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AVENTURA EN MARRUECOS. Del desierto a las montañas.

  1. DÍA 1. MADRID - OUARZAZATE

    Es curioso como los planes van cambiando según los vas planeando y, la mayoría de las veces, el resultado no tiene mucho que ver con la idea primigenia. En esta caso el plan era empezar en Tánger en solitario y bajar hasta Marrakech y al final empezamos en Ouarzazate y llegamos hasta Fez y además acompañado. Al menos el país es el mismo: Marruecos.
    Mi primer encuentro con Cristóbal fue comedido, ambos contactamos por esta web y hablamos de nuestros estilos de viaje y de las cosas en que podíamos coincidir o en las que podríamos chocar; no obstante comenzar un viaje con alguien totalmente desconocido puede ser un verdadero fracaso. Así que sin compromiso alguno de permanencia, nos encontramos en el aeropuerto de Madrid-Barajas para comenzar este viaje juntos sin saber ninguno de los dos si lo acabaríamos también juntos.
    El vuelo se hizo corto y la llegada a Ouarzazate sin problemas. Aproximadamente una hora en el control de pasaportes y, tras inspeccionarme uno de los bultos con mucho interés, pues el guardia de aduanas pensaba que llevaba un dron (equipo éste, prohibido en Marruecos), logré por fin en orar en el país. Eso si, he de decir que la corrección del guardia fue exquisita.

    Llaman a Ouarzazate la ciudad de "las puertas del desierto", debido a que por ella pasaban antiguamente muchas caravanas de comerciantes provenientes del desierto, en dirección a las ciudades más importantes de Marruecos. Pero para ser "las puertas del desierto", Ouarzazate nos recibe con lluvia. Refugiados bajo unas pequeñas carpas a la salida del aeropuerto nos dedicamos a montar las bicis. A Cristóbal le llega un eje de la rueda torcido, pero que podemos enderezar sin demasiadas complicaciones. Ese día nos da para poco más que buscar un alojamiento, dar un paseo por la ciudad y tomar nuestro primer té a la menta y cenar un buen tajín de verduras o un cuscús.

    DÍA 2. OUARZAZATE - KELAAT M'GOUNA
    El segundo día, o primero de pedaleo. Por un lado empiezo con la emoción de la nueva aventura, esa sensación contenida de semanas o meses pensando en este viaje, planeando, leyendo, preparando material y eligiendo rutas que tan importante es para mantener nuestra mente ocupada y no rendirnos a la ansiedad de no estar viajando. Sin embargo, reconozco que me siento algo cohibido por las enormes diferencias que ya, nada más llegar, encuentro con mi país. Aún así, me gusta. Me agrada esa sensación de que no todo es igual, de que hay tantas cosas por aprender, por descubrir; tantas cosas diferentes dentro de todo lo que nos asemeja. Los pueblos por los que pasamos son tranquilos y apacibles por las mañanas, pero conforme va entrando la tarde, poco a poco se van convirtiendo en centros de una actividad frenética, donde circular por la calle se convierte en un sálvese quién pueda entre ciclomotores, bicicletas, turismos, especies de tus tus, camiones e infinidad de taxis; pero también carros de tracción animal, de los cuales no siempre tiran mulas o burros sino, a veces, sus propios dueños. Aquí no abundan los grandes supermercados, ni las extensas superficies cerradas de tiendas y centros comerciales sino un montón de "epiceries" (pequeñas tiendas) que surgen en cualquier parte, donde puedes encontrar una gran variedad de productos expuestos (o no) sin orden aparente. Pero no te preocupes si lo que buscas no está ene esa tienda, en seguida aparecerá corriendo el vecino de otra tienda y te traerá o te conducirá hasta lo que buscas, repitiéndose esta especie de ritual hasta que hayas conseguido lo que buscabas o, en su defecto, algo muy parecido. 

    El cambio de Ouarzazate a Skoura es grande. Skoura no aparenta ser un lugar para turistas. Como mucho pasaran por allí sin pena ni gloria o se alojaran alguna noche en alguna de las casbas convertidas en albergues. Es un oasis de miles y miles de palmeras y decenas de casas, la mayoría en ruinas, donde las calles sin asfaltar se llenan de barro cuando llueve o se convierten en verdaderas polvaredas los días más secos. 
    Hacemos una parada en un café, con solo algunas personas locales allí sentados, sin prisas. Debemos colocarnos una mesa y sillas de las que se hallan apiladas para poder sentarnos y disfrutar de un nuevo té. Las tiendas que llenan toda la calle principal, son como pequeños almacenes con viejos carteles los unos o sin ningún tipo de publicidad los otros, que varías desde "boucheries" (carnicerías), con sus piezas de carne colgando sin protección ni refrigeración alguna, hasta talleres en los que parecen arreglarse lo que hiciera falta. Los puestos de frutas, de dulces, de baratijas y de toda clase de productos, nuevos o usados; las panaderías, los cafés y otros tantos, rellenan el resto. Algunos de estos puestos o locales parecen totalmente abandonados hasta que te acercas a ellos, momento en el cual, sin saber casi de donde, aparece alguien y te atiende esperando hacer un buen negocio.
    Es domingo y durante la jornada de ruta vemos extrañados que en cada pueblo y aldea aparecen por cada esquina niños y adolescentes por doquier. Sin duda es una país con una gran población joven, con pocos recursos y, seguramente con una forma de ver la vida totalmente diferente a la nuestra. Nos enteramos más tarde que el Gobierno de Marruecos ha adoptado el sistema europeo, por lo que declara que los domingos son festivos, pero en realidad, solo se hace efectivo en organismos oficiales, escuelas y bancos.
    Tenemos algunos encuentros e incidencias, entre ellos un pinchazo, y el vadeo de una riada que sobrepasaba con fuerza la carretera. Tras valorar la situación determinamos que el agua llevaba suficiente fuerza como para poder hacernos caer y arrastrarnos, así que paramos a una furgoneta Pickup que sin pensarse dos vedles nuestra solicitud de ayuda, nos subió las bicis a y nosotros mismo encima y nos cruzó amablemente.

    Llegamos tras 92 kilómetros a Kelaat M'Gouna. Una ciudad de unos 11.000 habitantes que nos recibe con bellísimas vistas Del Valle, con una imponente casa presidiendo el fondo de unos acantilados. La ciudad se encaja en en El Valle y poco a poco te adentras en ella hasta que, sin darte cuenta, te encuentras en el centro, algo más moderno pero que recuerdo a Skoura en su forma de funcionar. Hay que andarse con cuidado y vigilar al circular o cruzar las calles. Los carros de vendedores con sus mercancías ocupan algunas calles; la gente va de un lado para otro mezclándose con los vehículos, pero no pasa inadvertida la cantidad de gente, sobretodo hombres, parados en cualquier sitio, aparentemente sin hacer nada o simplemente fumando o tomando té.

    Los hoteles con suntuosos nombres tales como "Hotel Grand Atlas", "Hotel Royal", etc, no son más que vetustos edificios, sucios y mas cuidados que alojan a quién quiera por unos pocos dirhams. Cuchitriles, que los llamaríamos aquí que, sin embargo, contrastan con la amabilidad de sus encargados o recepcionistas y con el empeño, eso si, de que no falte ni un solo dato en el registro de la ficha de policía.
    Después de un día largo y tantos kilómetros recorridos, lo único que queremos es comer y descansar y poco nos importan las características de nuestro alojamiento de esta noche.

    Publicado hace 1 semana #
  2. Lo siento he intentado poner fotos pero ha sido imposible...

    Publicado hace 1 semana #
  3. DÍA 3. KELAAT M'GOUNA - TINGHIR

    Estoy cansado. Las piernas se quejan y las noto pesadas. Más de 50 kilómetros luchando contra el viento no se lo deseo a nadie. Esto fue lo que sufrimos nada más abandonar Kelaat M'Gouna, ciudad situada a las puertas Del Valle de las Rosas, lugar donde se cultiva la rosa damascena o damasquina, una rosa muy resistente al frío y a la sequía, características que la hacen idónea para que se cultive en todo el valle.  Con esta rosa se fabrican jabones, cosméticos y el agua de rosas, que se usa a su vez para crear diferentes perfumes. Enfilamos la carretera dirección a Boulmane Dadés, por donde seguimos disfrutando de las vistas de las construcciones de adobe, las casbas y las zonas verdes de regadío que nos distraen la vista mientras rodamos. Los niños continúan saliendo aquí y allá de cualquier parte y uno no puede dejar de preguntarse porqué no están en las escuelas o qué horarios tienen estas, cuando los ves pululando durante toda la mañana.
    En Boulmane, sobre la parte alta de la ciudad, las vistas son magníficas. El verde valle se encaja entre las montañas rojas y los acantilados rocosos que me hacen rememorar películas de desiertos y oasis, como si yo fuera uno de sus actores.
    Pero el placer acabaría pronto. Cuando salimos de la ciudad, de repente nos encontramos en una extensa meseta desértica, despoblada y pedregosa, sin horizontes definidos. La carretera es recta, larga, interminable; rodeada de... de desierto. Solo algún pastor con su rebaño de cabras se divisa en el paisaje lejano de vez en cuando. A nuestra derecha, montañas rojizas y más allá las cumbre nevadas del Alto Atlas. A la izquierda, unas montañas más bajas y negruzcas del Jabel Saghro difuminadas entre la calma. Todo sería más agradable si no fuera por el fuerte y frío viento que sopla en contra. Sin la protección de la vegetación de los valles más fértiles o de las montañas mas cercanas, aquélla meseta erosionada donde el viento me va quemando la cara, se va convirtiendo metro a metro en un reto demasiado extenuante como para poder disfrutar al 100%. Aún así, me gusta y estoy contento de estar aquí. No lo cambiaría por casi nada... bueno sí, si hay algo que empiezo a pensar que si cambiaría: el peso de mis alforjas. No puedo creerme que me haya pasado de peso otra vez, tal y como me pasó en mi anterior viaje. Tomo nota mental para el próximo. No puedo, ni deseo cometer nuevamente ese error.
    A duras penas llego a Tinghir, tras 73 kilómetros de ruta extenuante, sobre todo los últimos 53. encontramos un hotelucho barato (7 euros la noche), bien ubicado, y al bajar de la bici empiezo a sentirme mal. Son los síntomas de una "pájara" chunga y antes de que empeore, me siento a la sombra, bastante mareado. Algo de chocolate y agua, y un pequeño descanso hace que me sienta mucho mejor 20 minutos más tarde. Sin embargo, el aviso es importante. Debo ir con cuidado, pues si bien las dos etapas se han alargado bastante, son las de menor desnivel. Por delante aún nos queda unas ascensiones importantes hasta los 2700 metros antes de llegar a Agoudal.
    El día termina con una visita al concurrido zoco de Tinghir. Una curiosa visita donde todo se vende y se compra, ya sea nuevo o viejo, usado o super usado, roto o reparado, fresco y no tan fresco; fruta, verduras, carnes, ropa, herramientas, electrodomésticos, vistas de casetes, deuvedés, copas, vasos, teteras, cafeteras, sillas, tornillos, neveras, alfombras, cortinas, dulces, pan, móviles, baratijas, carteras, bolsos... de todo lo que puedas imaginar se compra, se vende o se intercambia.
    La cena en Tinghir la hacemos en un lugar privilegiado, con vistas a casi toda la ciudad. donde disfrutamos del atardecer antes de empezar a subir a las montañas.

    Publicado hace 1 semana #



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