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Resumen del viaje (y fotos)

  • 7 de September de 2009

Este viaje, que tuvo lugar entre el 22 de agosto y el 7 de septiembre de 2009, transcurrió por la parte sur de la isla por falta de tiempo. Islandia es un país duro para pedalear debido sobre todo al clima que, pese a estar muy atemperado por la corriente del Golfo, es en general lluvioso y, sobre todo, hace muuuuucho viento (por supuesto siempre sopla en contra). Pero aún siendo duro, ¡qué enorme privilegio para los sentidos pedalear por sus carreteras y pistas!

Los primeros días tuve mala suerte con el tiempo y tuve que modificar el recorrido original, anulando el enlace directo que une la zona de Gullfoss y Landmannalaugar a través de una pista muy poco frecuentada de la que no tenía ninguna referencia fiable. Así que tuve que alternar con el autobús que da un gran rodeo para dejar lo más interesante, Landmannalaugar, en bici. Hay que tener en cuenta que en Islandia las carreteras asfaltadas se limitan a la llamada Ring Road, que circunvala la Isla, y a la zona mas turística, llamada el triángulo de oro. La meseta interior es desértica y en ella sólo hay pistas.

El primer día cometí el error de ir del aeropuerto de Keflavik a Reykjavik en bici (51 km), después de haber hecho Lyon-París en tren y París-Keflavik en avión. Hay un bus que sale a la llegada de cada vuelo, pero me entretuve desembalando la bici y arreglando un pinchazo que sufrió en el avión. Total que salí sobre las diez de la noche del aeropuerto pensando ingenuamente que en esas fechas solo habría unas horas de relativa penumbra por la noche. Ni mucho menos. A las doce, tras un atardecer eterno, se hizo noche cerrada. Además el trayecto era subida al principio y falso llano hasta la capital. Pero lo peor fue el viento. Empezó a soplar nada más partir y apenas me dio tregua. A esto hay que añadir que en Reikjavik me perdí por la falta de luz, entre autopistas de circunvalación, túneles, arcenes impracticables, etc. Y para colmo el desviador delantero se bloqueó y tuve que hacer los últimos kilómetros con el plato pequeño. Todo un panorama. Total que llegué a las cuatro de la mañana destrozado y con la moral por los suelos.

El día siguiente tuve que descansar y aproveché para visitar Reykjavik, del que luego hablaré.

El tercer día salí hacia Pingvellir, el Parque Nacional en donde se celebró el primer parlamento islandés por los primeros colonos en el 930. Comparado con este día lo del trayecto al aeropuerto fue un chiste. También casi todo fue cuesta arriba, pero lo peor fue el temporal de viento en el que me vi envuelto. La jornada fue un infierno. De un bandazo el viento te podía desplazar un par de metros y plantarte en medio de la carretera o tirarte al arcén. A menudo me tenía que bajar de la bici porque era imposible pedalear y a duras penas podía empujarla. Los pocos coches que me crucé me miraban flipados, y no era para menos. Pero no podía pensar en acampar pues era imposible montar la tienda con ese tiempo y tampoco pasé por población alguna. Sólo me quedaba llegar al camping del parque nacional, y además uno tiene su orgullo. En la parte más alta del páramo, empezó a llover (ventisca). En fin, un horror. Por fin, tras una bajada triunfal de un par de kilómetros, llegué, heroico y jodido, al camping. ¡50 km. en 6 horas! Montaje de tienda y al saco sin cenar… estaba exhausto y tenía la garganta inflamada. Por cierto, días después me enteré que ese día el viento fue terrible en todo el sudoeste. En Landmannalaugar sopló a 120 km/h y sólo las tiendas de alta montaña resistieron.

Cuarto día de descanso obligado en Pingvellir. Garganta tocada. A todo esto andaba muy suelto del estómago y con muchos retortijones. Días después me percaté, después de minar los arcenes del recorrido, que tenía parte de la comida caducada. Pingvellir es una enorme falla tectónica que separa las placas euroasiática y americana y en el que se formó un precioso lago. Es un remanso de paz en el que podemos plantar un pié en América y otro en Europa.

Quinto día: Pingvellir-Geysir (58 km.), lloviendo gran parte de la jornada. Interesante el lugar, curioso tocar la tierra y notar un agradable calor, pasear entre charcos de agua sulfurosa hirviendo y, por supuesto, esperar unos minutos para ver las erupciones del géiser principal. Sin embargo, no hay nada más que ver.

Sexto día, paseo de 12 km; hasta Gullfoss, la cascada más caudalosa de Europa. Son dos caídas de agua sucesivas realmente sobrecogedoras que provocan un ruido ensordecedor y una inmensa nube de agua vaporizada.

Desde Gullfoss tenía planeado coger la 349 y después continuar por una pista para llegar directamente a Landmanalaugar, pasando por la cascada de Haifoss. De otro modo hay que dar un inmenso rodeo por carretera de dos días. Sin embargo, esta pista apenas es conocida, es larga (unos 70 km) y cruza numerosos ríos, que es necesario vadear. El tiempo estaba realmente amenazante en la zona, el móvil fallaba mucho (creo que se mojó) y mi estomago no estaba recuperado, así que en esas condiciones decidí no hacerla y coger el autobús a Selfoss. Desde aquí partiría al día siguiente, también en bus, a mi destino principal y probablemente el sitio más alucinante de Islandia: Landmannalaugar, a donde llegué el sexto día con toda la tarde libre para conocerlo.

El ambiente en el camping (que es simplemente un pedregal donde pones la tienda, con unas instalaciones de duchas y baños) es guapo. Es muy entretenido ver como la gente se emparanoia (yo también) con el viento y refuerza la tiendas con cuerdas extra y piedras alrededor.

Dediqué la tarde a hacer una pequeña marcha por el lugar. No voy a describirlo, ni en general los paisajes que recorrería a partir del día siguiente por la pista F208 hasta la costa, pues es indescriptible. Solo diré que es la madre tierra en estado puro. Hice la 208 en dos días y fui inmensamente feliz. Sólo tenía noción de mi propia existencia, de que formaba parte de los paisajes que iba recorriendo, que cambiaban milagrosamente después de cada colina, siempre diferentes y alucinantes. Estaba sin duda atravesando un lugar de poder.

Este séptimo día dormí en la granja-camping de Holaskjol, en un apacible y bucólico paraje ideal para descansar. Este primer tramo de la 208, desde Landmannalaugar a Holaskjol (40 km.), es algo lento porque tiene 8 ó 9 vadeos y 3 ó 4 repechos en los que hay que bajarse de la bicicleta, pero la última parte es cuesta abajo y la belleza de los paisajes hacen olvidar la dureza del recorrido, que por otra parte no es especialmente complicado con una BTT.
Al día siguiente, continúe la 208 hasta la costa (casi todo es descenso), donde tomé la mítica Ring Road hacia Skaftafell. Tras 63 km. me detuve para dormir en el camping de Kirkjubaejarklaustur, el más limpio que he visto en mi vida.

De Kirkjubaejarklaustur a Skaftafell (75 km.), por primera y única vez tuve el viento a favor. Incluso llegué a meter el piñón más pequeño y hacer bastantes km. sin apenas esfuerzo.

El décimo día lo pasé en Skaftafell. Es un parque nacional que comprende una parte del glaciar Vatnajoküllal, el más grande de Europa. Una marcha de un par de horas nos permite visitar la famosísima cascada de Svatifoss, con sus paredes de piedra en forma de tubo de órgano, y subir a un altozano para contemplar una impresionante lengua glaciar. También di un paseo (esta vez en bici) para acercarme a las lagunas de fusión. Aquí, y de pura casualidad, vi una perdiz nival a unos cuatro metros de mí. Su plumaje es tan mimético y confía tanto en él que no levanta el vuelo aunque te acerques. Fue un verdadero milagro distinguirla entre las rocas. El tiempo empeoró despues de la visita al parque y pasé todo el resto de la jornada en la tienda. Ya no pararía de llover durante dos días.

El décimo primer día cojo el bus a Vik (deshaciendo el recorrido que hice en bici), lamentando enormemente no ir a Jokülsarlón, a 50 km de Skaftafell siguiendo la Ring Road, donde se puede navegar entre los icebergs que se desprenden del glaciar. Pero el tiempo es pésimo y no me quedan muchos días. Duermo en Vik, en donde hay una interesante colonia de fulmares y frailecillos, y el duodécimo día hago un agradable recorrido de 46 km. hacia Skogar, haciendo desviación para ver la playa de arena volcánica negra de Diorhaley. ¡La lluvia me ha respetado!

En Skogar se encuentra la famosa cascada en cortina de Skogafoss, que tiene la caída más grande de Islandia, 60 metros. Después de montar la tienda subí a lo alto de la cascada y me hice una marchita siguiendo el curso del río entre prados y carneros. Es realmente bonito. Me imagino que hoy estará cubierto de las cenizas y medio arrasado por efecto del volcán Eyjafjallajökull.

Al día siguiente, duodécimo, visita al museo vikingo de skogar y por la tarde bus a Reykjavik, esto se acaba. No tenia interés hacer ese trayecto en bici, sigue lloviendo y en esta época ya empieza a hacer un frío considerable.

Los dos últiños días los paso en Reykjavik paseando y practicando el “runtur”, que es como le dicen aquí a ir de fiesta. Es una ciudad muy agradable, con apacibles parques y calles tranquilas, pero curiosamente con mucho ambiente, especialmente de noche. En el centro hay bares y restaurantes por todas partes. Me llamó la atención la cantidad de grupos de música que tocan en vivo en bares y pubs. Por el día no hay gran cosa que hacer sino pasear e ir de café en café… ¡y no! ¡no fui a Blue Lagoon!

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