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De Oporto a SAntiago: crónica del viaje cicloturista que nunca fue (VI)

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  1.                                                                         Domingo, 10 de Agosto. El factotum de la citá.

       Valdemar es otro hombre por la mañana. Se afana recogiendo platos, platillos, tazas, cucharillas y ordenando cajitas plastificadas de galletas, mantequillas y mermeladas, zumos, cafés...Tal vez demasiado ajetreo para una edad en la que el horizonte laboral se aproxima sombrío de oscuras nubes anticipatorias. Es por eso, tal vez, que la afabilidad de ayer parece haberse transmutado en gesto hosco. Quería preguntarle por la estación para coger el funicular de Santa Lucía, pero lo pienso mejor y decido preguntar a Google que por las mañanas parece tener siempre el mismo humor inalterable. A pesar de mis pesquisas no consigo evitar dar un par de paseos innecesarios al otro lado de las vías. Parece  ser que Google maps y yo no congeniamos como hace unos días. Por fin recupero la ruta: un desagradable paseo junto a la carretera nacional de doble vía que, afortunadamente, no dura demasiado. Además, no voy cargado con las malditas alforjas y me siento libre como una gaviota.

       Por fin llego a la pequeña estación de salida. Los funiculares y sus estaciones tienen siempre ese aire de juguete inofensivo. Nadie que sea mala persona viajará nunca en un trenecito como éste. Me digo,  a lo mejor sin demasiado fundamento,  que nadie que vaya a perpetrar una fechoría tomará jamás este medio de transporte. Antes de subir al santuario de la santa martir rindo visita a otro más prosaico y mundano, este sí, hecho de blanquísima porcelana, azulejos espejeantes y agua corriente. Llimpio como los cálices y patenas.

        La funcionaria que expende los billetes me resulta familiar sin saber por qué, y me pregunto si no será la misma que se me aparece en todas las ventanillas, taquillas, despachos y negociados. Mediana edad, pelo castaño, gesto serio y gafas, sobre todo gafas. Todo el mundo en Portugal parece tener gafas y me trae al recuerdo a José Afonso y a Saramago y su “Ensayo sobre la ceguera”, libro éste que me dejó para siempre un cuerpo extraño. La funcionaria me despacha los billetes con un aire rutinario y, sin reparar para nada en mí, recupera la lectura de su grueso best-seller en una suerte de actus interruptus de lectura que me parece a mì en extremo complicado en un lugar como éste.

       Ya desciende el elevador amarillo. Ocupo un lugar en la esquina del asiento corrido posterior. Es el mejor lugar para observar toda la estancia. Me queda todavía algo de aquel disfrute infantil por montar en los transportes. Pacíficos y silenciosos viajeros van ocupando los lugares de forma aleatoria. Qué bien. Siempre me han gustado estos coches tranquilos, la calidez de estos espacios cerrados desde donde poder disfrutar de un paisaje nuevo confortablemente. Dejarse llevar.

       De pronto, más abajo en el vestíbulo, se empieza a escuchar un vozarrón como aquel al inicio de “El barbero de Sevilla”. No puedo evitar evocar el momento cuando el protagonista Fígaro entra en la escena de una Sevilla recién amanecida cantando aquello de “soy el factotum de la citá…lalalalalalalala…...” El grupo de gente bulliciosa se aproxima y entre ellos destaca la voluminosa presencia del factotum. Irrumpen los nuevos viajeros llenando la hasta entonces pacífica atmósfera del elevador y Fígaro se sienta a mi lado :

    - Soy un poco grande, lo siento…
    - No pasa nada, nos amoldamos…

      Insensible o sordo, o ambas cosas, a mi amabilidad de viajero se acomoda un poco más con leves movimientos de trasero hasta que logra estamparme contra la ventana..

    - Tú eres de Almería, no? Es que te lo leo ahí, en la camiseta...Oye, en el cabo de Gata, joder...el mejor baño de mi vida, tú. Un baño acojonante…

       El interpelado balbucea una contestación cortés e insegura, pero el personaje ya no escucha. Parece ser que no le gusta responsabilizarse de las conversaciones que inicia. La gente que habla alto tiene además esa capacidad de absorber la energía espiritual de las personas que le rodean. Pero a Fígaro poco le importa todo eso. No parece acostumbrado a escuchar ni a interpretar signos de comunicación no verbal. En realidad no parece acostumbrado a escuchar otra voz que la propia.

    - Haciendo el camino del Norte ?

       Tampoco parece caer en la cuenta de que estamos en Portugal. Probablemente la geografía también le dé un poco igual.

    -Cuando paséis por de donde soy yo hay que tener cuidado,que los campesinos cambian las señales para que los peregrinos pasen por donde a ellos les interesa...Que cabrones !

       Su mujer también intenta algún comentario que apenas se oye. Para cuando los vagones se cruzan a mitad de ascensión ya empiezo a estar un poco harto del factotum y veo que definitivamente ha quedado arruinado mi deseo de disfrutar plácidamente del breve trayecto. Siento alivio cuando se abre la puerta y me veo liberado de su presión física y anímica.

       Santa Lucía, patrona de los ciegos. Y, de forma recurrente, Saramago vuelve al recuerdo. Hay una hermosa vista. Vuelvo a consultar a mi amigo Google ávido de saber qué putadas hicieron a esta pobre santa. Parece ser que un tal Pascasio le dio muy mala vida allá por el siglo IV  con un tratamiento a base de “aceite hirviendo y pez”.  Me imagino que por no abjurar de sus creencias. Ir contracorriente ha sido siempre muy jodido y en aquella época al parecer e era complicado también discrepar del pensamiento único.  No se andaban con tonterías aquellos romanos.

       El templo está hecho de buena piedra de granito en un estilo neogótico. Sobre su puerta de entrada orientada al Este destaca un enorme rosetón. Desde aquí se domina toda la ciudad y alrededores. El paisaje es grandioso. El interior no impresiona.

        Se divisa la desembocadura del río Lima que, si no recuerdo mal, para los antiguos pobladores prerromanos era el río del olvido. ¿O era el Limia?  Tal vez olvidé este detalle cuando lo crucé a través del puente de hierro del ferrocarril. Se dice que quien cruzaba ese río perdía la memoria. Una especie de ceguera saramaguiana del recuerdo. Así que es posible que a partir de ahora mis recuerdos no sean del todo certeros. No importa si son bellos. A estas alturas de la vida -o tambíen a estas bajuras-  la memoria va siendo ya más bien un ejercicio creativo de sombras chinescas con el pasado.

       Más allá, hacia el interior, las montañas se pierden en un horizonte brumoso y pueblos blancos se extienden por su regazo. Hacia el otro lado, tras la desembocadura, una larguísima línea de playa marca el fin del continente, el finisterre, el límite de la península con el Atlántico. El mar inmenso que vieron, tantearon y desafiaron generaciones de navegantes portugueses. La inmensa superficie diáfana que separó durante tantos siglos el mundo conocido del mundo ignorado, habitado por monstruos indescriptibles.

       La visita no da para menos. Ni para más. Decido no arriesgar a coincidir con Fígaro en el viaje de vuelta y aprovechando que parece despistado, sentada su pesada humanidad en un banco de piedra y sin callar un momento, por supuesto. Decido tomar el funicular de descenso. Vuelvo a coincidir con los almeríenses, más tranquilos sin la presión de la verborrea agotadora del orondo factotum.

       Hora de regresar a Oporto. Vuelvo por la carretera desagradable. Si un lugar se parece al infierno es una ruta como ésta, donde todo es ruido, donde solo se pasa y nadie está, donde todo es errante y fugitivo, donde el reposo no se concibe. Aquí de los motores, de los contenedores, de los desperdicios por doquier, de los envases desparramados junto a líquidos pegajosos...de todo eso que conforma  nuestros infiernos urbanos de todos los días. Se parecen demasiado en todas partes estas zonas de servicio. Digamos que son feas de la misma manera solidaria, mientras los barrios distinguidos y elegantes lo son cada uno a la suya.

       Entro en la habitación para recoger mis pertenencias. Otra vez el petate, las alforjas, la armadura empaquetada de Robert de Niro que parece haber ganado peso con el reposo. Otra vez el saco de dormir dando por saco, enredándose en cada esquina, en cada arista, en cada rincón. Poso todo mi equipaje sobre el suelo para despedirme de Valdemar que, tras el mostrador, se diría que ha recuperado la afabilidad de antaño. Yo creo que es de esas personas ordenadas a quienes el caos pone nerviosas, y las mesas de desayuno son caóticas por definición en cuanto se sientan esos sombrereros locos que somos los huéspedes. Y eso puede sacar de quicio a cualquiera. Se siente más cómodo detrás de la barrera de su mostrador.

        Nos damos la mano. Un apretón firme y cálido. Intento transmitirle mi comprensión de lo duro que ha de ser ver al final de la vida laboral lo poco que te ha dejado cada una de las almas que ha desfilado por tu alojamiento. Tantas vidas habrán fluído por delante de este mostrador.... Tiene que ser como haber pasado largos años junto a un río sin haberse bañado o sin haber pescado un pez de sus aguas. O tal vez este yo equivocado y  lo haya hecho en alguna ocasións. Sólo él lo sabe, pero lo que transmite con su mano firme y cálida es tan solo agradecimiento..

    - Adiós, Valdemar. Muito obrigado.
    - Buen  viaje.

       Otra vez las calles empedradas de ayer, camino de la estación. Hermoso edificio neogótico civil, con su techumbre sujeta por finas columnas y capiteles de hierro. Tiempos en que se jugaba a imitar la arquitectura antigua con los nuevos y atrevidos materiales que proporcionaba la industria.

        El tren espera en su andén. Todavía media hora larga para la partida. Y el viajero decide  que mejor espera en el interior confortablemente sentado. Cuando sube, una mujer que está fregando el suelo le dice en tono muy airado, impropio de país de tan tranquilos modales -de revoluciones que se hacen con claveles-, que tiene que abandonar el furgón y esperar fuera. Tras un somero análisis de la situación y, especialmente, del rostro de la mujer airada decide que vale más una retirada a tiempo y hace como se le dice. El viajero no quiere perder su compostura así como así y opta por acomodarse obediente en uno de los bancos del andén en espera de que parta su tren rumbo a la casilla de salida.

       Se pone por fin el tren en marcha bastante bien provisto de pasajeros. Frente al viajero, junto a la ventana en la hilera triple de asientos, va sentada una chica atractiva -rubia, vestido como de encajes o gasas con generoso escote- mueve sus dedos a la velocidad de la luz sobre la pantalla táctil. Hay más gente, pero ella absorbe toda su atención. Quisiera saber con quién whatsapea. El viajero es un impenitente cotilla digital que disfruta en lugares como los transportes públicos leyendo de soslayo conversaciones cualesquiera, por intrascendentes que sean. Es más, cuanto más intrascendentes, más suelen excitar su curiosidad. Porque ahí está realmente la vida, se dice.

        El viaje no va a ser cómodo. Hay más gente y más mochilas que en el de ida y, además, hay que transbordar en un pueblo llamado Nine. Llega una pareja de mochileros y la estrechez aumenta de forma repentina cuando se sientan a mi lado. Ahora estoy justo enfrente de la chica rubia de los dedos centelleantes. Ahí sigue. En los breves momentos en que levanta las largas pestañas de la pantallita mira brevemente por la ventana -la de verdad-, probablemente sin ver. Se despereza,  bosteza, suspira...y vuelve de nuevo a sumergirse en su abismo digital.

       La pareja me presiona cada vez más contra la ventana. Ocupan espacio físico porque van abrazados, no el uno al otro, sino a sus mochilas de considerables dimensiones. Son de algún país del norte y parecen desconfíar de la proverbial amabilidad de viajero, o no la consideran del todo incompatible con el amor por las cosas ajenas. Tal vez consideren que viajar por el sur de Europa, tierra de holgazanes y descuideros, requiere de una atención especial a las cosas. A lo mejor tienen razón. Quién sabe.

       La chica del vestido blanco se levanta por fin y desciende en la pequeña localidad de Barruelos. Poco glamouroso destino me parece para tan bella desconocida. O tal vez viva en algún palacio perdido en la campiña lleno de candelabros, amplias estancias y retratos antiguos. El tren continúa su bajo el sol del mediodía,  ajeno a mis ensoñaciones.

       Pasamos Barcelos. Vamos retrocediendo casillas porque los dados del destino así lo han querido. Llegamos a Nine. Lo que se ve desde el tren, mientras este va reduciendo la velocidad hacia el reposo relativo de la estacion, son barriadas colmeneras de considerable altura y fachadas anodinas sin flores ni balcones. Definitivamente en este país tienen preocupaciones más altas que el color o la apariencia de los exteriores de las viviendas humildes.

       El tren se detiene. Me dispongo a recoger mis sisíficas alforjas tras la ligera tregua del viaje. Me levanto como la mayoría de la gente: todo el mundo parece ir a Oporto. La pareja permanece sentada, abrazada a sus valiosas pertenencias. Intento bajar mi equipaje pero calculo con cierta inquietud que durante unas décimas de segundo voy a tener que sostenerlo a pulso sobre la vertical de las cabezas de la parejita, suspendido en el aire, confiado a  la sola fuerza de mis brazos. Y es precisamente en ese instante fugaz cuando el vagón decide dar la embestida  definitiva y toda mi pesada carga cae sobre la precavida pareja y, lo que es peor, yo también caigo sobre ellos como una parte añadida más del pack. Les doy un buen zarandeo pero me recupero rápido para musitar unas avergonzadas disculpas en inglés. Desconfiados y zarandeados, pero también corteses y flemáticos, las aceptan aparentemente de buen grado. Por fin puedo abandonar el vagón, no sin el preceptivo sofoco.

       El nuevo comboio  está atestado, pero encuentro hueco milagrosamente en el único lugar donde podía tomar asiento. Me veo rodeado por tres mujeres. Dos de ellas de unos cuarenta años. La tercera es una niña de unos doce. No paran de hablar durante el trayecto, ni de mostrarse fotos del móvil. Entiendo que están comentando algo de alguna actividad de baile que hace la más pequeña, que parece ser hija de la mujer que se sienta frente a mí. Rubia, alta, ojos azules, no guapa, con mirada fría pero siempre sonríente. Pelo castaño, que parece ir perdiendo ya el brillo y la fuerza de tiempos más juveniles. La que va sentada a mi lado es más gordita, de contundente anatomía. No parece evidente ningún tipo de parentesco sanguíneo ni con la madre ni con la hija. Si acaso pudiera tal vez ser su tía. Hablan rápido, hablan dulce, hablan musical, melodioso...Me gusta escucharles hablar, sobre todo a la niña. Algo dicen de danza portuguesa o brasileira a lo que la madre responde imitando una especie de baile, levantandos los brazos  y castañeteando los dedos, imitando una secuencia rítmica :   clín-clin-clin, clin-clin-clin…. Sin quererlo consiguen amenizar mi viaje, que ya estaba empezando a resultar algo pesado.

       Es esa hora del mediodía avanzado. Al otro lado de la frontera es hora de comer cuando  el tren hace su entrada en la estación de São Bento. Con esa tilde horizontal que parece prolongar las vocales en la lengua portuguesa. Les gusta recrearse en las cosas. Elongarlas, como esos largos túneles que se extienden bajo el vientre de la ciudad  y que engullen los comboios como estómagos hambrientos.  Me levanto de nuevo a recoger la carga con redoblado temor a provocar nuevos desaguisados... (Continuará....)

    Publicado hace 4 meses #
  2. Vaya, en esta ocasión nos dejas en el tren y sin saber si hay segundo incidente alforjero

    🤣🤣🤣

    Publicado hace 4 meses #
  3. Sigue, que está muy entretenido.
    Y si, el pasar el puente te ha afectado a la memoria, la rubia atractiva no se bajó en Barruelos, es Barroselas.😀

    Publicado hace 4 meses #