Rodadas. Una comunidad de cicloturismo y viajes en bicicleta
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De Oporto a Santiago: crónica del viaje cicloturista que nunca fue (II)

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  1.                                                                                                                                                                                  Miércoles, 7 de Agosto.  De oca a oca.


        Esos sinsabores recuerda el viajero cuando, sentado ya en el autobús e instaladas sus alforjas viajeras en el reducido espacio para los equpajes camino de Oporto, observa a unos niños negros jugar a su alrededor. Mira por la ventanilla el amplio vestíbulo de la estación donde se arremolinan familias, amigos, viajeros solitarios, viajeros orientales, jóvenes mochileros, individuos de aspecto poco saludable, taxistas, guardas, conductores de autocares diversos formando corrillos...toda esa grey que forma el hervidero que constituye cualquier estación de ciudad mediana en una mañana de agosto.
       

       La gente que viaja en líneas internacionales suele -solemos.- ser humilde. Y así lo es el pasaje en derredor del viajero. El horario a bordo del bus es ya portugués con lo cual se siente un poco ya en su destino. También por el habla y el tumulto exótico que le rodea por los cuatros costados ya que los niños juegan en el pasillo, en los asientos de al lado, en los de enfrente, se sientan de golpe, se encarman, saltan...por todas partes, lo que le hace sentir incómodamente inserto en el círculo de la ruidosa familia. Dos señoras voluminosas van sentadas atrás controlando la evolución de los pequeños pero sin atar en exceso. Aprietan, pero no ahogan.
      

       Arranca el autobús. Comienza el viaje hacia el inicio de otro viaje que no ha comenzado con buenos augurios. El viajero prefiere ser optimista y pensar que de alguna manera su bicicleta esperará en algún lugar,  pero  tiene bien asumido que nunca es por completo dueño de su destino. Un objeto puede ser esférico pero que ruede o no no depende en exclusiva de su forma sino que también lo determinará el medio en que es arrojado, es decir, las circunstancias. Y estas pintan de color oscuro cuando los funcionarios te son adversos.
       

       Entre estas filosofías, asumida su condición precaria de frágil ser humano al albur de innumerables avatares, el viajero inicia su periplo, sintiendo alguna suerte de libertad menor, dentro siempre de esa fatal determinación del destino. Aún así, se siente satisfecho de disponer de largas horas para mirar el paisaje. Ya casi nadie mira por la ventanilla de trenes, autobuses o aviones. Viajar se ha vuelto rutinario para la mayoría de los mortales. No así para el viajero, que disfruta viendo sucederse las diferentes geografías -aunque sean las de siempre- al otro lado del cristal. Como si se moviera por aquel mapa de sus años ya lejanos de primaria, ilustrado con fábricas, bovinas de papel, rollos de tela bien doblados, ovejas o chorizos de Cantimpalos. Ahora, además, piensa que uno puede localizar el punto concreto de la ruta en que se encuentra con solo consultar el móvil. Tal vez por eso es que la mayoría del pasaje se olvida de mirar por la ventana y prefiere la diminuta pantallita por la que asoma ese otro mundo virtual.
        

       Antes los viajes tenían otra familiaridad. Ya nadie espera que aparezca un hombre con una americana color lila, un pañuelo al cuello y un diente de oro ofreciendo a voz en grito una tira de cartas de baraja. Pero, al parecer, aún queda ese viajero inquieto, que se levanta demasiado a menudo, que camina arriba y abajo por el pasillo central y que parece entretenerse en mirar a la cara de los pasajeros con curiosidad de entomólogo. También lleva chaqueta sobre los hombros, pero no de color lila, sino blanca y ajada - brazos fuera de las mangas en pose de vividor - contrastando de forma abrupta sobre la escasa etiqueta del resto del pasaje. Es un viajero de otra época sin duda, anterior a las redes sociales. Entabla por aquí y por allá alguna pequeña conversaciòn en portugués no siempre oportuna ni deseada, sin perder media sonrisa mientras el autobús atraviesa el adusto páramo castellano.
      

        Asfalto, polvo, sudor...son los únicos compañeros de un ciclista fugaz, que va amarilleando como una avispa asiática por el trigal, perdido en la carretera o algún camino vecinal. Pueblos apiñados de casas arremolinadas en torno a campanarios motean el paisaje inhabitado, tan expuesto al sol de justicia como a los cielos más estrellados.
       

       Hace ya unos kilómetros que el tedio se ha adueñado del pasaje. Como termómetro del mismo, el descontrol con que juegan ya los niños en las butacas vacías, ya  sin límite alguno de decibelios. Alguna advertencia poco convincente  les llega de sus madres a través de mi persona, como si mi presencia fuera una suerte de plasma transparente e innecesario. Forma parte no menor de la fatiga del viaje solitario ese sentirse un medio neutro a través del cual fluyen libremente conversaciones ajenas.
       

        Llegamos a Salamanca. O mejor a una estación destartalada y gris, indigna del licenciado Vidriera. “Salamanca que enhechiza la voluntad de vivir en ella….” decía Cervantes. Pues esta estación no me enhechiza nada en absoluto. Pero toca cambiar de bus y es hora de despedirse de la bulliciosa familia que va a Lisboa. Lo hago con alivio.
       

       El nuevo autocar está lleno hasta los topes. En otros tiempos habría sido un problema encontrar el asiento del billete y, se hubiera abierto esa pugna entre el derecho a ocupar el lugar reservado y el de los viajeros más tempraneros a acomodarse según su santa gana. En los actuales, donde todo está regulado previamente por la Red, estoy seguro de encontrar mi asiento 39 sin mayor  problema. Y efectivamente, ahí se encuentra, oculto bajo las larguísimas piernas de un joven -tal vez estudiante- portugués de gafas, barba y moño de shaolín, que parece sufrir lo indecible al verme llegar con mis alforjas. Las cargo como puedo en el receptáculo superior y le condeno a incrustar las extremidades contra el asiento delantero. En una segunda revisión al billete me doy cuenta de que me corresponde a mí la ventanilla, pero lo pienso mejor, viendo que mis piernas se acomodarían malamente también a ese pequeño espacio. Y además, como dice Pessoa  “todos hemos de guardar para con los otros una amabilidad de viajero”. Y pronto empiezo a ser consciente de que ese concepto de “amabilidad de viajero” es algo muy portugués.
       

       Arranca el bus, buscando ya la frontera con Portugal por el páramo, ahora salmantino. Es hora de reponer fuerzas y el viajero saca como puede de su morral un bocadillo de tortilla, preparada hace ya unas horas y unos centenares de kilómetros. Al primer bocado, puede comprobar que va a ser tarea harto complicada habérselas con un pan que a estas alturas está ya totalmente seco. Además, el untoso contenido amenaza insistentemente con desbordar su alojamiento entre rebanadas a cada pequeño embate del vehículo. El viajero debe además vigilar al mismo tiempo el precario equilibrio de la botella de agua que ha de posar en el suelo incierto del autobús a falta de mejor cobijo. Mientras tanto, las infinitas piernas del compañero portugués amenazan con desatar el caos en cualquier momento. Se convierte así la hora del almuerzo en una sucesión de malos tragos que, cuando termina, no supone plenitud, sino alivio.
      

        La tarde está nublada, cargada, plomiza. Algo de viento agita la enorme bandera de Portugal cuando cruzamos la frontera por un puesto de aduanas fantasma donde ya nadie vigila nada. No puedo creer que nadie comparta mi emoción de cruzar la frontera.
       

       Ya estamos en el país de Pessoa, pienso. Parece que mi compañero de hacinamiento se dirige a Viseu, o esto es lo que deduzco de su conversación con el revisor, que nos va interrogando sobre nuestros destinos uno a uno, no con la solemnidad que necesitaría tan trascendental pregunta. Nunca había oído yo hablar de esa ciudad cuyo nombre resulta tan dulce, agradable, de pronunciar y de escuchar en acento portugués.
       

       En otros tiempos ya se habrían establecido conversaciones, se habrían estrechado lazos y construído familiaridades -y hasta relaciones de poder- en este habitáculo con ruedas que es el bus. Pero hoy todo el mundo va conectado a móviles, sellados los pabellones auditivos con auriculares, cableados como si fueran alimentando con su meninges algún tipo de descomunal central energética o cebando con datos el servidor de alguna corporación incorpórea. ¿Será verdad que el nuevo capitalismo extrae la riqueza de nuestra propia mente, como en una especie de fracking?
       

       Mientras especulo con estas cosas mi compañero, el licenciado piernas largas, intenta de forma infructuosa buscar acomodo, desafíar el espacio, trazar diagonales imposibles para sus desmedidas extremidades. Afuera discurre mientras tanto un paisaje acre y ocre, árido, escarpado, desabrido a fuerza de sentir sobre sus lomas los latigazos de un sol de justicia inmisericorde.
      

       Llegamos a la primera parada: Guarda, ciudad de nombre defensivo y desconfiado. Debe ser agotador tener una sola frontera y que ésta tenga que ser con un país más grande y poderoso. Seguro que esa sensación de agobio ha dejado su huella en el carácter portugués, como en mellizo crecido a la sombra de un hermano más robusto, listo y bien parecido. Seguro que resultan, como parecen, más reservados, discretos y silenciosos que sus vecinos del otro lado de la raya. Más vale. Mejor no alborotar las gallinas y despertar así la gula del vecino insaciable y leonino.
       

        Me pierdo unos minutos por la estación de Guarda. Las ganas de mear le hacen a uno descubrir lugares insospechados y, desde luego que merece la pena esta estación por su mobiliario y pasamanería de nobles maderas; dan al edificio una reciedumbre digna de otros tiempos en que el viajar era episodio de importancia vital en la biografía de las personas. Al viajar se le daba la trascendencia y la seriedad que merecía. Difícil es hoy encontrar una estación de autobús que merezca una visita como esta de Guarda. Pero nuestros viajes se han convertido en algo más trivial. Nuestros viajes ya no nos mejoran. Viajes y viajeros y estaciones absolutamente prescindibles e innecesarios por funcionales.
       

       De vuelta al autobús, compruebo con alborozo que una madre y su hija han dejado dos hermosos lugares vacíos en la fila trasera. Tomo posesión con solemnidad de conquistador portugués poniendo el pie por primera vez en una playa desconocida, mientras el vehículo arranca y  el gigante de Viseu aprovecha para estirar los miembros con indisimulado y hasta audible disfrute.
       

       Desde mi posición trasera puedo ver qué consulta en el móvil. Suelo pasar buenos ratos espiando de soslayo conversaciones o lecturas ajenas en los transportes públicos. Está leyendo un artículo, curiosamente en español,  titulado:  “ El juego de la oca, ¿un mapa encriptado de los templarios?” . Parece ser que dicho juego de mesa es una especie de guía esotérica del camino de Santiago. Me parece muy curioso.  Ocasión tendré de comprobar si es así a lo largo de las jornadas que me esperan. Tal vez incluso de visitar un pozo o una cárcel. Lo de la posada lo doy por seguro. Ya veremos. El destino es el destino, y éste es caprichoso, como el juego de la oca. Unas veces avanzas, otras caes en un pozo profundo donde te ves abocado a pasar largas jornadas con la sola compañía de un lagarto....Otras veces, retrocedes sin más, como expelido por fuerza invisible. De momentos de euforia y desánimo profundo está empedrado el tablero. Y de empedramientos saben mucho los portugueses.
        

       Una vez más, monotonía de autopista bajo el cielo cubierto, empedrado, que es lo que sigue hasta Viseu. Allí se apea mi amigo de las piernas largas y moño de shaolín. Todavía resta una última estación, Aveiro. La ciudad parece hermosa, surcada por canales como una Venecia modesta. La estación decepciona una vez más, integrada como está en un área de servicios de esas que en realidad no pertenecen a ningún lugar concreto, sino más bien a ese cinturón a modo de cilicio que rodea el planeta como una densa cota de malla hecha de asfalto y farolas. Sólo alcanzo a ver talleres, paneles, carreteras, solares vacíos que florecerán en septiembre con la hierba de la pampa, grandes anuncios sostenidos con estructuras metálicas,  garajes y parques comerciales en esta parte de la Venecia portuguesa. Reanudamos el viaje y volvemos a deslizarnos por esos hilos de la red universal llamados autopistas.
       

       Oporto también me recibe vestido de gris y de llovizna. La tarde avanzada suele ser mal momento para llegar a una gran ciudad desconocida. A esas horas en que se aproxima la noche - hecha para merodear o andar sigilosamente- parece que la desconfianza pesa más sobre el ánimo de las gentes que llegan y las que te han de recibir. La mañana es otra cosa, sobre todo si es de verano. La gente parece más bondadosa y acogedora por la mañana. Pero a estas horas a uno se le encoge un tanto el ánimo, viendo discurrir al otro lado del cristal tanto rostro nuevo, tanta vida ajena... Y la magnitud de esos mundos sobrecoge y pone cierto pesar en el alma. Empiezas a temer que las cosas no salgan. Que no encuentres el  hotel, que te roben nada más desembarcar como a un personaje infantil de Dickens. Que no encuentres tu bicicleta.... Sin embargo la experiencia te dice que, superado ese primer agobio, las cosas suelen mejorar y que las ciudades grandes y extrañas suelen ser como esas personas de corazón de cemento que, una vez superado el obstáculo de la coraza que las separa, empiezan a mostrar su aspecto más amable. Pero esos abismos han de ser superados a la luz de la mañana.
       

       Y sin embargo a estas horas también parecen amables los portugueses. Y también serenos y correctos y humildes. Tienden a la elegancia en el vestir -traje, corbata...esas cosas- pero a veces a esas prendas les falta un poco de brillo o pueden estar algo ajadas. Caballerosa humildad parece ser su rasgo distintivo. Y un concepto del tiempo más laxo. “Obrigado” parece ser una palabra excesivamente larga para simplemente dar las gracias. Ellos no tienen, sin embargo, inconveniente en prolongarla:  “obrigaaaaadoooo…”  Estas cosas vienen a mi mente mientras subo por la rua de la Alegría, cargado con mis pesadas alforjas bicicleteras. Por suerte cuentan con una asa que permite llevarlas como si fuera una bolsa, pero aún así, pesan lo suyo y hay que cambiar de mano frecuentemente.
       

       El hotel es también un poco como ellos. Con pretensiones de elegancia pero aspecto decadente en cuanto se profundiza un poco en la mirada. Por fuera, una horrible torre de apartamentos. Mi habitación está en la planta 11. El número once, las alturas...de un edificio funcional y colmenero seguramente diseñado para gentes trabajadoras.  Me recibe con esa amabilidad de viajero un señor que andará por los sesenta, con aspecto de profesor de instituto. Con esos mismos modales me sitúa en el camino de un ascensor que más que subir se proyecta con velocidad inusitada hacia las alturas como un Apolo XI. Me vuelven a la cabeza imágenes de torres gemelas, naves perdidas en el espacio exterior  y películas de desastres.
       

       La habitación es de una sencillez enternecedora y enmoquetada. No me suele sentar bien ese ambiente excesivamente alfombrado  y pronto empiezo a notar cierto principio de asma que desaparece, eso sí, cuando me asomo a la ventana para disfrutar de una vista espectacular de Oporto bajo una lluvia fresca, fina y crepuscular que borra los contornos como en un cuadro impresionista. Es el lujo de pernoctar en un undécimo piso de un edificio construído sobre un colina.

       La noche del misterio va cayendo sobre mí y sobre la ciudad cuando deposito con alivio sobre el enmoquetado piso las pesadas alforjas de la bici. Tras un pequeño descanso decido que es hora de cenar y el amable recepcionista me informa de que en la misma calle hay varios lugares donde se puede hacer la última comida del día. Será bendición, después de los bocadillos medio secos que he tenido que engullir en el escaso espacio que permitían las larguísimas piernas del portugues de Visau. El lugar está lleno de gente. Buena señal. De la carta, llama mi atención el chorizo portugués y un “bacalhao a la lagareira”. Una buena cena cuando se tiene hambre  - "la hambre es la mejor de las salsas", decía Don Quijote- ayuda siempre a disipar las últimas nieblas que pesan sobre el ánimo.


    (Continuará...)

    Publicado hace 7 meses #

  2. Publicado hace 7 meses #
  3. Vivir lo que has vivido y relatarlo como lo has hecho solo tiene para mí un comentario....

    Chapeau

    A alguno de los personajes solo les falta un sombrero para transportarnos a otros tiempos

    Publicado hace 7 meses #
  4. slow dice: Vivir lo que has vivido y relatarlo como lo has hecho solo tiene para mí un comentario....

    Chapeau

    A alguno de los personajes solo les falta un sombrero para transportarnos a otros tiempos
       .

    ...

                 Gracias, compañero.

    Publicado hace 7 meses #
  5. Es un placer leer relatos que mezclan el viaje y las vivencias de una manera novelada.

    Me quedo a la espera del capítulo 3 releyendo este último y sacándole punta

    Publicado hace 7 meses #
  6. Me encanta el relato, pero esto no me cuadra:

    Llegamos a Salamanca. O mejor a una estación destartalada y gris, indigna.

    ¿destartalada?
    Estación limpia, los urinarios más limpios que he visto, un buen bar, puedes esperar enfrente del autobús protegido por cristaleras, etc.
    La información en las pantallas una maravilla.
    Si dieras una vuelta por la de Burgos, Valladolid, Mérida... ibas a saber lo que son estaciones indignas.

    Publicado hace 7 meses #
  7. elpayense dice: Me encanta el relato, pero esto no me cuadra:

    Llegamos a Salamanca. O mejor a una estación destartalada y gris, indigna.

    ¿destartalada?
    Estación limpia, los urinarios más limpios que he visto, un buen bar, puedes esperar enfrente del autobús protegido por cristaleras, etc.
    La información en las pantallas una maravilla.
    Si dieras una vuelta por la de Burgos, Valladolid, Mérida... ibas a saber lo que son estaciones indignas.

    ...

        Puede ser que haya mejorado....

    Publicado hace 7 meses #
  8. Es un viaje novelado.

    Algunas licencias se puede tomar el autor ...

    He visto en redes que hay quien dice que se habia reformado

    Hay quien dice que los aseos están bien y hay quien dice lo contrario...

    Para mí lo importante es el viaje, la narración y la información que pueda aportar.

    Publicado hace 7 meses #
  9. slow dice: Es un viaje novelado.

    Algunas licencias se puede tomar el autor ...

    He visto en redes que hay quien dice que se habia reformado

    Hay quien dice que los aseos están bien y hay quien dice lo contrario...

    Para mí lo importante es el viaje, la narración y la información que pueda aportar.

    ...Por supuesto que si tu mismo lo dices, Información pero que sea cierta.

    Publicado hace 7 meses #
  10. Este relato del viaje se merece preparar palomitas para la próxima entrega del Continuará...


    Sigue, sigue, que se está poniendo interesante y a todo esto aún no sabemos nada de la bici, si está en Oporto o se ha vuelto para casa, yo no podría dormir, la verdad.


    Dios creó la cerveza, el diablo la Coca-Cola.
    Publicado hace 7 meses #