¿Alguien de moderación puede sacar esas fotos de la BH restaurada? No entiendo como han podido aparecer aquí....
Rodadas. Viajar en bicicleta ¿Alguien de moderación puede sacar esas fotos de la BH restaurada? No entiendo como han podido aparecer aquí....
La carrera espacial de Wellington Ordoñez Maza fue corta. Salió elegido para la vigesimosexta misión del transbordador Columbia gracias a la presión del Gobierno de España. Nuestro país ha participado en el conjunto de reformas necesarias para actualizar y mantener activa la flotilla de transbordadores espaciales, alardeaba el gobierno en la nota oficial de prensa. El gabinete de Zapatero creyó que una nueva videoconferencia entre la Moncloa y la nave en órbita, con la imagen de Wellington Ordoñez y la bandera española al fondo, ayudaría a remontar los índices de popularidad del Presidente. Si a Aznar le funcionó, ¿Por qué no a Zapatero?
El “Shit!” de rabia y desespero de Wellington Ordoñez cuando se interrumpió la cuenta atrás a diez-y-ocho segundos del despegue resonó en las escafandras de los otros tripulantes. “Shit” repitió y golpeó con el puño el panel de mandos. El aviso desde Control en Tierra que algo funcionaba mal y que se abortaba el despegue significaba el fin de sus posibilidades como tripulante espacial. No habría otra oportunidad. A su lado, la Doctora Janet Zalesky miró sorprendida a su compañero de tripulación. Las miradas de ambos se cruzaron. Los ojos azules de la Doctora Janet Zalesky desarmaban a cualquiera. Y Wellington Ordoñez avergonzado abrió lentamente el puño y murmuró “Sorry...”
Control en Tierra informó que las nuevas mamparas que protegen el tanque principal de combustible no se habían desplegado correctamente. Se procedería, pues, al vaciado de los tanques de combustible. Durante las 4 horas que duraría el vaciado del combustible se desconectaría la alimentación electrica exterior y la renovación del aire en la cabina para evitar cualquier chispa fatal. Socarronamente Control en Tierra les deseó “que paseis una velada agradable. Podeis quitaros las escafandras. Va para largo, chicos!”. Un circuito autónomo de iluminación mantenia la cabina en una media penunbra.
Con el paso de las horas el aire de la cabina se fue calentando. Los cristales se empañaron. Wellington Ordoñez sudaba dentro del traje espacial. Intentó relajarse. Se sentía culpable. Las nuevas mamparas de protección que se instalaron tras la trágica explosión de la nave gemela Challenger formaban parte de la aportación española. ¿Por qué no revisó el conector de las mamparas? Inquieto, respiraba aceleradamente un aire cada vez más viciado. Se desabrochó el arnés de seguridad y se levantó del asiento ante la sorpresa de los otros tripulantes. Contraviniendo el protocolo de emergéncia abrió manualmente la primera escotilla que comunica la cabina con la bodega. Y una segunda hasta llegar a la bodega. A su derecha, a nivel del suelo estaba la trampilla que protege los cuadros eléctricos. Tirando con las dos manos levantó la pesada puerta dejando a la vista una infinidad de cables de colores, relés, contactores... todos referenciados con su código alfanumérico. Las nuevas mamparas se activaban desde los elementos QJ. QJ01 cierra, QJ02 abre...
Wellington Ordoñez parpadeó tres veces y se restregó el guante por la cara para asegurarse de que no era un sueño. Un objeto redondo del tamaño de un melón colgaba en una de las bisagras del amario. Eso era un botijo. La luz y las risas de aquellos veranos en casa de los abuelos maternos en las Alpujarras granadinas volvieron fugazmente a la mente de Wellington Ordoñez.. Recordó el juego de infancia con el abuelo Curro. ¿Quieres beber? Pues abre la boca, quillo. Y Wellington, obediente, abría la boca y cerraba los ojitos mientras el abuelo, con el botijo en alto, lo remojaba todo, desde la cabeza hasta los pies. Y venga reir los dos. Y otra vez, abuelo, otra vez!
Con sumo cuidado levantó el botijo. Lo ladeó para sacar el asa engarzada en la bisagra. Debajo del botijo quedó a la vista el relé QJ02 destrozado. Estudios posteriores reseguirian la trazabilidad de la cooperación española que empezaba en la oficina de Space Action Ibérica, S.A., en el Parque Tecnológico 22@ de Barcelona y terminaban -después de infinitas adjudicaciones y subcontratas- en los Talleres Hnos. Pineda de Sant Fost de Campcentelles.
Volvió a su asiento el la cabina llevando en su mano el botijo como si fuera un trofeo. El aire humedo y recalentado lo inundaba todo. Eso estaba ahí abajo, dijo. La doctora Janet Zalesky tomó el botijo con las dos manos y lo observó sorprendida. Iba a darle la vuelta cuando Wellington Ordoñez le advirtió que no lo hiciera. Se va a mojar, que está lleno de agua. La doctora Janet Zalesky no daba crédito. ¿Por que hay agua aquí dentro? ¿Cómo la pusieron?, preguntó asombrada. Esto es para beber. Se llena de agua y se guarda fresca... Los ojos azules de la doctora brillaban en la penumbra de la cabina. Ese inesperado descubrimiento antropológico adquiría una releváncia máxima. ¿Se puede... beber? ¿Cómo... se bebe?, titubeó. Wellington Ordoñez tomó el botijo por el asa y lo giró hasta dejar el pitorro apuntando a la asombrada doctora. Así. Ya puede beber. Janet Zalesky introdujo el pitorro en su boca, presionó sus labios y levanto con las dos manos el botijo. Wellinton Ordoñez contuvo la respiración. Los pantalones del pesado y grueso traje espacial escondieron una reacción inesperada. Sin sacar el pitorro de su boca la Doctora Janet Zalesky miró a los otros tripulantes y le entró una risa tonta, como si hubiera sido pillada en una trastada.
Después se calmó. Wellington, ¿como se llama esto?, le preguntó. Es un botijo, afirmó. Los años de residencia en los Estados Unidos habían suavizado el sonido de las jotas, tan fuertes en la lengua castellana. Y las os finales sonaban como ou por influencia del inglés.
Años más tarde Wellington Ordoñez fue invitado a una fiesta en casa de la Doctora Janet Zalesky. Así que entró en la casa, la doctora lo tomó de la mano y lo llevó al piso superior. Se detuvieron ante una vitrina. ¿Te acuerdas...?, le preguntó sonriente la Doctora. En el interior de la vitrina había una pieza de terracota. En la etiqueta se leía “Beauty Joe”
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