki/Hasekura_Tsunenaga
    http://es.wikipedia.org/wiki/Coria_del_R%C3%ADo
    http://bitacora.eniac2000.com/?p=649

    Vale más un "por si acaso" que un "quien lo iba a pensar".
    Publicado hace 8 años #
  7. Después de un largo finde, aquí sigo con la crónica, espero que la disfrutéis

    Día 8: Minamishimabara – Camping de Sahara (15 de agosto de 2012)

     

    Despertamos en casa de Kozue con la sensación de haber dormido mejor que nunca. Por delante nos espera una jornada de ruinas, reliquias y cementerios, en la que apenas recorreremos unos 35 kilómetros, entre idas y venidas.

    Después de desayunar copiosamente (y muy al estilo japonés), Kozue nos acompaña hasta un cementerio cercano a su casa, donde descansan los restos de un japonés cristiano que murió en 1610, apenas 2 años antes de que comenzara la cruenta persecución de los cristianos en esta zona de Japón (Lope de Vega escribirá desde España los martirios acaecidos en Arima, Kuchinotsu y Arie, pueblos que hoy mismo visitamos). Un hombre mayor de un comercio situado junto al cementerio se ofrece para guiarnos hasta la tumba, donde se hace una foto con nosotros… ¡con una cámara de carrete que se saca de la manga!

    Nos despedimos de Kozue y su madre, con la esperanza de volver a verlas y poder devolverles algún día tanto cuanto nos han regalado. Entonces desandamos el camino que hicimos ayer para ver con más detenimiento el lugar donde se edificó el seminario jesuita de Arima, destruido hace 400 años, y el castillo de Hara. Los libros de historia europeos hablan de la rebelión de Shimabara, cuando en realidad no ocurrió en la actual Shimabara, ni siquiera en su famoso castillo (reconstruido), sino en el de Hara, junto a Minamishimabara. En el año 1636 toda la región se rebeló contra el daimio local, y por tanto contra el sogún. Harto de que su pueblo hubiera de pagar subidas excesivas de impuestos y corveas de trabajo interminables, un muchacho hundió una azada en la cabeza de su señor. Sus paisanos lo celebraron como si fuera un libertad, y se atrincheraron en el castillo de Hara. Las fuerzas sogunales no fueron capaces de tomar el castillo, así que llamaron a los holandeses que, con sus cañones, incendiaron y destrozaron el bastión. La mayor parte de la gente de esta región seguía siendo cristiana pese a la persecución que se había levantado años atrás, de modo que desde el gobierno japonés se entendió que esta rebelión pudo haber sido jaleada por los extranjeros cristianos, de modo que fue la chispa que provocó la decisión de cerrar Japón al mundo exterior desde 1638 hasta 1868.

    Continuamos el día recorriendo varios lugares de la historia Kirishitan, hasta que llegamos a la tumba de otro cristiano en Sahara. Lejos de ser un desierto, el lugar es un paraíso. A apenas un kilómetro hay un sitio para acampar de manera gratuita, a pie de playa. Al fin disfrutamos de un baño en el Mar de Japón, montamos la tienda y cenamos contemplando el O-Bon, el festival de los difuntos japonés.


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    Publicado hace 8 años #
  8. Día 9: Camping de Sahara – Minaminagasaki (16 de agosto de 2012)

    Hoy le pesan las pestañas a Gabriel, y nos levantamos tarde.  No estamos preparados para el día que nos espera: hace ya un tiempo que no podemos conectarnos a internet, y debido a que ayer cambiamos de plan, y en lugar de subir al monte Unzen, fuimos por la costa oeste de la península de Shimabara, ni siquiera sabemos cuántos kilómetros nos separan de Nagasaki. De hecho, ahora que nos vamos a acostar, seguimos sin saberlo, ya que el calor de hoy era tan insoportable que no lo ha resistido ninguno de nuestros cuentakilómetros. En todo caso, no hemos podido llegar hasta nuestra meta, aunque tampoco nos lamentamos por ello.

    El trayecto hasta Nagasaki es durísimo, tanto por sus cuestas como por su cruel verano. Ainhoa se vuelve a caer esta mañana (otra herida superficial) y acaba con un golpe de calor, asistida por los enfermeros de un geriátrico. Definitivamente, es la pupas de la pareja. Discutimos, nos decimos tonterías, nos sofocamos (¿por qué no hay árboles en las subidas de hoy?). Son ya las 17:30, aún nos quedan 10 duros kilómetros por delante (más pesados por el desánimo que por el desnivel). En una hora ya empezará a oscurecer, y nos estamos volviendo locos preguntando a la gente de por aquí, Minaminagasaki, dónde hay un hotel cercano. Después de preguntar a 4 personas, caemos en la cuenta de que nos están indicando un hotel en Nagasaki. Nos acercamos al jardín de un templo budista, donde un hombre contempla un árbol en flor. Ainhoa le pregunta dónde hay un lugar cercano para dormir… y empieza a volverse loco. A los pocos minutos, tenemos a cuatro personas alrededor de nosotros, discutiendo en japonés. Una monja budista habla un poco de inglés, e intenta convencer a su superiora de que nos quedemos en el monasterio. La monja mayor no quiere porque cree que somos americanos, pero cuando le decimos que venimos de España (vistazo al pasaporte incluido), la cosa cambia. Aprovechamos el regalo de Jose y Rosita, y nos alojamos en este lugar increíble. Después de asearnos y vestirnos con unos kimonos, las monjas nos dan de cenar una comida abundante y deliciosa en una estancia de belleza sencilla. Nuestra habitación nos lleva a otro tiempo y lugar, conectados con el presente por medio de la televisión y el aire acondicionado. No podemos dejar de dar las gracias a tantísima gente por convertir este viaje en una experiencia vital, a años luz de unas meras vacaciones.


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    Publicado hace 8 años #
  9. Día 10: Minaminagasaki – Nagasaki (17 de agosto de 2012)

    Unos pocos kilómetros nos separan de la legendaria ciudad de Nagasaki.

    Cuando bajamos a desayunar, las hermanas nos tienen preparado no sólo el típico desayuno japonés sino que, además, preocupadas por nuestro modo de transporte, nos rellenan los bidones con bebidas isotónicas, nos dan un par de botellas con aquarius congelado para el camino y una bolsa con galletas y geles  de frutas.

    Después de una dura ascensión de unos 200 metros de desnivel nos dejamos caer de nuevo por las laderas japonesas, siguiendo un río que serpentea hasta el mismo centro de Nagasaki. Nos perdemos un poco, pero no nos cuesta demasiado encontrar el albergue, donde soltamos nuestros bultos y nuestras queridas borricas, nos vestimos “de paisano” y nos vamos a descubrir Nagasaki a pie.

    Primera parada: isla de Dejima. Cuando a mediados del siglo XVII Japón se cerró al mundo, dejó una pequeña ventana abierta. Se construyó la isla artificial de Dejima donde, cada año, llegaban las naves de los holandeses con mercancías y novedades (artísticas, médicas, científicas). Y así se mantuvo hasta que Japón se abrió de nuevo al mundo durante la Era Meiji.

    Segunda estación: los puentes de Nagasaki. El río que cruza la ciudad de norte a sur está jalonado por innumerables puentes, el más antiguo de ellos data del año 1620. Los recorremos, los cruzamos, vemos desde ellos las carpas, grandes como tiburones.

    Tercera atracción: la calle de los templos. En silencio, con la cabeza agachada (más que nada por los cientos de escalones que hay que subir) vamos ascendiendo a los diversos templos que se edificaron en paralelo junto al río principal.

    Final de trayecto: museo de los 26 mártires. Aquí es donde quería Ainhoa llegar. Se trata de un museo dedicado a los cristianos que murieron martirizados por la fe. Los primeros de ellos fueron seis franciscanos (un mexicano y cinco españoles) y 20 japoneses, algunos de ellos jesuitas, otros simples ayudantes. Las paredes del museo cobijan objetos y documentos importantes para la tesis doctoral de Ainhoa, pero no dejan hacer fotografías. Un poco desesperada, intenta explicar su situación a la taquillera. Le pregunta si habla inglés, pero recibe una negativa. ¿Cómo decirle lo importante que es para ella conseguir reproducciones? Se le ocurre probar y preguntar si habla español… entonces reacciona, suelta un chotto matte (espere un momento) y hace una llamada telefónica. Al otro lado alguien contesta en perfecto castellano, casi sin presentarse “¡Riojana! ¿Por qué no me has traído un buen vino?”.

    Es el padre Aguilar, mexicano, que está en Nagasaki al cargo de la iglesia de los mártires más de medio siglo. Le contamos nuestro viaje y al instante se preocupa por nosotros, de inmediato nos trae unos zumitos de naranja, un par de tarrinas de helado y unas galletas de chocolate que, por supuesto, no podemos rechazar. Mientras merendamos, el padre no para de hablar: sobre los tópicos de los japoneses, sobre la familia y el amor, sobre la maldita guerra y la bomba que jamás debió caer. Pasamos media tarde escuchando historias increíbles sobre la Segunda Guerra Mundial, que los mismos protagonistas habían contado al padre unos cuantos años atrás. Nos impresiona saber que uno de sus compañeros, antes de jesuita, fue kamikaze. Tanto nos dejamos llevar por la plática que el museo de los mártires hace ya una hora que está cerrado, así que llama al padre Renzo para que nos lo abra y nos guíe a través de sus tesoros en exclusiva para nosotros. Ésta es la buena estrella que nos suele acompañar en la vida, aunque suele pedir algo a cambio. Ainhoa perdió un guante  de la bici durante la visita al museo… pero al día siguiente encontrará tirado en la carretera otro de su misma talla.

    Damos un breve paseo por la ciudad, ya iluminada por los neones modernos y las tradicionales linternas, y llegamos al hostal juvenil Ebisu, del que nos parece excesivo el precio que tenemos que pagar por el servicio ofrecido. Además, la mujer que lo regenta no tiene demasiado bien amueblado el piso de arriba (nótese que no hablamos de arquitectura y decoración), y se le ocurre la brillante idea de dar un vaso de sake a todos los que allí nos alojamos, incluidos unos niños coreanos. Uno de ellos se bebe el vaso de un trago, empieza a toser, y tiene que ir corriendo al baño… en fin. Lo peor de todo es que habíamos decidido quedarnos allí para aprovechar el wi-fi, actualizar el blog, mandar mensajes de consuelo a la familia y seguir planeando el viaje, pero la conexión a internet da solo para escribir una breve fe de vida antes de dejar de funcionar. Así que a dormir, que mañana seguiremos rodando.

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    Publicado hace 8 años #
  10. ¡ ¡ ¡ IMPRESIONANTE ! ! !

    Enhorabuena pareja! Muy interesante vuestra aventura. No he tenido tiempo de leerlo todo pero prometo hacerlo en cuanto pueda. Por lo que he leido y visto tiene una pinta estupenda!

    Un saludo!

    ¡¡¡Salud y pedales!!!
    Publicado hace 8 años #
  11. Sencillamente genial. Desde luego se ponen los dientes largos solo de imaginarlo. Espero seguir leyendo

    Publicado hace 8 años #
  12. Hola Ainhoa, voy leyendo tu cronica a trozos, y la verdad que es un puro deleite ... Una pasada vamos!!!! 


    Un saludo

    "No me sigas, que ya te he dicho que no se a donde voy ..."

    J.F
    Publicado hace 8 años #
  13. Muchas gracias por vuestros comentarios!!! Es una gozada haber podido hacer algo tan bonito y sobre todo poder compartirlo. Ahí va un poco más:

    Día 11: Nagasaki – Omura (18 de agosto de 2012)

    Nos levantamos bien descansamos y planteamos la etapa de la manera más bonita y llana posible. Lo primero es relativamente fácil si consigues escapar del tráfico y lo segundo es casi imposible en estas islas verdes.

    Ayer se nos hizo tarde con la charla inesperada con el padre Aguilar, así que hoy por la mañana vamos a ver la zona sobre la que estalló la bomba atómica. Estando allí no piensas en la radiactividad, ni siquiera en el efecto devastador de la bomba sobre la ciudad. Sencillamente ves a la gente que, con una serenidad pasmosa, pasea tranquila por el parque. Algunos dejan unas latas de refrescos o botellas de agua como ofrenda para las almas de las casi 150.000 personas que se marcharon aquel día. Cerca del epicentro, una madre saca una foto a sus hijos que, inocentes, sonríen apoyándose sobre la lápida. Una tragedia que nunca debió ocurrir, como nos recordó el padre Aguilar, ya que Japón ya se había rendido, sólo quedaba negociar las condiciones. Y, sin duda alguna, volverá a ocurrir. Da igual cuánto avance la ciencia si los corazones de los hombres no lo hacen al mismo tiempo.

    Con un sabor agridulce retomamos la carretera para abandonar Nagasaki, unos kilómetros que se nos hacen interminables hasta que dejamos atrás el tráfico insufrible tan típico de las grandes ciudades. Pero apenas salimos, el verdor nos rodea de nuevo.

    El calor aprieta y nos socarra el carácter. Cada cuesta arriba es una tortura, y eso que ésta es una etapa de las “cortas y llanas”. Ascendemos una colina y desde allá contemplamos la bahía de Omura, donde vamos a descansar esta noche.

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    Publicado hace 8 años #
  14. Día 12: Omura – Saza (19 de agosto de 2012)

    Calor. Cuestas. Más calor. Más cuestas. Y encima feo.

    La etapa de hoy no puede describirse de otra manera (exceptuando los últimos 10 km). Salimos de Omura un poco tarde, sin haber descansado lo que nos hubiera gustado. Nos da mucha pena no poder despedirnos de Katelyn, nuestra anfitriona, pero estamos seguros de que volveremos a encontrarnos en algún lugar del mundo.

    Hoy es una etapa presuntamente de costa. No hemos visto el mar, pero sí el urbanismo costero. Y sobre todo, lo que hoy nos deja marcados (literalmente) es el sol. Se supone que hemos venido en época de tifones, el viento y la lluvia deberían estar azotando las islas, pero lo único que nos está azuzando es el calor insoportable. Ya nos lo habían advertido antes (¡Suso, no queríamos creerte!!) ya lo habíamos comprobado mirando predicciones del tiempo, pero estamos seguros de que los termómetros, o están estropeados por el calor, o directamente mienten.

    El termómetro marca 31º. No nos lo creemos. Para que os hagáis una idea: de vez en cuando tenemos que mover los pies, porque la suela de goma se queda pegada a los pedales; los cuentakilómetros fallan a mediodía; cuando compramos una tableta de chocolate, se derrite en los diez metros que separan la puerta del establecimiento del bordillo en el que nos solemos sentar para comer; Ainhoa tiene los brazos repletos de ampollas, cuando jamás se suele quemar; la piel de todo el cuerpo está completamente irritada. Los primeros días íbamos con cascos, pero las carreteras seguras de Japón y la climatología nos han impulsado a dejarlos en el portabultos y exponernos a las inclemencias a la manera tradicional japonesa: con una toalla en la cabeza. Por no hablar de la humedad. La ropa jamás está seca, sudamos hasta debajo de la ducha, y a veces parece que falta el aire. Entre las 12 y las 14 horas no se puede salir a la calle… ¡y siempre nos coincide con una subida sin árboles! Bebemos alrededor de 8 litros por persona, a ser posible bebidas energéticas. No estamos tan preocupados por la deshidratación como por los golpes de calor. Cada poco tiempo hay establecimientos y baños públicos junto a la carretera, y el agua del grifo no sólo es potable sino que está rica. Son como una bendición, no sólo por la comida preparada, que está muy buena y además es barata, sino porque gracias al aire acondicionado podemos recuperar la temperatura corporal. De cualquier modo, no aconsejamos hacer un viaje de este tipo en esta época del año. Nosotros no tuvimos otro remedio porque no conseguimos que Gabriel tuviera vacaciones en mayo. Pero la primavera y el otoño son, sin duda, las estaciones óptimas para ello.

    A partir de las 5 de la tarde el sol ya no aprieta tanto (equivaldría al sol de las 7 de la tarde en España), y tenemos la sensación de que los 60 km que llevamos en las piernas ya no pesan tanto. Hemos debido de subir a una buena altura, porque los siguientes 10 km son prácticamente de bajada, ya fuera de las grandes áreas urbanas. La zona que rodea Saza es, de nuevo, preciosa. Y aquí nos espera nuestro anfitrión de hoy,Peaceful, recién llegado de Sudáfrica. Nos cocina una receta indonesia y después de cenar nos presenta a sus amigos que son, como él, profesores de inglés: un canadiense, un chico medio japonés medio estadounidense, una británica y un chino filipino. En casa de Shane, el medio nipón, hacemos una degustación de cervezas japonesas y de sake. Después, él mismo nos lleva a un bar de surferos, cerca de su casa, donde tienen expuesto en la barra un buen jamón serrano de la Alpujarra. Quizá se nos hace un poco tarde, y quizá bebemos un poco más de la cuenta, pero la noche ha sido realmente divertida y ha merecido la pena.



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    Publicado hace 8 años #