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De Oporto a Santiago: crónica del viaje cicloturista que nunca fue (VIII)

&tarr; PUBLICIDAD (lo que paga la factura)

  1.                           
                      
                                                                                            Lunes, 11 de Agosto. La terrible casilla 58.

        Suena el despertador. Son las ocho y media.  En media hora levantará la persiana la oficina de correos de Gonçalo Cristovao 136. Desayunaré algo en el café modernista que ayer ví unos metros más abajo, en la rua de Santa Caterina. Me visto sin dilación y me lanzo a la calle. Seis euros un café. Ni que fuera el café de Ricky, en Casablanca. Lo pienso mejor y me conformo con observar desde las calle las molduras, los arabescos y los mil y un detalles decorativos minuciosamente trabajados en la madera noble y bien iluminada por pomposas lámparas que tampoco escatiman ornamentación.


       En una cafetería próxima, más prosaica, desayuno café y pastel de nata por mitad de precio o algo menos que el café americano modernista.  Aprovecho el desayuno para consultar Google  maps y dice que solo tengo que seguir calle arriba y coger la cuarta a esquerda y estaré en la oficina en cinco minutos.


       Allá se dirige el viajero, reconfortado tras el desayuno, confíado de si mismo y con paso alegre, decidido, como en armonía con la mañana soleada portuense, muy lejos, infinitamente lejos, de aquella lluvia fina y densa que le recibió el anterior miércoles. Parecíanle años el tiempo pasado cuando hizo su entrada en la oficina.


        Al entrar veo otra vez dos bultos grandes y altos de cartón ondulado, que por su forma prismática no dejan lugar a dudas: sólo pueden contener bicicletas. Leo los nombres y compruebo con horror que ninguno es el mío. Y con más horror aún caigo en la cuenta de que son exactamente las mismas cajas, las mismas bicicletas, que estaban aquí, en este mismo lugar, el pasado miércoles. Con un poco más de polvo, pero las mismas, y con todo el aspecto de seguir ahí unos días más. Y pienso en los dueños que seguramente habrán desesperado de recoger su envío. El protagonista de La Cabina solo fue definitivamente consciente de su fatal destino cuando entró en aquella nave inmensa donde al fin vió en los rostros amoratados de sus congéneres la terrible suerte que él mismo había de sufrir. Una sensación parecida tengo yo al encontrarme con esos dos bultos de otras dos anónimas víctimas de este enredo kafkiano. Esto es la casilla de la muerte, sin duda.


       Vuelvo mi mirada al mostrador y allí, sí, Justino está en su puesto. Se me adelanta un hombre fuerte, de aspecto eslavo, con una muñequera de calaveras talladas en el duro cuero. Parece tener algún problema con alguna transferencia de dinero. Tema espinoso que alarga el asunto. El otro empleado, un hombre de gafas -siempre gafas- que pudiera ser de mi edad me hace una seña para que avance pero le digo que no, que yo quiero me atienda Justino.


      Miro a éste, intentando atisbar en su mirada alguna complicidad, algún gesto , alguna señal que puede decodificarse como un “tranquilo, tu bicicleta está aquí. Por fin ha llegado. Prepárate que vas a iniciar tu viaje”. Pero no encuentro esa señal por ningún lado. Es más, da la sensación -increíblemente- de que no me ha reconocido. De que no nos recuerda remotamente ni a mí ni a mi bici. Sigue departiendo con el eslavo en su inglés de funcionario.


           Un señor se para detrás de mí en la fila. Le digo que pase adelante, que yo espero a Justino. Esa dignidad me queda. No sin un gesto de extrañeza, hace lo que le digo. Pero el trámite resulta sencillo por lo cual abandona el lugar con prontitud. Una vez más el segundo funcionario, el de gafas, queda vacante y siento la presión de su mirada, un poco más inquisitiva, de extrañeza, y más aún cuando se le suma la de Justino, que asoma por un lado del corpachón del eslavo.


         - Do you remember me? It was about a bike…


    Solo entonces parece vagamente recordar algo. Me dice -ah, traidor, me tratas como a uno más - que vaya donde su compañero.


        -The number…, tell him the number...


       Así me despacha, a mí, que había confíado en él como ciego que ofrece su brazo al transeúnte anónimo al borde de la calle de tráfico denso y pesado. Le doy al empleado el número de envío: CV001653644ES, recito. Se sorprende de que lo sepa de memoria.


    -   By heart, le digo, con una sonrisa poco creíble y menos sentida aún.
     -  Está en Perafita.


       Perafita. De pronto me invade una debilidad, una desconocida falta de fuerza.


    - En Perafita estaba el viernes…
    -Y ahí  sigue…, continúa despiadado.
    -But is coming today, isn´t it?
    -I don´t know. May be today….or tomorrow.
    - What time have I to come?
    -I don´t know.
    - Eleven?
    - Eleven….twelve….tomorrow….


       Sin fuerza para la cólera decido abandonar el lugar aturdido y no dar una oportunidad a que el animal que hay en mí haga una escena y salte para siempre, hecha pedazos, la última reserva de amabilidad de viajero. Solo faltaba visitar la casilla de la cárcel.



       Vuelvo a mi habitación con paso lento, pesado. El empleado de Rent a Car está ahora empotrado contra la silla, en una actitud parecida a la de un alumno aburrido de instituto. Me siento en la cama. Miro el móvil. El móvil conspira contra mí. En la pantalla aparecen horarios de vuelos de regreso a casa. Muevo índices, pulgares, pulso letras, dígitos...confirmo con desaliento lo que hay que confirmar, no sin gran pesar en el momento de dar el último ok.


       Aquí termina todo. “Los esfuerzos baldíos generan melancolía” dijo Séneca, u Horacio, no recuerdo bien. Y así la melancolía se apodera de mi alma. Las alforjas medio abiertas que reposan sobre un par de sillas ante mí son el único testigo de mi pesar, pero creo que tienen más o menos la misma sensibilidad que los funcionarios que acaban de dar la puñalada definitiva a mi viaje. Hay que reconocer la derrota cuando llega. Tal vez es mejor que no ocurra nunca lo que tarda demasiado tiempo en suceder, que cuando algo se complica en exceso el proyecto se quede en proyecto. Somos como fichas de parchís -o de la oca-, que, en su mundo bidimensional, obedecen sumisas al destino de los dados arrojados aleatoriamente. He caído en la terrible casilla 58. La de las calaveras, la de la muerte, la que te devuelve al inicio. Pero….¿quién sacude el cubilete?


       Unas horas quedan para el despegue. Y también algunos lugares que visitar en las cercanías. Iré al café modernista, aunque sea caro. Qué más da. “La mejor diversión y tal vez - por qué no- las mejores manzanas…”  tarareo con amargura la canción de  Alberto Cortez. Llego al café pero la hilera de turistas esperando a ser desplumados es tal que me retraigo de mi primera intención.


      El viajero, con escaso humor ya para colas ni preceptivos ritos turísticos, emprende el camino del mercado del Bolhao donde aguarda una nueva decepción: está en obras. Le parece que el edificio debió ser magnífico, sin duda, pero apenas queda una cáscara vacía de hormigón, huérfana de aquel supuesto y primitivo esplendor.


        El mercado del Bolhao ocupa transitoriamente un edificio menos vistoso, próximo a un moderno centro comercial donde residen esas marcas que son de todas las ciudades y de ninguna. Esas firmas que no pertenecen a un entorno, sino más bien a una malla tejida en torno al planeta entero; uno de esos centros comerciales donde uno entra, mira alrededor e imagina que pudiera estar en Singapur, Los Angeles o Buenos Aires o en el barrio donde vive. Afortunadamente el Bolhao, aunque sin su caparazón original, mantiene algo de su espíritu en las tiendas de quesos, las carnicerías, las verdulerías...Una pena no poder disfrutar del espectáculo de las pescaderías, pues es segunda feira -qué manera más extraña y positiva de llamar a los lunes- y no hay producto fresco. Tan sólo una pescadera expone un género que no llama la atención. Se hace extraño verla ofrecer su mercancía entre los puestos vacíos.


       En los mercados está el espíritu de las ciudades, decía Victor Hugo. Y decido que a falta de pescado, tal vez ese espíritu esté bien condensado en un buen queso de cabra. Compro uno de producción local, dispuesto a no marchar con las manos vacías. Me demoro un tiempo más por los pasillos entre ese ambiente y olor mezcla de carnes, frutas, verduras y embutidos por donde deambulan señoras expertas en regateos que se mueven con agilidades insospechadas. Decido que no queda más por hacer y salgo al día soleado de Oporto.


       Hay que ir al aeropuerto y es sabido que hay que hacerlo con margen suficiente. El vuelo sale a las tres y cuarto. Pero,  empiezo a especular con la posibilidad de que el horario del vuelo no sea el portugués. Estás cosas se reservan por la red y la red no sabe de horarios locales, más, teniendo en cuenta que la compañía aérea no es portuguesa...Tal vez habría de presentarme con más de una hora de antelación….¿Y si hubiera más de un aeropuerto en Oporto y me presentara en el que no es...sin tiempo para cruzar toda la ciudad  de nuevo ? Puesto a pasar un buen rato al destino podrían ocurrírsele unas cuantas tretas todavía hasta que se canse de mí. ¿O me estoy volviendo paranoico?


       Es hora, pues, de ponerse en camino. El empleado de Rent-a-Car está ahora, ahí, al fondo del corredor,  rellenando algo que pudiera ser un impreso o pudiera ser un sudoku. Me recuerda a un fondo de pantalla que tuve hace unos años en el pc: un naúfrago en una isla donde solo había un cocotero. El personaje estaba a veces sentado mirando al mar, otras comiendo un coco o, la última, ejercitando sus brazos con flexiones. Esas eran sus tres posibilidades vitales que repetía una y otra vez. Su existencia se reducía a eso. Empiezo a especular con la delgada y cada vez más sutil línea divisoria entre lo virtual y lo real. ¿ Y si el empleado no fuera real y fuera un holograma ? ¿Una especie, de eso, de fondo de pantalla tridimensional que alguien hubiera dispuesto para amenizar este oscuro fondo de pasillo?


       En estas cavilaciones llego al cuarto piso y abro la puerta de mi habitación. Tengo tiempo para una ducha. No hay agua caliente. Tal vez el mando es hacia el otro lado. Pruebo un rato, pero el agua no se templa. Pruebo al otro y tampoco. Decido esperar. Espero. Cada vez sale más fría. Con un juramento nada solemne salgo de  la bañera y decido posponer las abluciones para mejor ocasión.


       Las alforjas. Otra vez. Las pesadas alforjas recordando crudamente lo absurdo de la situación. Ordeno todo como puedo, pero el caos en su interior es ya, como suele ser al final de los viajes, prácticamente ingobernable. Me despido de la habitación. Abajo me entran ganas de tocar al de Rent-a-Car ahora que está viendo la tele -empieza a repetirse ya como el salvapantallas-. Avatar o humano, decido no aventurarme porque no tiene hoy buena cara. Me llevaré el misterio de recuerdo..


       Caído definitivamente en estado de hipocondría, cual perro apaleado el viajero decide extremar la prudencia. Por eso acude a la recepción con intención de asegurar bien todos los extremos: el horario del viaje, descartar la posibilidad de que hubiera algún otro aeropuerto en la ciudad, el itinerario más adecuado...La adversidad le ha vuelto cauteloso en extremo.


       Hoy no está la recepcionista eficiente de ayer. Ocupa su lugar un hombre de gafas  que me recuerda al de la francesinha, el que se parecía a Nelson Mandela. Está haciendo un monumental ejercicio de paciencia franciscana con unas mujeres que acaban de llegar a la ciudad y le someten a un verdadero tercer grado del que sale muy airoso, sin perder nunca  ese aire de bondadoso padre de familia que he visto más de una vez por estos lugares. Lejos de inmutarse, me confirma, con una calma infinita, como la de un Atlántico infantil, risueño y veraniego, que en Oporto no hay más que un aeropuerto y me provee de toda suerte de indicaciones y detalles a fin de que el extravío resulte imposible.


    - Coja usted el metro. Es lo más rápido.


       El amable recepcionista demuestra dominar perfectamente el lenguaje del otro lado de la frontera. Ése que suele faltar en casi todos los letreros indicativos en este país.


    - Coja a la derecha y en la segunda bocacalle encontrará la parada.


       Salgo con paso decidido y las alforjas y el saco golpeando las esquinas. Cuento las dos bocacalles, una y dos, y me veo de  nuevo en ese centro comercial que podría ser Los Ángeles, pero ni rastro de la parada de metro. Una joven me reconduce amablemente. Por lo visto tenía que haber tomado a esquerda y no a dereita según salía del hotel. Y mira que el buen hombre se deshizo en explicaciones...Desando el camino, una vez más y, sí, allá abajo se divisa la parada de Bolhao.


      Ahora queda la agotadora tarea de enfrentarse a la máquina expendedora. No albergo esperanza alguna de encontrar alguien que me oriente para comprar el ticket, pero debe ser tan sencillo que nadie parece compartir mi perplejidad ante el artefacto. Espero que las prolijas instrucciones de que me proveyó el hombre del hotel resulten suficientes. Deben serlo.


       El plano del metro no es complicado. Si recuerdo bien tengo que transbordar en la parada de Viso y luego tomar la línea lila que por fortuna termina en el aeropuerto. Uno ya no se fía de de no cometer algún despiste fatal. Hay que calcular también el sector por el que me muevo puesto que cada uno paga su tarifa diferente en función de la distancia recorrida. Todo muy normal, muy estandarizado, globalizado, lógico, racional e intuitivo. Hasta ahora.


       Comienza el diálogo con la máquina y resulta sencillo. También lo es embarcar en el metro con dirección a Viso. Llego a destino, bajo al andén -  las alforjas viajando a pulso de mi brazo izquierdo unas veces, otras del derecho-.  Sigo con ese deambular acelerado de los pasillos de suburbano. Paso junto a un inofensivo aparatito gris, como una columnita de plástico con unos discretos circulitos grises que apenas llaman la atención cuando recuerdo de pronto, sobresaltado, al hombre del hotel diciéndome :


    - Pero, recuerde:  hay que validar el billete antes de hacer el transbordo….


        Lo que no viene a mi memoria es dónde había que hacerlo. Tal vez sea éste el lugar. Acerco mi billete, no sin algún reparo, pues ya me ha ocurrido en el pasado algún episodio similar que ha terminado con el billete en la ranura equivocada de algún tranformador eléctrico, semáforo o buzón de correos. Se enciende una lucecita verde con un pitido aquiescente y respiro aliviado. Premio. De oca a oca.


       Sin mayores complicaciones llego a la línea lila e incluso al andén de la dirección correcta. Llega el tren, provocando  esa emoción siempre renovada del suburbano que irrumpe como una alimaña abisal en la estación, desde esa oscuridad insondable del túnel, con su estruendo sobrecogedor,como un fenómeno colosal dispuesto a devorar viajeros.


       Se abren las puertas, entro, me acomodo en una hilera de sillas que ocupan una posición central en el vagón. Tengo incluso un espacio atrás para depositar las malditas alforjas. Tomo asiento. Una chica oriental -no acierto a distinguir si china, coreana o japonesa- entra con aliento perdido y cargando también una pesada mochila. Va vestida con unos pantalones rasgados horizontalmente en las rodillas siguiendo esa moda global de simular cierta indigencia. Me llama la atención la sorprendente simetría entre esos dos cortes horizontales y  sus ojos rasgados, orientales, que miran alrededor, con cierta ansia, como intentando descifrar  un nuevo escenario.


    - Is this the train to the airport ?
    - Yes, it is.
    - Oh….thanks. Is it long to get there?
    - Half an hour, more or less. The train stops you there.


       Le respondo con cierta postiza suficiencia, sintiéndome como un usuario habitúal de la línea. Casi como si el vagón me perteneciera. Ante esta pequeña vanidad -esa suerte de glotonería espiritúal-  de quien ha llegado unos minutos antes al lugar, ella sonríe y respira aliviada y se deja caer en el asiento, liberada como yo, al saber que esperan doce paradas de tranquilidad que seguramente dedicará a toquetear la pantalla del móvil.


       El pasaje, o el paisanaje, está inconfundiblemente compuesto de gentes de pantalón corto que ponen fin a sus vacaciones. Se ve en las miradas, se ve en los semblantes, se ve en las ropas ajadas de colores. Se escucha en las conversaciones y se aprecia en los bultos que arrastran. También en las miradas cansadas de ver lugares, pesarosas algunas ante la perspectiva de afrontar el regreso. Tal vez problemas familiares, tal vez cambios en el trabajo, tal vez el inquietante resultado de un análisis médico...Todo aquello que había quedado guardado en el cajón de la mesilla y que, lejos de desaparecer, aguarda latente, agigantado, la hora de la vuelta.


       Durante el trayecto, el viajero suspira y reflexiona sobre todo lo transcurrido en estos días. Y tiene la sensación y el cansancio extraño de haber viajado plenamente sin haber iniciado su viaje. Tal vez sea que viajar es todo lo que le sucede a uno mientras está distraído con preparativos para no llegar a ninguna parte. Tan complicada, tan misteriosa, tan inabarcable y hermosa es la vida.


       Llego por fin al aeropuerto. Es...como todos los demás. Gentes con maletas, con mochilas que deambulan o presurosas o con desgana. Paneles indicadores, mostradores, ventanillas, azafatas, máquinas de vending, sillas de plástico...conforman un escenario universal. Por la megafonia se dan instrucciónes apenas audibles que uno no sabe ya quien imparte: tal vez una chica de algún despacho de por aquí al lado o tal vez provienen de alguna oficinista externalizada de Nueva Delhi o San Francisco o Bogotá. La gente mira al móvil o mira hacia la nada. Esperando, siempre esperando.


      Comienzo a deambular con mis alforjas por el inmenso vestíbulo mientras voy escudriñando paneles y desgranando el siguiente paso a partir del cartel indicador: ventanillas uno y dos. Hacia allá me dirijo, pero no hay rastro de azafatas de mi compañía aérea. “Vueling”, se llama. Otro nombrecito globalizante. Un hombre alto me interroga con la mirada desde el otro lado del mostrador. le pregunto por mi vuelo y se encoge de hombros:


    - Será un vuelo posterior. Este va a Nueva York.


       Nueva York. No estaría mal líarse la manta a la cabeza y tomar ese vuelo. Cruzar el océano infinito para ponerme sin más a dar paseos con mis alforjas  por la Quinta Avenida, arriba y abajo, en deambular o merodear infinito como un personaje de Paul Auster...Hay que tomar las cosas con humor.


       Y esperar. Esperar y confíar. Me siento en la bancada de plástico a pasar el tenso sosiego de la espera. Hasta que por fin oigo taconear a dos elegantes azafatas portando unos rollos de tickets amarillos donde pone “vueling”. Tras de ellas me dirijo de nuevo al mostrador para ver, con sorpresa, que mientras yo esperaba en el banco de plàstico otros viajeros más espabilados han creado una rápida y prolongada hilera ante el despacho. Siempre hay alguno, o muchos como en este caso, que va un paso  o dos por delante. Me incorporo a la fila. Voy avanzando lentamente, aliviado de ver cómo ésta se va prolongando tras de mí. Soy de esos que disfrutan viendo la gente que queda detrás en las colas; me siento como más abrigado en mi suerte, buena o mala.


       Conforme voy aproximándome al mostrador comienzo a sopesar que si voy a facturar las alforjas, tendré que sacar primero cierto pan y embutidos que he comprado en el Bolhao para almorzar antes del vuelo. Llego al mostrador y la chica me pide el carnet de identidad. Parece que éste no le figura. Es necesario el número de localizador, por lo que tengo que coger el móvil, pero antes hay que cambiar de manos las alforjas y las bolsas de embutido a fin de poder acceder a la cuenta de correo electrónico donde figura ese dato. En ese precario equilibrio le muestro los dígitos y me da su ok. Me pone carita cuando ve las alforjas y me hace colocarlas en una plataforma para pesarlas. Yo creía que me la iban a facturar pero me dice que mi billete no incluye tal derecho. Ni siquiera al final me voy a librar de su maldición.


       Blandiendo el teléfono en una mano y los plastificados chorizos y lomos en la otra intento levantarlas -una vez más- con su bamboleante e innecesario saco de dormir y me retiro del mostrador. Ante la circunspecta e inquisitoria mirada de los viajeros que esperan en la cola se me cae el embutido sobre el bruñido terrazo con estruendo de bofetada. Bonito papelón en un magnífico escenario, una vez más.


      Vuelvo a la bancada de plástico no sin antes haber sido atracado por una máquina de vending donde tengo que pagar dos veces 1´50 euros por medio litro de agua. Una bella y desconocida viajera me pide ayuda para hacer la misma operación pero no consigo ayudarla y tengo la sensación de que tal vez mi torpeza ha dilapidado una bonita oportunidad de que la amabilidad de viajero fuera un poco más allá. Al final del viaje ha aparecido la extranjera fugaz del poema de Pessoa.


       Sentado en el plástico comienzo a desembuchar el plástico de mis embutidos. Devoro con fruición sandwichs de pavo y salami. Cualquier alimento es manjar cuando se tiene verdadero apetito. Sobra todavía algún tiempo hasta que aparece el número de puerta de embarque en el panel. Me dirijo a ella para sorprenderme, una vez más, de la cantidad de gente que ha tomado la delantera. El turista no descansa jamás.


       Una vez más en disciplinada hilera, esperando con docilidad las vejaciones que sin duda aguardan al atravesar la puerta; esa puerta que es como el cristal del espejo que separa los dos mundos del aeropuerto: el vestíbulo y las salas de embarque con su constelación de tiendas luminosas. Dejando mis inevitables alforjas sobre el tapiz de goma móvil y rugosa, atravieso el espejo. Por supuesto, suena la estridente alarma y me hacen a un lado. Por si no hubiera sido poco humillante tener que quitarse el cinturón me tengo que dejar toquetear por el agente de seguridad. Mientras tanto, una policía me ausculta las manos y las caderas con una especie de planchas de pelo. No sé qué es lo que pretendían encontrar pero afortunadamente no ha detectado nada.


       Adelante, me dice y me apura un poco con un gesto como para sacarme de mi aturdimiento. Suelo caer en una una especie de estupor peligroso en esos momentos de delicado tránsito. Por fin me sitúo junto a la cinta que me ha de devolver las pesadas pertenencias, que vuelven a mí una y otra vez, como un castigo bíblico. Lo que no aparece es la pequeña bolsa de mano que contenía cosas insignificantes como el móvil, el carnet de identidad, llaves, la cartera con el dinero y las tarjetas...Los demás viajeros toman sus pertenencias en absoluta normalidad y ajenos por completo a mi zozobra, mientras yo quedo allí, esperando absorto, viendo pasar como un río personas y equipajes ajenos y felices. Qué solo se siente uno en esos momentos.


       Empezaba a agobiarme ya cuando un policía me pregunta si una bolsa de mano negra que viene por otro lado es mía. Me pide permiso para abrirla. Introduce su mano derecha y cuando lo hace tuerce el gesto como diciendo ¡ajá! Y ahí aparece mi llave inglesa del quince cuya existencia había olvidado yo ya totalmente. Su función era la de haber soltado ese pedal necesario para poder embalar la bicicleta en la oficina postal de origen aquel infausto día en que comenzó esta aventura. Indudablemente su metal macizo ha llamado la atención de los sistemas. Haciendo como que pide permiso la arroja a una bolsa de plástico negro, sin saber que estaba de ese modo dando el golpe de gracia, el carpetazo final en un gesto lleno de significados, despojándome así del símbolo de la última esperanza que permanecía ignorada, latente, en el fondo de la bolsa de mano, esperando su momento para incordiar.


       Llega la hora de embarcar y el viajero, a quien siempre han gustado esas pasarelas que te arrojan directamente al interior del habitáculo de la aeronave, como dado bailando en el cubilete que al final cae en el lugar predispuesto, no deja de sorprenderse de la infinita amabilidad de las azafatas que le dirigen hacia su lugar, junto a la ventanilla. Tampoco deja de agobiarse cuando son recordadas las medidas de seguridad que, por más que trámite habitúal, siempre caen sobre el pasaje como una especie de pesada e inquietante liturgia.


       La mayoría del pasaje parece tomarlo como rutina, pero a mí me parece que todos estamos pensando vagamente, con incomodidad, en otros viajeros que escucharon también rutinariamente estas advertencias y que, tras momentos de horror inimaginables, inenarrados e inenarrables, cerrarían sus ojos antes de estrellarse y acabarían sus días sin poder contar a sus seres próximos que esas advertencias de seguridad no sirvieron para nada.


       Vencido ese primer nudo estomacal, el motor se enciende. Se pone en marcha el fabuloso aparato, apenas con la velocidad de un turismo al principio. Esperamos un tiempo al borde de una pista. “I´m leaving in a jet plane”...Viene inoportunamente a al recuerdo la canción de John Denver que resultara lamentablemente admonitoria de su trágico final. Aviones van tomando tierra ante nosotros, uno y otro, y otro...El tráfico aéreo es cada día más intenso y pienso en lo relativamente fácil que es que se produzca una descoordinación y que un día cualquiera un aparato tomando tierra impacte con otro que ha irrumpido en la pista antes de tiempo. Espero que ese dia no sea hoy.


       Por fin el avión va tomando velocidad y se hace ese silencio en el pasaje. Y la tensión se condensa en el ambiente, se mastica en el aire limitado del habitáculo, y se queda ahí, hasta que se libera esa presión que se siente en el estómago cuando la aeronave se despega por fin de tierra.


       Vamos tomando altura y comienzan a verse racimos de casas blancas o pardas extendiéndose por los caminos, por las colinas. Marañas de asfalto gris se enredan por todas partes. Y algo más allá va quedando la urbe de Oporto y el mar infinito de los portugueses, inmenso y diáfano, un poco más a lo lejos.


       El viajero siente cierta ternura por los pueblos cuando los ve desde las alturas, como si fueran de juguete. Se vuelve a sentir un poco niño. En algún lugar allá abajo quedará Justino con su porte serio y administrativo, o Valdemar con su meticulosidad, o la señora de la taquilla del funicular a Santa Lucía leyendo sin leer o la madre de la niña que imitaba la danza portuguesa. Y mi bicicleta esperando en una oscura caja a su dueño que ya no va a llegar. Todos quedan allá abajo en algún recóndito lugar, tal vez esperando la llegada de aquel Don Sebastián que un día se perdió en tierra de mouros y desapareció, creen ellos que para volver un día que aún no ha llegado. Adiós, admirable pueblo capaz de iniciar revoluciones con claveles y canciones de Eurovisión.


        Una mosca zumba sobre nuestras cabezas, sin posarse. Estará todo el viaje volando dentro del vuelo y seguramente saldrá por donde ha entrado, sin poder llegar a comprender cómo es posible que atravesando la misma puerta pueda uno aparecer en un lugar miles de kilómetros más allá. La explicación es sencilla, pero tremendamente incomprensible para ella. Como para nosotros tantas cosas que tal vez para alguien, una dimensión más allá o más acá, resultaran irrisoriamente simples.


       A la señora que viaja a mi lado se le cae el estuche de las gafas y, entre que es voluminosa, la dimensión reducida del asiento, mi proximidad, más la presión que ejerce el cinturón de seguridad -todavía no nos es permitido soltarlo- lo mira reposar dubitativa en el suelo junto a mi pie, sin atreverse, como valorando el momento y la manera más adecuada de iniciar la tarea de recuperarlo.  Me inclino, lo recojo, se lo ofrezco.  “Obrigada” me responde. Le devuelvo una sonrisa. 

        Amabilidad de viajero.



    Publicado hace 8 meses #
  2. Bueno, las cosas no siempre salen como se planean en este caso el dado del destino te ha devuelto a la casilla de inicio sin bicicleta y cargado con las alforjas pero te ha dado la oportunidad de conocer a Justino y aunque sin bicicleta has vivido unos días en Portugal conociendo a su gente y sobretodo la gastronomía no te puedes quejar jeje.
    Gracias por el relato que aunque no sé si es real o fruto de tu imaginación entra dentro del juego de la vida
    .

    El unico simbolo de superioridad que conozco es la bondad.
    Beethoven.
    Publicado hace 8 meses #
  3. En estos momentos mi pregunta es...

    Ha terminado?

    Publicado hace 8 meses #
  4. slow dice: En estos momentos mi pregunta es...

    Ha terminado?

    ...

    No puedo decir que me ha encantado el relato porque estoy igual🤔
    Qué pasó con la bicicleta? Fuiste tan cruel como para abandonarla a su suerte en una Oficina de Correos de Portugal o gestionaste su repatriación?😀
    Hay una moraleja final? O son suficientes las que has ido deslizando en cada capítulo?

    Publicado hace 8 meses #
  5. Pues yo tengo las mimas dudas que Trisqui y Slow más una, ¿recuperaste la bicicleta?.





    Dios creó la cerveza, el diablo la Coca-Cola.
    Publicado hace 8 meses #
  6. ¿Hay episodio IX? Más que nada para saber si va haber reencuentro entre la bici y tú.
    Y digo yo ¿no te dieron un código de seguimiento para el envío de la bici?
    Me has entretenido un montón con tu historia, venga un saludo.

    Publicado hace 8 meses #
  7. Aunque este capitulo huele a epilogo ,espero que el relato no este definitivamente enterrado. Hemos disfrutado de la compañía de sus personajes ,el propio autor "el viajero", el bueno de Justino(¿O no tan bueno?), el admirado Robert de Niro de "La misión" metamorfoseado en humilde viajero. Con ellos y alguno mas hemos recorrido y transcurrido en calles, estaciones ,hostales ... del vecino país. El ajetreado y turístico Oporto ,la aburrida hasta el hastío Barcelos,Viana...Conocido de su gastronomía la buena, la no tan buena(esa horrible franceshina ,eso si con su cómica felicitación al mesonero),el intocable café fe 6 euros en el esplendido local modernista.

      .En definitiva nos hemos convertidos en "mirones" u "observadores" a través de los ojos del autor de la cotidianeidad de los personajes que han pululado por el relato, los principales y los anónimos .Y todas las sensaciones cómicas, melancólicas ,de hartazgo, etc que nos han trasmitido

    Pero no nos engañemos , "La Rock Star" de este relato es "La Bicicleta". Aunque le pese al autor del relato , este  ya no es suyo,, sino de los lectores. Y necesitamos saber que ha pasado con la dichosa bici,¿Por que no llego?¿Recuperaste la bici?¿Que narices paso? Espero que el autor no nos decepcione al final como el bueno de Justino.
     
    Coñas o bromas a a parte. Termine o continúe el relato gracias y felicidades por compartir con nosotros tu crónica de viaje cicloturista que nunca fue.

    Publicado hace 8 meses #
  8. Me está encantando el relato.
    Espero estar equivocado pero pienso que es ficción.

    Publicado hace 8 meses #