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Había diluviado por la noche y me hizo sentir como en casa. Sentir ese frescor y tener que abrigarte fue un placer. Viento y lluvia, naturaleza en estado puro.

Había estado jugando con un niño que lo único que tenía para jugar en ese lugar era un simple palo. Me despedí de él e inicié la marcha a por el decimosexto pais. Llegué a la frontera entre Camboya y Laos y allí me quedé esperando junto a la barrera. Será que abren ahora a las 8, pensé, pues no, había que pasar por debajo de otra barrera lateral haciendo un escorzo. Extraño.

Ahora a sacar mi único visado en frontera, on arrival, que así le llaman. Sin problema, eso sí, pagando los dos dólares de estafa por el sello que protesta mucha gente pero yo preferí irme. Llama la atención que a la mayoría de países nos costaba el visado 35 dólares ( no valía ni la moneda local ) pero a otros países como India o Nepal 40€.

En los primeros metros me encontré con Alex, un ucraniano que venía de cruzar China e iba también sólo. Dado que no había lugar para sacar dinero hasta dentro de 150 km, Alex me dio algo suelto, y yo le di, como hago cada vez que cruzo una frontera, la tarjeta SIM de Camboya. La carretera vuelve a serlo, el asfalto me permite por fin coger buen ritmo.

Oren, el israelí que me acompañó unos días en Camboya, está disfrutando de las famosas islas Mekong, pero yo desistí por no hacer más kilómetros, aunque las pude ver desde la altura del templo Wat Phu King Kweo adonde llegué empujando a Quiscolina. Buenas vistas y original templo budista con varios edificios entorno al templo central. Por la mañana entro a ver la ceremonia de un monje a un súbdito. Es increíble como rezaba de rápido casi sin respirar. Lo simpático era ver a un lindo gatito jugando ante él y luego acostàndose en su regazo.

La noche fue interruptus, no sé lo que me sentó mal, tan sólo en la India me había pasado. Así que pedalear fue una odisea en ese sube y baja constante. Menos mal que estaba nublado pero la debilidad iba en aumento y cuando paré junto a gente me mareé y casi no me da tiempo a aparcar la bici y sentarme, buf!  Luego unos obreros me atendieron bien y dejaré algo. Me dolía todo. Aún así tuve que sacar toda mi empatía y buena energía para convencer al monje jefe de que me dejara dormir. Funcionó!

Temía que no hubiera templos en Laos pero, aunque pequeños, siempre había opción. Los echaré de menos en el futuro posiblemente. Me sorprende que Laos tenga tan buenas casas y coches, se suponía que era más pobre que Camboya pero está mucho mejor, por ejemplo, no está deforestado.  Lo más complicado es poder comunicarme, había hecho una lista de palabras que tenía siempre a mano, pero es muy difícil poder entonar las vocales de esa forma tan abierta y larga a veces. Vuelven los dolores de cabeza.

Dormí junto a un campamento militar con sus cañones y todo. Lo más chocante para mi fue ver la bandera roja con la hoz y el martillo. Los militares estaban echando una pachanga y no faltaban las camisetas de fútbol españolas. En estos países asiáticos la estatura media es más baja que la occidental y lo pago. Bien porque los espejos están muy bajos, si los hay, y sobre todo que no dejo de darme croques.  Llevo con disciplina beber 1,5 litros de agua antes de salir en ruta y mi máximo han sido 6 litros en un día. Lo malo es que tantos meses a aguas es aburrido. Nunca compro bebidas artificiales, pero si me las dan mezclo un poco, o echo café en polvo. Trucos para hidratarse que funcionan muy bien. Vuelvo a ver búfalos por la carretera, bueno, veo todo tipo de animales en Laos. Vacas, cabras, cerdos...y siempre libres, además miran antes de cruzar, no como los humanos que prefieren pitar. Menos mal que el tráfico no es intenso.

He vuelto a la cultura de comer con los dedos. La comida es compartida, es decir, tenemos múltiples opciones en varios cuencos y coges arroz o verdura y este hace el uso de cuchara para coger algo más. También hay una cuchara para las comidas más líquidas. Había visto en Camboya muchos puestos en la carretera de chicas cortando bambues, resulta que son para meter arroz con coco. Me comí tres, una de las pocas cosas que realmente degusté por estos lugares. La mayoría de las comidas están picantes o más. Para dormir sigo conviviendo con el Keko, aquí Kopke, obviamente los mosquitos, y ahora se suman las ranas. Por cierto que volví a dormir con hormigas..es complicado esconder la comida, llegan a todas partes.

Objetivo cambiar los 379.000 riel camboyanos. La única opción es en un banco y tuve suerte, apenas perdí. Siempre cambio en las pequeñas oficinas o puestos que abundan, antes compruebo en Xe.com el cambio oficial. He llegado a Wat Luang, en Paksé. Está situado junto a uno de los principales afluentes del río Mekong que vengo siguiendo en paralelo desde Laos. Es muy antiguo y residen unos 125 monjes. Desde el inicio se acercan muchos muy amigablemente y con opciones en inglés. Están acostumbrados a los viajeros y turistas. Y pude quedarme otro día extra. Además por fin encontré monjes que querían serlo para toda la vida y encima practicaban meditación tras el rezo vespertino. A ellos me uní sin dudarlo.

En el segundo día se unió Nico, un italiano tan alto y peludo como humano. Pese a sus apenas 23 años, tiene clara su vida. Lo dejó todo y viaja a pie no sabe por cuánto tiempo. Una gran alegría para mi conversar con alguien fácil y en complicidad sobre la vida. La despedida fue con un largo abrazo. Vaya, en estos países no es habitual. Aparecen otros viajeros europeos, principalmente en moto. Americanos no he visto salvo en los sitios chic. No me ha tocado en el sorteo la entrada para visitar The Wave, cerca del Gran Cañón, iré al sorteo en persona. Os lo recomiendo, de veras.

Reanudo la marcha lento, no descansé bien por dejar que lo hicieran dos mininos conmigo. Una auténtica delicia verlos. Otro capítulo gastronómico. Se me había olvidado el apartado insectos. Aún no me he atrevido a degustar ninguno (cucarachas, polillas, saltamontes, ranitas en pincho moruno) ya sé que son proteinas pero paso. Me gustan los perros pero si te está ladrando seguido ya no. No era agresivo, lo digo porque recomiendan la vacuna de la rabia en Laos y yo me puse sólo las obligatorias, aunque en ninguna frontera me piden la tarjeta de las vacunas.

En Laos saco muchas más fotos y veo más actividad. Cuando llego a los templos aquí los que me animan a sumarme al lunch son el pueblo. La gente que cocinó, o sea las mujeres. Siempre me he llevado mejor con ellas, incluso no hablando como aquí. Qué maravilla de oferta culinaria, unos 20 cuencos para 9 personas. Menuda opa. Problemas mecánicos tiene que haber. Si la otra cubierta se empezó a romper en Irán y la cambié en Dakka, la segunda empieza a tener la misma rotura lateral así que le puse un refuerzo de goma por dentro. 

Por las mañanas ver pan a la venta es como un milagro, pero no hay con que hacer un bocadillo. Hay paisanos en moto vendiendo cosas y comida, p.e. pan que rellenan con leche condensada o similar. Cada vez que llega el fin de una etapa y he de volar, ya sea desde Irán, Dakka o ahora Hanoi, me estreso. El problema esta vez es el apellido, en la reserva del vuelo debí escribir los dos juntos sin espacio, absurdo pero ahora en el email sólo viene impreso uno y podrían no aceptarme..estoy en trámites. Lo que sí es seguro es que pagaré 200€ por exceso de medidas de la caja de la bicicleta.

Las mariposas abundan en mi marcha diaria, parece que hubiese más que en otros países, pero eso conlleva que también las hay en el asfalto. Lo mismo las libélulas, vuelvo a verlas. Se acerca otra luna llena y esta noche la contemplo desde la jungla adonde me han guiado dos monjes para practicar meditación. Fue difícil con los mosquitos pero agradecí su esfuerzo e interés.  Cada jornada los niños gritan y gritan «hello, hello» y yo devuelvo los saludos con el clásico « sabai dii » con la mano y una amplia sonrisa. Pero esta vez, casi única, se unieron los adultos al saludo.

Ahora si, he de intercambiar las cubiertas. Lo hago en un minúsculo templo con sólo un monje, Laion, y varios niños y vecinos que colaboran en la tarea. Es un día completo en sucesos y anécdotas. Me picó una avispa al ir descalzo, igual que en Zagreb, y me entrevistaron desde Radioset. Tenía tanto que decir que se me hizo corto, supongo que llamarán más adelante. Me gustó que Raúl entendiera lo que puede pasar por la cabeza de alguien al hacer un viaje así.

Ahora los problemas vienen de las cerillas de las cámaras, pierden aire. Con un calor sofocante llego a Thakhek. Será un día de buenas charlas con varios monjes. Uno reconoce que es una vida facil pero muy monótona a veces. Otro me preguntó qué es para mi lo más importante en la vida...otros volvían al fútbol que les hacía amar países de los que no saben nada. La sorpresa es ver en el templo a un cachorro con la pata rota jugando y sin opción de veterinario.

Noche de luna llena y mañana de perro rabioso. Menudo susto esta vez, suelo evitarlos bien pero este era grande y enseñaba mucho los dientes. Luego en busca de las montañas. Esas formaciones kársticas que recordaban a Tailandia. Comienzan a verse hermosos arrozales y saco bonitas fotos. Esta es una zona de muchos camiones y muy veloces, asustan. Me adelantan en paralelo dos a la vez, buf. 

Encuentro hermoso en Gnomalath con Pong. Sentado a la sombra junto a unos búfalos se me acerca esta niña con su libro de inglés para practicar. Su sonrisa de felicidad compensaba el dolor de cabeza. El día siguiente es duro, subida a Nakai con rampas del 36%. Única solución empujar a Quiscolina. Me detengo en un riachuelo de cuento con libélula y mariposas y, ya descansado, llego al templo de Nakai justo en la cumbre. Veo las ofrendas y bendiciones continuas de gente viniendo al lugar. Al lado hay una fiesta hasta altas horas. Soonuntar me trae una de las ofrendas, una bandeja con todo tipo de fruta. Coco, mango, papaya...

Bien alimentado llego a la jungla, con los sonidos de las aves llenando el lugar. Luego el desastre, aparecen árboles y más árboles muertos por la crecida que provocó el embalse, aparte de la deforestación en vivo. Era desolador. Gran tormenta al anochecer en Thalang pero estoy a cubierto. En Namthee pasé frío por todo lo que llovía. Lo peor fue no poder dormir por la gente allí hablando que custodiaba la ofrenda que incluía dinero. Se reían del extranjero por no atreverse a comer las ranas en la comida. Por la mañana participo en la ofrenda en la celebración de Año Nuevo. 

Mi última noche en Laos será al lado de unas hermosas montañas en Lak Sao, entran en el año 2560. La gente viene continuamente y echa agua sobre todas las imágenes de Buda y luego se moja con ella. Me la echaron por encima unas señoras y un monje me puso una típica pulsera de colores. Voy cargado de adornos.

Mi visita a las mariposas junto al río y éste atardecer, además de una buena cama son la mejor despida de Laos, aunque aún no lo sepa.

 

dabicin

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