Bea, mi amigo Lika y yo, salimos de la estación de tren de Colmenar Viejo (800 mts de altitud) a las doce de la mañana y nos dirigimos a Manzanares El Real (910 mts) por el campo. Una ruta interesante con pistas de tierra, saltos, trialeras, y alguna bajada divertida que a Bea no le divierte nada (por alguna extraña razón casi se tira de cabeza a un río sin quitarse ni la ropa ni la bici). Yo decido probar a darle algo de caña a mi nueva bici de rally en la bajada de una pista de tierra y reviento la cámara de la rueda delantera (está claro que esto no tiene nada que ver con mi bici de descenso a la que ya me había acostumbrado). Parada en boxes para cambio de rueda. Mecánicos: Bea y Lika. Fotógrafo, yo.
En Manzanares El Real paradita de rigor para comer algo y continuamos camino hacia Soto del Real (921 mts). Hace un día estupendo y hemos desconectado de los problemas del mundo (ni sé que día es). Dejamos atrás Soto y subimos hasta Miraflores de la Sierra (1147 mts). Paramos a tomar algo caliente y emprendemos la subida del Puerto de la Morcuera (1796 mts). El puerto es duro –mi culo protesta-, pero al final llegamos arriba contentos y enteros como si fuéramos ciclistas de verdad y nos hacemos las fotos de rigor. Hace algo de frío, me duele el trasero, tengo hambre y cae la tarde. Nos abrigamos. Nos espera una larga bajada hasta Rascafría (1163 mts).
Bajamos a toda pastilla entre escalofríos y castañetear de dientes. Se pone el sol detrás de las montañas. Paramos en el pueblo y nos metemos en un bar. Nos comemos todas las existencias (patatas bravas, filetes, calamares, cola caos, coca colas, cervezas, vinos varios, dulces, pinchos de todo y otras muchas cosas que ahora no recuerdo). Seguimos camino. Pasamos El Paular y cuando empezamos a subir el Puerto de Cotos (1830 metros) me doy cuenta de que la barriga me da con las rodillas –creo que he comido un poco más de la cuenta-. Ahora, claro, hace más frío.
A mitad de la subida del puerto ya es noche cerrada y el frío aprieta de lo lindo. Llevo el culo como un mandril y a veces nos bajamos de la bici y caminamos un poco. La carretera está desierta y no se oye ni un ruido. El cielo se va llenando de estrellas y nuestros cuerpos de frío. A Bea le duele una rodilla y a mí las dos. Se oye correr el agua de un riachuelo. No hablamos. Hay nieve al borde de la carretera y entre los árboles. Caminamos a oscuras, sin encender los frontales, disfrutando de los ruidos del bosque.
Al cabo de un tiempo que parece infinito, de pronto coronamos el Puerto de Cotos (1830 mts). Digo a Bea que ahora ya está todo hecho (¡ja! Que optimista, luego vendría lo peor). Continuamos por la carretera de Cotos hacia el Puerto de Navacerrada (1858 mts) y en esta cara de la montaña el frío es atroz. Deben ser las doce o la una de la madrugada. De vez en cuando sopla viento y entonces el castañetear de dientes es una fiesta. Bea no me deja pararme a hacer fotos y Lika quiere que pedalee más rápido porque se hiela sin remedio. Yo miro las luces de Segovia, muy abajo, a lo lejos, en mitad de la noche, y pienso en esa gente que vive allí, en que tal vez sería interesante un día llevar una vida un poco más normal, pero en fin, en el cielo brillan las estrellas y yo ando aquí, metido en esto. Intento beber un trago de agua pero se ha congelado en el bidón. ¡Se ha congelado! Pero de qué manera. Ni siquiera consigo abrir el pitorro. La cacharra es un bloque de hielo. Hace un frío de pelotas, pienso, y noto que tengo una sensación como si la planta de mis pies fuera de madera.
Paramos un momento en el Puerto de Navacerrada: parece que estamos en la luna. Ahora sólo queda descender pero estamos ateridos. Bajamos las primeras rampas. La noche está oscura como la boca de un lobo y cada coche que sube nos ciega completamente. De pronto hay que parar: a Bea se le congelan las manos y no tiene fuerzas ni para frenar. Lika ha tenido que pararla agarrándola del macuto. La cosa se complica. Estamos en mitad del puerto y nos queda aún bastante por bajar. Le dejo a Bea mis guantes interiores. Me dice que están mojados y le contesto que mojados también abrigan. Y seguimos bajando, pero ahora tenemos que parar cada poco rato para calentarnos las manos y los pies. Esta bajada tonta desde los 1858 metros del Puerto de Navacerrada hasta los 919 de Alpedrete se está convirtiendo en una fea historia. Bea ya no tiene tacto en las manos ni para frenar. Paramos a la altura del lago del Pueblo de Navacerrada. Los tres tenemos un aspecto fatal.
A partir de este punto se nota en la temperatura que vamos descendiendo. Ahora hay más coches que se mueven de pueblo en pueblo. Nos deslumbran y no vemos nada. Voy detrás de Bea, que las pasa canutas para seguir la línea blanca de la carretera. A veces tenemos que parar casi completamente. Bajamos y bajamos hasta que ya no queda nada por bajar. No sé ni que hora es: las dos o las tres de la madrugada. Ni idea. Parece que llevamos media vida metidos en un congelador. Pero todo tiene un final y al poco rato ya está todo solucionado. Hemos llegado.
Cuando, por fin, me estoy duchando, doy golpes con los pies en el suelo de la bañera, entre nubes de vapor y agua caliente. No siento las plantas de los pies y las uñas de los dedos están moradas. Ha sido una aventura más, pienso. Como siempre, nos hemos metido en un pequeño lío. Como siempre, le hemos añadido algunos momentos intensos a nuestras vidas. Nos hemos escapado del mundo de los otros, de la gente normal que gasta sus vidas en cosas materiales. Hemos tocado el cielo, y a nuestro modo, hemos llevado las riendas de nuestros destinos. Hemos vencido al frío, al cansancio y a la rutina. Hemos roto la inercia de la vida y hemos bajado al mundo cargados de recuerdos y ahora somos un poco más profundos y también algo más fuertes. Yo no sé porqué hacemos esto, lo que sí sé es que Lionel Terray definió esta filosofía a la perfección al titular su célebre libro de montaña: “Los conquistadores de lo inútil”. Somos conquistadores de algo que no sabemos explicar, algo intangible, que nadie, excepto los que son igual a nosotros, puede llegar a valorar.