Inicio Foros Crónicas De Oporto a Santiago: crónica del viaje cicloturista que nunca fue (IV)

De Oporto a Santiago: crónica del viaje cicloturista que nunca fue (IV)

foreveryoung
Participante
foreveryoung
Participante

                                                                                                       Viernes 8 de Agosto. El pozo.

    “Vuelve sobre las 14h”. Me da a entender Justino, entre un portugués ininteligible y ese inglés de funcionario, que me he presentado demasiado pronto. Las nueve de la mañana me parecía a mí un horario razonable para la ocasión. Pero me da a entender que me he precipitado. Que no he dado ni siquiera tiempo a que llegue el transporte con los objetos del día. Justino escribe un 14h en un trozo de papel, cuadriculado, medio arrugado y con las barbas propias del papel recién arrancado de una libreta de espiral.
   

    Aún así me da cierta seguridad este hombre. Si él dice las 14h es porque a esa hora mi bicicleta estará esperándome. Es de esas personas que tienen la rara cualidad de tranquilizar en la zozobra. Tiene que ser un gran padre este Justino. Haría un gran ministro en tiempos de crisis, de esos que tranquliza a la población mientras una pandemia o algo peor explota frente a tu ventana. Me voy por donde he venido. Lo siguiente es preparar mis cosas y abandonar la habitación. Otra vez. Y sin saber cuál será mi destino hoy. Recojo mis cosas y las dejo bajo custodia en el hotel. Ya en la calle tengo que hacer tiempo hasta esas 14h. que figuran inexorables en el papel.
    

   Por la avenida ancha, llena de tráfico y gentes que van a sus tareas diarias llego a una plaza ajardinada con un inquietante monumento conmemorativo en el centro. Sobre una altísima columna clásica un león enorme se despacha muy a su sabor despedazando un águila que yace inerme y exhausta entre sus garras, cayendo sus alas exánimes a ambos lados de la columna. Recorriendo ésta, figuras de soldados tallados en bajo relieve, y una fecha que recuerda la epoca napoleónica. Por primera vez caigo en la cuenta de que la que nosotros llamamos guerra de independencia  también pasó y se sufrió por estas tierras. Y es que los libros de texto que estudié al otro lado de la frontera rara vez se ocupaban de las cosas de este país. Porque este país es para nosotros como una mancha blanca o gris en el mapa del tiempo o en el libro de Geografía. Un león, un águila…Inglaterra, la pérfida Albión, destrozando con sus zarpas el imperio napoleónico… Está claro el sentido de la historia que se  nos pretende transmitir al pueblo ignorante.
    

   De estos enmimismamientos me rescatan unos jóvenes que me entregan amablemente un folleto propagandístico de cierto gimnasio. Tal vez quiera decir que he logrado confundirme con ellos lo suficiente, que mi camuflaje es lo sucientemente bueno para no ser confundido con un simple turista. Me han debido de tomar por paisano y eso me halaga. Pero tal vez la razón sea mi prominente barriguita, y eso ya no mola tanto.
   

    Queda tiempo. Debería de comer algo. Me encamino por la rúa de Boavista -una vez más positivismo de callejero- y paso al lado de un bar donde apenas se sientan un par de comensales. Para comer es temprano. Incluso para ellos que en cuestión de horarios son más británicos que ibéricos y por ello suelen espabilar antes para estas cosas. Ofrecen la típica “francesinha”. Digo típica porque caigo en la cuenta de que ya he visto el mismo nombre escrito en las pizarras de diferentes establecimientos. Qué será una francesinha…Abro el móvil y, para mi estupor, cuando apenas he tecleado que es u…..se me despliegan una serie de opciones y la primera de ellas es «¿qué es una francesinha?». No recuerdo haber pronunciado la palabra en voz alta. Inquieto, me pregunto si mi móvil no es sólo capaz ya de escuchar y registrar mi voz -cosa que ya había oído en algún lugar que podía ocurrir- sino que además es capaz de leer mis pensamientos.
    

   Pero la necesidad de llenar el estómago -de atender al gobierno de las tripas, como diría don Quijote- tiene la virtud de postergar estas sombrías cuestiones y decido tomar posesión de una de las sillas metálicas con respaldo de mimbre que pueblan la terraza. Ocupa ésta un angosto lugar invadiendo parte de la acera estrecha y confinada por una rampa de garaje. También invade parte de la entrada de una clínica. No parece importarle a nadie a esta hora del mediodía.
  

    Un hombre de aspecto bondadoso – no sé por qué me recuerda a Nelson Mandela- toma nota de mi francesinha y se dirige al interior. Vuelve al cabo de un tiempo prudencial con un plato de donde sobresale un montículo hecho de panes de molde, -como una suerte de estructura tronco-piramidal que recuerda a las mastabas egipcias- cubierto con una salsa naranja de aroma vinoso. El pan parece al gusto tener más tiempo del necesario y la salsa resulta fuerte y pesada. El contenido debe de ser algún tipo de fíambre o de lomo duro como el tasajo de cuyo sabor no llego a tener constancia por el efecto arrasador de la salsa sobre el paladar.
   

   Cuando voy a pagar, Nelson Mandela me interpela con una mirada cómplice y luego me pregunta :

   – ¿Le ha gustado ?
   – “Muy buena. Estaba muy buena…”, me escucho responder increíblemente.
     

    Hay cierto orgullo en su mirada cuando me despido y abandono el local.
    

   Es hora de ir a la oficina de correos. Recorro los hectómetros que me separan del local poniendo en orden mis ideas, estableciendo planes sobre lo que hay que hacer para ponerme en marcha una vez recogida la bicicleta. En el reloj de la oficina casi dan las 14h que Justino escribiera en el papel esta mañana. Veo con alborozo que detrás de unas jaulas altas hay dos cajas enormes y rectangulares de cartón ondulado, que solo pueden albergar bicicletas. Compruebo los nombres y veo que ninguno es el mío. Malo. Justino no está. Pregunto por él a una mujer mayor, gruesa, de gafas que ocupa su lugar. Me siento como un huérfano recién llegado a la residencia en presencia de la directora del centro. Le explico la situación, nervioso. Me noto la voz poco convicente. Pone cara de no entender nada, y es porque no ha entendido nada. No habla español, ni inglés….”Portugués”, me dice.
   

   De pronto aparece Justino. Aparece por allí en ropa de calle ,elegante, anudándose el botón superior de una camisa crema. Dispuesto ya a disfrutar del fin de semana. No le había conocido sin su chaqueta azul, tan elegante.

   – “It hasn´t arrived”
   

   Me lo dice, con cierta irritación en el gesto, como si le estuviera recordando algo desagradable. Un asunto laboral sin resolver en el último instante de la semana, cuando uno ya se ha lavado las manos y se ha cambiado la camisa, es lo último que le apetece a uno. Pongo carita de incredulidad y comienzo a resignarme a esperar un día más, cuando añade:

   -“Saturday and Sunday is closed”.
      

   Esa frase sentenciosa cae sobre mi espalda como un latigazo de viernes santo.  Aturdido, me retiro balbuceando y comienzo a caminar sin rumbo por estas calles de nombres amables. Hoy tenía que salir pedaleando para Barcelos. Pero eso queda muy lejos.
    

   Cuando era niño me gustaba ir a la estación y mirar pasar los trenes. Me encantaba ver el frente de la locomotora cuando solo era un punto allá a lo lejos, y ver cómo consumía los metros a toda velocidad hasta que irrumpía en la estación con infernal estruendo. Luego la veía alejarse de la misma manera, seguida de todos aquellos vagones enormes, pesados, ruidosos, con esa lucecita roja al final que parecía despedirse de tí con un coqueto parpadeo. De entre todos los trenes siempre me llamó la atención el expreso de Lisboa. Un convoy de carrocería plateada, listada, brillante  que atravesaba el pueblo en las noches de verano. Me gustaba ver la cálida luz interior de  sus vagones donde iluminaba una sucesión de familias acomodadas y viajeros que parecía desplazarse confortable y feliz hacia aventuras y paisajes exóticos.
   

   También el tren que tengo ante mí parece sacado de aquel tiempo, de los años setenta, cuando menos. Ventanas pequeñas, colores vivos, puertas de acordeón….Parece uno de aquellos trolebuses urbanos de mi infancia.
    

     El tren se pone en marcha. Hasta Barcelos es un viaje cómodo que aprovecho para ver el paisaje portugués de maizales, frondosas, jóvenes abedules de reforestación tomándose ese tiempo largo de los árboles…Es el trayecto que debería yo de recorrer en mi bicicleta, pero los hados o los funcionarios o ambos se muestran adversos. Así que, si hay que esperar al lunes se espera. Aprovecharé el fin de semana para conocer lugares de este rincón de Portugal.
   

    Edificios de todo tipo y racimos de  viviendas sin demasiada gracia se suceden; unas veces formando poblaciones, otras son casas aisladas con un huerto. Fachadas grises de yeso o cemento sin excesivas pretensiones estéticas, edificaciones de dos plantas donde solo el azul chillón de alguna piscina infantil rompe la monotonía gris del mortero. Uno piensa irremediablemente en abuelos, en nietos, en padres que dejan a los niños para el fin de semana….Se sucede un relieve de colinas que me hace pensar que el viaje en bicicleta no habría sido un paseo del todo cómodo.
   

   La entrada en Barcelos es áspera, desagradable. Barriadas donde la gente vive en torres de pisos dan al viajero una bienvenida desangelada. Pero él ya sabe que hay que guardarse de las primeras apariencias, ya que estas ciudades provincianas suelen guardar hermosos secretos. Y así ocurre. Superado ese primer cinturón prosaico y funcional, Barcelos se manifiesta como una bonita ciudad, medieval y tranquila. Sobre todo tranquila.
   

   No resulta difícil encontrar el albergue. Bien sitúado en la zona más vieja e interesante de la ciudad.  Una chica amable me conduce a la litera. Cuando me ve cargando con las alforjas en la mano como Robert de Niro me pregunta extrañada dónde he dejado la bicicleta y respondo que ni yo mismo lo sé. Intento explicarle someramente lo sucedido y me da visibles y empáticas muestras de incredulidad. Mientras me comenta que ellos mismos tienen un servicio bastante fiable de envío de bicicletas me va mostrando el camino por escaleras y corredores. Tras una cortinilla aparece fugaz una cabeza masculina que pronuncia un “hello” para volver inmediatamente a su descanso vespertino. Lejos estaba yo de pensar que ese afable y correcto peregrino inglés iba a roncar como una motosierra.
    

   Un café, un pastel de nata…me estoy acostumbrando a no comer durante el día. Es mejor, puesto que, de otra manera, siempre vas a pie cambiado con respecto a los portugueses que también en esto suelen mostrar costumbres británicas.
   

   Salgo a callejear un poco en la tarde de Barcelos. Un niño regordito y vivaz me ofrece la mano para palmear. Me parece un buen augurio. Vagabundeo por las calles sin ganas de castillos ni iglesias. Y haberlas haylas y bien hermosas y de buena factura en esta pequeña población. Pero, si esto es el juego de la oca, como decía el móvil del estudiante de Viseu, he debido de caer en el pozo. Yo soñaba con hacer el camino en bicicleta y me veo aquí, cargando con unas alforjas como una mula. Seguro que Justino sentiría remordimientos si me viera…¿Cómo se salía del pozo? Creo que había que esperar un par de turnos, viendo jugar a los demás. Así que, eso es lo que hago. Esperar, pasear, confíar…que este estado mental se disipe con la luz de la mañana.
   

   O tal vez una buena cena : “Cabrito y ensalada de tomate”. El lugar se encuentra en un oscuro e inverosímil callejón en donde uno apenas se atrevería a penetrar de día en una ciudad que ofreciera menos confianza que ésta. Pero incluso aquí, donde la tasa de mortalidad por aburrimiento ha de ser necesariamente superior a la de todas las demás patologías unidas, da cierto reparo penetrar en ese callejón angosto cuando ya ha caído la noche. Me guían sin embargo a través de la sima  las dos luces que apenas iluminan la entrada del figón como faros en la niebla y, sobre todo, la necesidad de silenciar unas tripas amotinadas en apetito voraz. “El Escondidinho” se llama el bar de al lado y a fe que hace honor a su nombre.
    

   Es lugar agradable y también lo es la chica que atiende. El hecho de que se encuentre en un callejón tan tétrico aumenta esa sensación de calor que se siente en el interior. La cena, sin más. Ensalada de tomate y queso fresco sencilla y un cabrito intrascendente. Una comida escasamente apetitosa me hace buscar otros estímulos externos y decido prestar atención a la la tele. Parece ser que Portugal se encuentra sumido en una huelga de transporte que amenaza, entre otras cosas con colapsar el suministro de carburantes. Y el Gil Vicente, equipo del lugar, único que conozco con nombre de ciudadano de a pie, ha ganado al Porto, 2 a 1 en la primera jornada de liga.  Ni una cosa ni otra parecen preocupar ni entusiasmar demasiado a los parroquianos del establecimiento.
   

   De regreso al albergue, comienza la obertura de lo que va a ser la banda sonora de la noche. No precisamente un dulce fado. Además, me cuesta conciliar el sueño. Y es que estoy en el pozo, y en los pozos no se duerme. En los pozos se pasa frío, humedad y miedo. Intento alejar estos sombríos pensamientos centrándome en las diferentes alternativas que se abrirán ante mí cuando consiga trepar por sus paredes húmedas de verrañas y supere el brocal.
     

   Visitaré Viana do Castelho. Alguien me dijo una vez -trabajador de Correos- que era un lugar hermoso. Hablaba con verdadera devoción de ese lugar y desde entonces siempre ha estado ahí, en mi recuerdo, como un destino maravilloso. El hombre se llamaba -o lo llamaban- Ceferino, o algo así. Estaba muy mal de la visión y era uno de esos trabajadores postales cuya función no quedaba nunca excesivamente clara, más allá de soportar las bromas de sus compañeros, a menudo desagradables. Por eso dedicaba largas horas del turno de tarde a charlar con quien se terciara. Su gran preocupación era que le habían propuesto un traslado a Getafe.

    –  “Igual allí hay más ajetreo y yo….”
   –  Claro.
    

   Pero  yo no había venido a hacer turismo, yo era un cicloperegrino…pero sin mi bicicleta es como si fuera un peregrino sin piernas.. Es evidente que sigo en el pozo y ese ruido incesante ha de ser el croar de rana, sapo, batracio… gigante de descomunales pulmones ¿o las ranas no tenían pulmones ? Estoy desvariando claramente. El que si los tiene es mi vecino inglés de litera. Intento dilucidar si se puede roncar en diferentes idiomas, con acento inglés, por ejemplo. Seguro que hay algún investigador trabajando en el tema en alguna universidad, intentando descifrar si existen diferentes patrones de ronquido en función de la lengua materna del durmiente…
   

    Y tal vez, en medio de alguna de estas cavilaciones, increíblemente, caigo dormido.

jav
Participante
jav
Participante

Jamás pensé que una bici , no se muy bien en que situación (perdida ,retenida..)iba a dar tanto juego a un relato. Lejos de aburrir ,algo tan anodino como el extravío o lo que sea de una bici, cada vez nos engancha mas. La cuarta parte de la crónica me ha gustado tanto o mas que la primera. 

giant
Participante
giant
Participante

 :D    :D

No me estoy riendo de Uds. Ceferino……. pero «el viajero» me lo esta haciendo pasar genial.  Hasta pretendo ir a Barcelos…..( tasa de mortalidad por aburrimiento superoior a cualquier otra patologia….. Exquisito)
Siga, siga

slow
Moderador
slow
Moderador

Y yo que pensaba en una guía de Oporto …

A este paso del norte de Portugal…

A la bici que le den, ella se lo pierde.

????

foreveryoung
Participante
foreveryoung
Participante

giant dice:  :D    :D

No me estoy riendo de Uds. Ceferino……. pero «el viajero» me lo esta haciendo pasar genial.  Hasta pretendo ir a Barcelos…..( tasa de mortalidad por aburrimiento superoior a cualquier otra patologia….. Exquisito)
Siga, siga

…   Destino muy recomendable. Ciudad tranquila y medieval. Tienen una leyenda de un gallo muy parecida a la que se cuenta en Santo Domingo de la Calzada.

foreveryoung
Participante
foreveryoung
Participante

jav dice: Jamás pensé que una bici , no se muy bien en que situación (perdida ,retenida..)iba a dar tanto juego a un relato. Lejos de aburrir ,algo tan anodino como el extravío o lo que sea de una bici, cada vez nos engancha mas. La cuarta parte de la crónica me ha gustado tanto o mas que la primera. 

…Me alegro mucho. Gracias por animarme.

Agustin_58
Participante
Agustin_58
Participante

Sigue foreveryoung que parece que la bici se queda donde está que tú ya eres un tren-peregrino hacia Santiago.

Más palomitas que se acaban.

Viendo 7 entradas - de la 1 a la 7 (de un total de 7)
  • Debes estar registrado para responder a este debate.
Reportar un error