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Obsessio

Por Alicia

El otro día cuando empecé a escribir sobre Miguel Ángel tenía intención de contar otra cosa. Luego me fui enrollando con la vida del escultor y me quede sin fuerza (intelectual, moral y física) para llevar la reflexión hasta donde quería.

Hablando con otro Miguel Ángel he vuelto a darle vueltas a eso que me rondaba la cabeza la semana pasada.

Miguel y yo compartimos una paranoia: nos obsesiona la vida de los genios. Mozart componía a los cuatro años, Miguel Ángel hizo el David a los 26, y Larra se suicidó con apenas 28 dejando tras de sí una de las plumas más brillantes del periodismo actual.

Hace unos meses cumplí 25 años. No dejo de pensar que con mi edad todas estas personas que he citado habían realizado grandes logros. No es que quiera aparecer en los manuales de historia, pero me gustaría tener la sensación de que mi vida va a alguna parte. Decía Miguel «es la crisis de los 25». En realidad no sé si es una crisis o una especie de parálisis que sufro desde hace meses y que me deja temblando. No puedo más que observar como los meses se deslizan entre los dedos sin que pueda detenerlos.

Suelo atosigar a los que me rodean con una idea: no tomar decisiones es una manera de tomarlas. La inercia, el dejarse llevar, el no actuar sobre una realidad que no nos gusta, es también una forma de plantarse ante al mundo. Yo estoy en una de esas inercias que no llevan a ningún lado. Pero para salir de la inercia hay que tener claro, al menos, en qué dirección.

Decía Miguel que nos venden la idea de que lo bueno es ser hombres del Renacimiento; picar en muchos campos y no quedarnos con ninguno: hombres y mujeres perfectos, equilibrados, eso dicen. Arte, ciencia, tecnología, deporte, vida familiar, social y un poco de tiempo para uno mismo. No sé en qué momento compré esa idea, porque lo cierto es que todas las cosas que he citado me gustan: me gusta sacar fotos, leer un buen libro, entender el funcionamiento del átomo, hacer webs, cotillear con mi madre, subir al monte o ir de cañas con mis amigos. Me encantan todas esas cosas, incluso me apasionan, pero ninguna de ellas me obsesiona. Creo que esa es la clave: en algún momento del camino perdí la capacidad de obsesionarme y me alejé para siempre de los hombres renacentistas.

Es lógico, lo dice mi carné… ya pasó el tiempo de las obsesiones. La adolescencia quedó atrás y ahora llega el momento del equilibrio. Sin embargo, qué pasa cuando uno ha sido siempre excesivamente equilibrado… Se me ocurren ejemplos sacados de novelas de Paulo Coelho.

¿Qué es una obsesión? Según el diccionario de la RAE, obsesión viene del latín obsessio, que significa asedio. En castellano se refiere a una perturbación anímica producida por una idea fija; o también a una idea que con tenaz persistencia asalta la mente. Para mí, una obsesión es la necesidad vital de concentrar la atención en algo, olvidando por el camino todo lo demás. Se trata, me parece, de un proceso destructivo pero con un componente tremendamente creativo. El ser capaces de focalizar todas nuestras energías en la consecución de un objetivo es arriesgado pero también hermoso. Y desde luego no le conviene nada al sistema. Si todos nos empeñásemos en conseguir algo, sea lo que fuera ese algo, muchas cosas cambiarían.

Seguro que el psicoterapeuta de turno respondería: vivir sin obsesiones es bueno; eres mucho más feliz que Miguel Ángel (Buonarroti, claro). Llevo toda la tarde dándole vueltas y no estoy tan segura: por lo menos Miguel Ángel tenía claro hacia donde iba.

Última actualización: 7 de agosto de 2020.

Este artículo fue publicado el 21/marzo/2006. Última actualización: 7/agosto/2020 dentro de la categoría Reflexiones variopintas en Rodadas.net, una página web sobre cicloturismo y viajes en bicicleta mantenida por Álvaro Martín y Alicia Urrea.

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Comentarios Hay comentarios de 2 intrépidos

  1. Juanan dice:

    Acabo de leer que el otro día fue tu cumple: ¡¡Felicidades!! con retraso.

    ¿Crisis de los 25? Uff, cuán lejos me quedan a mí, sobre todo cuando en unos días me caerán 34 tacos. ¿Crisis? Pues espero que no. Admiro a L. Da Vinci, y desde luego, a mi edad ya tenía desarrolladas muchas de sus increibles creaciones. Pero bueno, no tenía blog.
    Y es que quien no se consuela, es porque no quiere
    😉

  2. noremorse dice:

    bien. jo, qué momento más difícil. yo también creía que estas cosas pasaban cuando acaba uno la carrera, pero a mí me ha venido un poquito más tarde.

    el hecho de picar en un poco de todo (salvo en lo del monte, claro, ya sabes que no soy nada silvestre) sólo me confunde y me hace sentirme dispersa.

    dispersa hasta tal punto que, después de tenerlo prematuramente claro durante años, anora ‘no sé qué quier ser de mayor’. El problema es que cada vez estoy más cerca de eso de mayor…

    no sé, piensa lo que yo e digo: vivimos muchos más años que la gente en el momento de miguel ángel. supongo que todo lo que un ser humano vivía entonces, ahora se expandirá, se desconcentrará, se repartirá entre más años. prácticamente el doble. llegar a los 40 sin un logro? todavía te quedan otros 40.

    🙂