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AVENTURA EN MARRUECOS. Del desierto a las montañas.

  1. No te las sube porque son muy grandes, busca algo para reducir la resolución de pixels, hasta con el paint se puede hacer

    Publicado hace 2 meses #
  2. DÍA 9. KHENIFRA - LAC OUIOOUANE (55,00 kms).

    Khenifra, como parece ser habitual en los pueblos y pequeñas ciudades de Marruecos, despierta despacio, sin prisas y no demasiado temprano. El bullicio de la tarde anterior ha desaparecido y por la mañana casi no hay tráfico en las calles. Los puestos callejeros aún no han abierto y los cafés que sí lo han hecho están casi vacíos.

    La enorme tormenta que pasó anoche descargó decenas de rayos sobre esta zona, dejando las carreteras encharcadas y pillándome en mitad de un paseo por la ciudad. No voy a decir como quedaron mis ropas porque debería ser evidente, tan solo añadir que la habitación del pequeño hotel parecía un tendedero encharcado.

    Nos aprovisionamos en un gran supermercado moderno, de una marca muy conocida con nombre francés. Se nos hace raro comprar aquí. Después de todo, es la primera superficie de este tipo que vemos desde que salimos de Ouarzazate. Son las nueve de la mañana y soy el único cliente.

    Tras la compra, tomamos rumbo norte desde un primer momento por una pista de tierra en subida que, según el mapa, debería ser una carretera secundaria asfaltada. Aún así podemos circular por ella sin problemas ya que, a pesar de estar encharcada, el firme no está en demasiado mal estado.  La subida va alternando tramos empinados y suaves, pero contínua, sin a penas descanso para nuestras piernas, una de las cuales, como ya he dicho, llevo bastante tocada. 

    Llega el momento inevitable de pasar por varias zonas donde se ha acumulado barro y acabamos con mucho barro en bicis y ropas. Más aspecto aventurero, ¿no?. Pues sí, pero es un incordio cuando el barro se mete por todas partes, en los frenos, entre la rueda y el guardabarros, en los desviadores y la cadena, etc. Todo esto hace que ruidos incómodos y chirriantes comiencen a aparecer y el pedaleo se hace molesto. No queda otra que parar en algún charco con agua mas clara e intentar limpiar, en la medida de lo posible, el pegajoso barro.

    Nos parecen lejanos los primeros días, donde el desierto y los extensos pedregales dominaban la vista hacia los cuatro puntos cardinales. Ahora manda el verde de los prados, los árboles —entre los que abundan los olivos—, las flores y el olor al aceite recién elaborado en las almazaras.

    Y seguimos subiendo cuando nos cae algún chubasco matutino al alcanzar el río Oum, el mismo río que debemos seguir para llegar a su nacimiento, primer objetivo del día. Unos lugareños que se refugiaban del frío y la llovizna en un tenderete hecho de maderas y cañas se están calentando en una pequeña hoguera hecha en un cubo de metal. Nos invitan a pasar a descansar y calentarnos y lo hacemos con el agradecimiento del viajero cansado. Nos viene bien el descanso y la especie de conversación con nuestros anfitriones. Y digo especie, porque solo hablan la lengua bereber y solo logramos comunicarnos con gestos. Aún así nos invitan a té con “naná” —menta— que rechazo con toda el agradecimiento posible pues por estos lares no es de muy buena educación rechazar un té.

    Partimos dejando atrás el calor de la hoguera y la calidez de nuestros anfitriones sin saber que lo peor está aún por llegar.

    Por el camino, una carretera estrecha y poco transitada, una mujer sentada a la orilla de la misma vende esas tortas redondas del típico pan marroquí. Aprovecho para parar y comprar uno al precio de un dirham. Le doy un dirham y medio que llevaba suelto, pensando en las horas que pasará allí esa mujer desde que hace el pan y logra venderlo. Este pan lo hacen en unos pequeños hornos semiesféricos, construidos de barro en el mismo suelo. El pan es blando, sabroso y esponjoso y, lo mejor de todo, exento de productos químicos de“mierda”. 

    La pendiente va haciéndose más empinada y dura y comienza a parecerme interminable, hasta que por fin llegamos a las fuentes del Oum Rbia. El lugar en precioso. Con cascadas y una laguna donde apetecería bañarse si no fuera por el frío. Por todas partes hay puestos y tenderetes de cañas y madera donde “espontáneos” algo pesados, te ofrecen insistentemente tajines y cuz-cuz. Hay muchos turistas marroquíes y algunos extranjeros y, ya se sabe, allí donde hay turistas, hay voluntariosos guías dispuestos a llevarte al puesto que más les interese para que gasten su dinero.

    De repente, comienza a llover. A diluviar diría yo. Conseguimos refugiarnos en uno de esos cañizos vacíos durante un rato. Antes de irnos del pueblo entramos en un bar. No tiene cartel y desde fuera parece tan solo un garaje. El interior es amplio, viejo, sucio y oscuro, con desconchones  y manchas de humedad en las paredes y techos. Las sillas  son las típicas de plástico de las terrazas turísticas, cada cual de diferente color a las que le han pegado un trozo de goma espuma sucia para hacerlas más mullidas y “cómodas”. Las mesas se reparten de forma caótica por todo el espacioso local y tres filas de bancos alargados de hierro y madera, como los de una iglesia antigua, se alinean frente a una enorme pantalla plana de la que salen  multitud de cables que cuelgan por la pared hasta el enchufe más cercano. En este televisor, la liga de futbol española se interrumpe cada dos por tres, quedando la pantalla negra por unos minutos hasta que vuelve la imagen. En una esquina, una estufa metálica y cilíndrica, con una pequeña portezuela lateral, de las que ya hemos visto muchas, quema madera lentamente calentando el lugar. La chimenea es un tubo metálico que sale a través de la pared al exterior. Calentándose encima de la estufa, hay una tetera plateada.

    Esta imagen podría ser desagradable si no fuera por como contrasta con la amabilidad y atención que nos prodiga el dueño, que nos sirve unos exquisitos cafés con leche y nos da conversación en nuestro escaso inglés, haciéndonos olvidar el mal aspecto de su negocio. Nos cuenta que estudió tres años inglés en Fez pero que no le sirve de mucho porque la mayoría de los turistas extranjeros que pasan por allí son franceses.

    Continuamos nuestro ascenso tan largo y duro que me veo  obligado nuevamente a hacer algunos tramos a pie.  Cada vez que la subida parece que va a terminar detrás de una curva, me llevo un desengaño, pues la pendiente continúa detrás de cada una de ellas. Me exaspera repetir la misma escena una y otra vez. No hay descanso y hoy tengo que hacer uso de toda mi energía mental para continuar puesto que ya las físicas están demasiado mermadas para fiarme de ellas. La lluvia comenzó a caer de nuevo sobre nosotros hace ya una hora y me siento calado a pesar de  ir enfundado en ropa impermeable. Tengo frío y noto calambres ante lo que decido parar, aún bajo la lluvia para comer un plátano y un par de galletas. Un poco de potasio me vendrá bien. No puedo resistirme a dar un trocito a dos perros que se acercan.

    Continuo a pesar del intenso dolor en la rodilla. En mi ascenso veo hombres, mujeres y niños en los campos, empapados por la lluvia, con ropas de algodón o lana, realizando sus obligaciones y quehaceres, como si la lluvia y el frío no fuera con ellos y me digo a mi mismo que no puedo quejarme de esto que estoy haciendo por gusto. Ahí están ellos, con la azada, arando la tierra, cocinando el pan en los pequeños hornos de barro o trayendo agua del río en grandes garrafas de plástico naranja; y ahí están, como decía sin quejas, día a día, haga el tiempo que haga, haciendo lo que deben hacer y me pregunto cuales serán sus sueños, sus anhelos mientras yo disfruto de este viaje, que en ocasiones se me hace duro, por el puro placer de disfrutarlo.

    Con estos pensamientos llego por fin al lago Ouiouane. No es muy grande, de aguas oscuras y rodeado de árboles variados. El albergue se encuentra sobre una ladera a escasos metros del lago y las vistas de este desde el mismo es privilegiada. La propietaria nos facilita una manguera para limpiar nuestras bicis y alforjas de todo el barro que han acumulado. No obstante es el alojamiento más limpio y confortable de todos en los que hemos estado hasta ahora y la atención y amabilidad de la dueña sumadas a una buena ducha caliente, me ayudan a recuperar la moral debilitada en este ascenso. Han sido unos escasos 55 kilómetros pero, sobretodo, los últimos 20 han sido realmente extenuantes, fríos y desmoralizadores.

    El resto de la tarde me lo paso relajado, en un confortable salón cubierto de alfombras, mientras la leña arde en una de esas maravillosas estufas cilíndricas, preparando la ruta que seguiremos al día siguiente si la rodilla me lo permite, mientras escribo estas letras.



    Publicado hace 1 mes #



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