Rodadas. Una comunidad de cicloturismo y viajes en bicicleta
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Dejando atrás la ciudad entre otra vez en la tierra de los campesinos en la que se podía apreciar cierta modernidad en las plantaciones respecto a las que había visto anteriormente en el país. Las maquinas cosechadoras eran cada vez mas grandes y había bastantes plantaciones de manzanas y otros frutales en formación de hilera para su recolección semiautomática. En mi descasco se mediodía me tumbé bajo la sombra de un pequeño árbol mientras degustaba un rico bocadillo de atún en lata. La carretera por la que había llegado estaba desierta hasta que vi como una gran hilera de coches se acercaba desde la colina cercana. Me arrimé curioso al borde de la carretera para ver lo que sucedía y la visión de un carro fúnebre con la hilera de coches a sus espaldas aclaro la situación y apagó la sonrisa de mi descanso de mediodía. Un carro fúnebre es lo que vi literalmente, en el cual había unas ocho personas sentadas alrededor del ataúd y un pequeño tractor tiraba despacito hacía el lugar de descanso del campesino fallecido. Una vez reanudada la marcha vi que todos estaban reunidos unos kilómetros más adelante en una bonita casa blanca para darle el último adiós. La inesperada aparición de la muerte en mi camino me dio pié a pensar en ello, aunque más tarde decidí que era un tema demasiado trascendental como para compaginarlo con la conducción de la bicicleta cargada de trastos. Lo que si empecé es a fijarme en las lapidas que en los bordes de las carreteras marcaban el lugar donde falleció Vladimir, Ivan o Sasa. Un escalofrío recorrió mi cuerpo cuando me di cuenta de que había algunas lapidas dobles donde aparecía una imagen del difunto con su nombre y la fecha de fallecimiento, y a su lado la imagen y el nombre de su pareja, aún sin fecha de fallecimiento. Parecía una invitación a morir!

Mis pensamientos sobre la vida y la muerte se difuminaron con el caos que reinaba en la diudad de Смедеревска Паланка (Smederevska Palanka) donde la carretera principal estaba cerrada a causa de un mercadillo, que al final resultó ser un mercado-concierto-fiestas del pueblo que obligaba a todos los coches y a mí a circular por caminos entre huertas donde no cabían dos coches, aunque la policía se empeñaba en convertirlo en una autopista de dos sentidos. Me tentó la idea de entra al la ciudad para ver por dentro como son unas fiestas en Serbia, pero sólo imaginarme tener que estar empujando a la gente y pidiendo perdón cada dos segundos para que me dejaran pasar con la bici hizo que mis piernas pedalearan solas en dirección opuesta. Tras unos días pedaleando solo, volver a la civilización me tienta pero no por mucho tiempo. Además estaba cerca de Belgrado y quería llegar el día siguiente, así que a pedalear.

El día parecía haber llegado a su fin cuando una parada en un pequeño supermercado para saciar mi hambre de algo salado me introdujo en una conversación con un grupo de serbios jubilados. Me invitaron a un refresco para que me quedara un rato a hablar con ellos y a continuación me bombardearon a preguntas en correctísimo serbio. Entre gestos y algún que otro grito (por si no me oían bien) les conté de donde venía y a donde me dirigía. Al decirles que empecé el viaje desde Grecia pero que no era griego, se hicieron un lío y uno de ellos me pidió el pasaporte. Yo se lo enseñé para aclarar el asunto que nos tenía entretenidos un buen rato. El señor miro mi procedencia, comparó la foto del documento en el que siempre salgo con cara de ‘sospechoso de algo’ con mi cara real y empezó a mirar los sellos de las fronteras que había pasado. Sus compañeros de tarde empezaron a chismorrear por lo bajo, que yo interprete como un ‘ya está el ex-policía este (o ex-militar) controlando a la gente’. El ambiente se puso raro y tras agradecerles el trago con un ‘hvala’ me dispuse a continuar la pedalada cuando unos de los señores se me acerco con cara de tener que decir algo importante. Me señalo una camioneta y me dijo que me llevaría en él con la bici en la parte trasera del vehículo. Agradeciéndole mucho la ayuda ofrecida le dije que no y seguí mi camino hacia algún prado que me esperaba como hotel de lujo no muy lejos de allí. Caras de incomprensión es lo que dejé en aquel supermercado por preferir seguir por aquella carretera sube-baja en bici y no en la comodidad de una vieja camioneta.

Una pregunta que se repetía muy frecuentemente en mis encuentros con los Serbios era ‘cuanto dinero cuesta tu bici?’ Al principio pensaba que me lo preguntaban para intentar hacer algún trato con migo, pero luego me dí cuenta que era por pura curiosidad, para decir ‘uaaauu esa bici vale nosecuanto dinero’. Nunca les decía una cantidad, por una parte por miedo a que si les decía un número elevado sus ojos se hincharan de envidia y malos pensamientos afloraran en sus mentes (cosa poco probable pues en todo momento comprobé que son muy respetuosos), y por otra porque no sabía cuanto decirles. La bici se la compre a Fra, el cocinero de La Drogheria que era el local donde trabajé en Torino, por 100 euros, pero luego lo modifiqué de arriba abajo para prepararlo para el viaje, por lo que no tenía ni idea de cuanto costaba la bici.

Para el último día antes de llegar a la próxima gran ciudad que en este caso sería Belgrado preparé una etapa corta, pues quería estar bastante ‘fresco’ para tener todos mis sentidos en funcionamiento en el caos urbano. Por la mañana me desperté con la agradable sorpresa de que la tienda de campaña estaba completamente seca por la calida brisa mañanera y eso me alegro el día para tomarme con humor el tráfico que iba a encontrar de camino. Rumbo norte, cerca de Смедерево (Smederevo) una ciudad que fue capital de Serbia por un tiempo, tuve ante mis ojos el primer gran cambio de paisaje que pude disfrutar durante el viaje. Desde que emprendí el viaje en la costa griega pedaleé cuesta arriba y cuesta abajo probando todos los desarrollos de mi bicicleta a lo largo de la península de los Balcanes. En aquel momento en cambio mis ojos me mostraban un paisaje que era todo un placer para mis piernas. Ese paisaje se llama Llanura Panónica y es la gran planicie que ocupa una gran parte de Europa central. Según los geólogos aquel lugar era un mar llamado Mar Panonio pero se secó hace ya unos 3-5 millones de años y lo que quedó fue un lugar óptimo para el cultivo. Atravesando las últimas colinas llegué a la línea que separa en aquel punto la Península Balcánica de la extensa llanura, y no es otro que el majestuoso río Danubio. Cada vez que veo este gran río, mi mente empieza a imaginar las miles de historias que han vivido sus orillas, pero un camión pasando demasiado cerca de mi casa rodante me devolvió al mundo real y decidí que ya reflexionaría tranquilamente sentado en la orilla del río cuando llegase a la ciudad.

Antes de embarcarme en la constante (y a veces aburrida) planicie, deje fluir mi adrenalina en una nuevísima y ancha carretera de gran pendiente, donde alcancé la velocidad en la que te empiezas a preguntar si los cierres de las ruedas están bien cerrados, si las alforjas están bien sujetas y si los tacos de los frenos todavía funcionan correctamente. Según me acercaba a la capital de Serbia con el Danubio vigilante a mi derecha el tráfico iba aumentando más y más y decidí tomarme un descanso antes de estar rodeado completamente por asfalto, casas y farolas. Junto a la carretera se encuentran un montón de panaderías, pastelerías y pequeños supermercados que funcionan a modo de área de servicio de las autopistas, que hacen las delicias de los hambrientos conductores y una tortura para gente tan golosa como yo. En una de mis frecuentes paradas a una pastelería unos chavales se acercaron a mi para preguntarme de donde venía. Les encanto mi bici y les hizo mucha gracia que tuviera tantos bultos como las bacas de algunos de los coches que se encontraban aparcados en los alrededores. El mas joven, de unos 14 años me pidió que le dejara probar la bici, cosa que me pareció estúpida pues era como una perdiz, mucho hueso y poca carne, pero luego me imagine que podía ser yo mismo unos cuantos años atrás pidiéndole a un señor que me dejara probar su bici, asíque cedí. Tras un par de pedaladas balanceándose, cogió el truco a la bici y empezó a recorrer el parking con soltura. Se empezó a emocionar y a alejarse hasta que le perdí de vista detrás de un edificio. Mi sonrisa inicial empezó a ser cada vez menos natural y mire a los ojos a su amigo como diciéndole ‘mira chaval, como tu amigo no vuelva con mi bici, olvídate de ver a tu mama hasta que me digas donde leches está’. Un minuto mas tarde apareció el enano cantando de la felicidad y lo paré a tiempo pues se dirigía ha hacer una parada de emergencia contra un mostrador. El panadero empezó a reírse mientras me entregaba la especie de focaccia con espinacas que le había pedido. Por lo visto a todos les había echo gracia menos a mí.

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