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Bulgaria y Turquia, con más pena que gloria

  • 19 de agosto de 2016
  • 900 kms

Que entres a un país y la aduanera te diga en español que tenga cuidado con los inmigrantes es para flipar. Por un lado que me identificara y por otro ese consejo de lo más extraño que me hizo interpretar los primeros kilómetros en el país cualquier ruido como si me fuesen a asaltar los apaches. Ni los refugiados son violentos ni apareció alguno, ella los llamó talibanes.

Salí de Serbia por una autopista en obras por consejo de un vecino, la nacional era un peligro. Sería el inicio del discurrir por autopistas. Bulgaria fue un cambio a mejor, entrada por buena carretera y entre bosques y luego una maravillosa bajada de 45 km con viento a favor hasta la capital Sofia. Justo estaba llegando y el viento cambió, por los pelos. Insisto en el viento siempre porque te cambia la vida.

Paré a comer junto a un comercio y viene a interesarse Adriana, la chica de seguridad. En vez de echarme me ofrece agua, carga el teléfono, baño, información para cambiar allí cerca moneda local, hasta me deja dormir cuando empieza la tormenta. Se la ve buena persona, pero el jefe la llama y me tengo que ir cuando estaba medio instalado. Con pesar en la cara de Adriana recogo y he de decidir. Cruzar la gran capital o rodearla. Me aconsejan lo segundo, como no por autopista. "Palante" .

De locos el inicio, tráfico, obras, sin arcén, viento en contra, pero todo cambia y la autopista es mía. Casi sin tráfico y atardeciendo he de hacer 20 km. Detrás poniéndose el sol y de frente la tormenta. Apura que no hay salidas! Buf, un sendero. Ahí voy, veo una casa, serán gitanos? Estoy superavisado pero no hay nadie. Empieza a llover y no se ve apenas. Monto la tienda mojándome.  Sorpresa! Y ese ruido? Oh Dios mio, acampe al lado de la pista de despegue del aeropuerto. Otra experiencia más.

Las carreteras locales son un desastre así que vuelvo a la autopista, que en Bulgaria son gratuitas, pero las bicis no pueden ir aunque me dijeron que puede hacerse. 

Pues se puede, tras avituallamiento y 100 km la policía me echa justo tras otra hermosa bajada y allí vuelve la recolección de fruta. Primero las moras, qué recuerdos! Luego nísperos ( que tanto me han alimentado desde Croacia ) y uvas. Parezco un temporero.

Deseo salir de este país cada vez que salgo de la autopista. En Pazardzhik me vuelvo a ver apurado y le pregunto a un paisano donde acampar. Sin saber por qué le cuento la historia del policía de Eslovenia que me acogió y me dice, yo también soy policía. Glups!

Svetlan me guía a un parque pero Marin, un vecino, que me había dado higos antes, me ofrece su casa. Con Svetlan de intérprete entro en la humilde morada. No entiende mi aventura pero la admira. Acaba perdiendo la pose de poli duro y hasta me regala su cena. De postre me da su tarjeta " inspector de policía ".

En el paseo nocturno disfruto del WiFi, que ahora es más esporádico con mi gente y seguramente más positivo para mis necesidades como nómada. Vuelvo a hacer amigos gatunos.

Con poco animo y energía, malas carreteras, poco contacto con la gente y apenas casas, ademas de ser el país del cirílico, me siento como perdido y con ganas de salir. La morriña aparece insistente los próximos días. Vuelvo a la autopista con ayuda de dos amigos que me llaman loco por mi aventura.

A última hora veo una señal a un monasterio ortodoxo. Què alegría! Sin ser una persona religiosa me encantan los lugares con esa energía. Resultó ser un lugar destacado en ambos puntos. La pena es que aquí la iglesia también practica poco su mensaje y tuve que dormir en el campo y no dentro. Para colmo era la noche de estrellas fugaces y se me pasó, pero tuve estrellas en la tienda pues hubo invasión de hormigas.

Maratón bajo el sol y durmiendome para llegar a Svilengrad a tiempo de tener WiFi para llamar a la embajada española en Estambul y ver más información. Lo consigo y saco el visado a Turquía. Como bien y pernocto junto a un viñedo donde me hincho a uvas viendo las estrellas, la tormenta y la luna.

De madrugada logro ver 3 estrellas fugaces.

Toca cruce de frontera.Turquía! En estado de emergencia. La aduana bien y rápida. Me encanta hacer reír y relajarse a los de corbata que trabajan en sitios serios. 

Llego a Edirne y me siento como en Europa, salvo los primeros pañuelos en la cabeza, la que pide limosna pero no le dan aunque aqui es lugareña o el Mcdonalds. Llegan los primeros rezos por megafonía tan habituales unas 5 veces al día, incluida la de madrugada. Normal que sean tan mal conductores y fumen tanto al tener que despertarse cada noche a medio dormir.

La carretera nacional es fantástica, dos carriles y arcén. Pero sin donde aprovisionarse ni casas o donde acampar. Pero llegan los típicos saludos de coches, camiones, obreros, tractores...aunque luego eso mismo, el habitual uso del claxon me saca de mis casillas.

Acampar en estas llanuras es complejo y lo hago tras una gasolinera ( que será mi lugar habitual las próximas semanas para tener agua ) entre unos arboles que crean un cobijo de cuento.

Al día siguiente llega mi primera invitación a un té chai. Será de las pocas alegrías en un día muy duro y peligroso. El habitual viento frontal se convierte en lateral e intenso. Serán 115 km peleando por mantener el equilibrio entre lluvia, tráfico y falta de arcén a veces. Tuve miedo en las bajadas por los bandazos.

Ver tal cantidad de cigüeñas volando juntas fue sensacional. Comer unas galletas también alegró mi espíritu y mejoró la tarde. La sucesión de localidades me obligó a seguir y llegué a Estambul. Qué hacer? La solución llegó de una joven pareja, ir a una mezquita. Llego cuando empieza el rezo y no dudo en sumarme. Interesante descalzarse y participar en algo tan distinto sobre alfombras, sin altar, todos a su ritmo y dónde prefieren. Es breve e intenso. Al acabar hablo con el oficiante sobre su religión y me la intentan vender, pero hablar de la mujer ya es otra cosa, eso si, tienen una sala lateral. No vi mujer alguna. 

Pude dormir en unos bancos con alfombras que me pusieron al exterior. La lista de " paradores " sigue creciendo.

A la mañana me aseo en el lavabo, así lo llaman. Me voy acostumbrando a ese agujero que es el retrete. La posición es aconsejable, pero también la higienizacion.

Si supiera que me iba a sentir como en la M 80 durante 150 km consecutivos  en esta enorme ciudad...al poco veo que no podré hacer turismo, me conformo con salir. Aparece Deniz, a sus 14 años vive la bici y con buenos resultados en competicion. Me guía hasta el famoso puente y en medio del caos me dice que soy buena persona. Le devuelvo el piropo.

Impresiona el puente pero es no apto para bicis. El policía que me lo dice para un bus que me cruza. Sigo el viacrucis toda la tarde hasta Pendik, donde he de coger el enlace hasta Erzurum pues el visado a Iran me acaba en un mes. Llego a Pendik, fin del pedaleo pero no del estrés.

En la estación de tren y gracias a otra buena persona que me traduce descubrí que no permiten bicis. Tras el susto inicial me centro en acampar. Otra mezquita? Si, a 100 m hay una. Serdan, muy amable me acoge y me informa perfectamente sobre ir a Ankara en bus.

A la mañana, tras la difícil comunicación con la taquillera y esperar luego el consentimiento del chofer del bus de enlace para llevar a Quiscolina y todo el equipo empieza el sufrimiento. En la estación principal ponen mala cara y quieren cobrar un ojo. Hago que no entiendo y luego con traductor negocio tras enfadarne. 

Tras 6 horas llegamos a la capital. He de coger el metro para llegar a la estación de tren y me ayuda un militar que, sin soltar el fusil, con una mano usa el traductor del teléfono. Me ayuda una chica en buen inglés y llego en breves minutos. Todo va bien pero...

Tampoco permiten bicis en el tren, en Pendik dijeron que si. Es increíble como tras una hora con serenidad, buena energía y sin alterarme oí " te ayudaremos ", me emocioné. Es un placer ablandar a los de corbata, y más a los de oficina.

Una hora después estaba con las manos juntas en el tren dando gracias. Eso si, tras el suspense pensando en bus de enlace al tren si me dejaría el revisor de turno. Me tocó el majo, no sabía qué hacer pero me ofreció el vagón de carga. Allí até a Quiscolina y a relajarse.

Parecía que estaba en el Transiberiano con esas llanuras, atardecer y amanecer. El subir y bajar de gente variada que no perdonaba el rezo de rigor. El descanso y la alimentación fue lo peor. 

Fueron 1.200km rápidos a Erzurum. Allí un trabajador de la estación me da información para llegar al bus que me podría llevar a Irán, pero es caro, no tengo dinero ni ganas de pelear. Me alimento  gusto y por fin silencio y la tarde para mi. Y la noche estrellada con luna llena.

Ahora empieza el viaje. Ritmo tranquilo sin prisas y otras culturas. Antes de salir veo a un niño que trabaja como limpiabotas, una niña siria pide limosna y no le dan, e intento una entrevista en la radiotelevisión local.

Me encuentro a una pareja irlandesa que viene pedaleando desde Corea. No veo a más extranjeros en mucho tiempo.

No me acostumbro a estos pueblos desastrados, con obras, suciedad y caos, pero es su esencia. Y yo estoy como un extraterrestre allí en medio.

Llega la primera montaña y bajo el sol. La sombra es inaccesible. Voy recogiendo leña por el arcén para cocinar y veo ya la pobreza con los niños saludando alegres, pocas novedades en su vida.

Estoy siempre alerta. Cuando paro en sitios abiertos intento no ser visto para no dar tiempo a malas intenciones pero esta vez no. Oigo que paran y subo rápido a la bici. Arrancan de nuevo. No sé por qué desconfíe pero la intuición me está funcionando.

Creo que estoy en el Kurdistan. Los que llamo niños Hello money están por doquier. Una vez que les saludas te piden dinero pero es desagradable la forma en que lo hacen y se vuelven agresivos. Lo feo es negarle o retrasar el saludo a un niño para evitar o retrasar el cara a cara. Nunca paro y la recomendación es nunca dar dinero, si acaso comida, chucherías...

Luego gran bajada con viento a favor y encuentro el único sitio tranquilo para acampar.

Son días que practico el corte de mangas por el abuso del claxon contra mi sin motivo. Serán pocos días pero desagradables y un riesgo hacerlo en Turquía e Irán.

Cogo agua en una fuente y Emir, que vive en una chabola allí me invita, como a todos los que pasan, a un chai. Tiene 70 años y es o un loco o muy cuerdo. Dice haber viajado por el mundo en bici y es adivino. Aconseja a una pareja y les lee el futuro.

Tarde gris que se me hace alegre pensando en hacer un monólogo sobre el viaje. Me vienen ideas.

Cada vez hay más militares y las banderas turcas están en número similar a como deben en USA. Y el rostro de Erdogan también me lo conozco bien.

Ya puedo divisar el monte Ararat, sagrado por ser ahí donde Noé construyó su barca. La nieve perpetua cada vez es menor. Su vista me acompañará muchos kms.

Momento tenso. Esta vez decido sacar foto a un pájaro muerto en el arcén. Ahí en cuclillas enfocando noto como me roza un vehiculo y pisando el pajarillo aparca delante. Intento irme acordándome del coche del día anterior pero, son soldados! Salen del coche de calle y sin ingles me miran el teléfono y algo las cosas y buscan las cosquillas con el visado. Se van y veo que sí había sacado foto de casualidad del pajarin.

Decido dejar ya el país, queda poco a la frontera. La ironía es que el siguiente que me pita animando es un vehículo militar.

Tras una kilométrica cola de camiones a la aduana con más niños Hello money haciendo su agosto llego a la frontera. No había visto tanta desgana y facilidad en una frontera. Tras pasar la de Turquía llego a la de Irán y ahí cometo un grave error.

 

Este capítulo va dedicado a Nati, pieza esencial en mi puzzle vital.

 

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