Ontaneda - Trespaderne. 85 Km.
Mientras tomamos algo en la terraza del bar de Ontaneda, sopla una brisa cálida y seca. Viento del Sur. Mal viento para mí, porque me incita a viajar, a irme lejos. La idea de atravesar la Cordillera por el puerto de Estacas de Trueba era en principio sólo una idea para fantasear sobre una posible rutilla en bici. Pero ahora, con este mal viento, me decido a desarrollarla directamente sobre el terreno.
Raro para mí, que siempre lo planifico todo sobre mapas y tracks de GPS, pero lo cierto es que esta vez no tenía gran cosa preparada. Desde que Blendius me llamó para proponerme la excursión de este fin de semana, remoloneé en casa hasta el último momento con las alforjas vacías, supongo que tratando inconscientemente de alargar el tiempo en la seguridad de mi hogar, con mi familia y mis cosas, sospechando y temiendo que, de irme de fin de semana como había acordado con mis compañeros de Cantabria, acabaría soplando un cálido viento del Sur que me impelería a lanzarme de nuevo a la aventura de los caminos.
Tomando algo en la terraza del bar de Ontaneda, buena parte de mi actitud es sólo una pose. No tanto ante los demás como ante mí mismo. Se suponía que ya no era yo el mismo novato que más de un año antes, y precisamente en compañía de estos mismos amigos, había emprendido el primer viaje en bici de su vida. Desde entonces ya había rodado yo unos cuantos miles de kilómetros y se suponía que ya había hecho algunos progresos. Por cierto que Ana sí que había progresado un montón ¡Quién la ha visto y quién la ve! Pues yo no iba a ser menos. Yo, el gran viajero curtido ahora en tantas y tan largas rutas en solitario ¡Ja! Pues hala, a mantener el tipo.
Naturalmente de "curtido viajero" nada de nada. Puede que haya evolucionado un poco como consecuencia inevitable de mis pequeñas escapadas, pero la verdad es que sigo siendo un crío tratando de encontrar su lugar en el mundo. No importa cuánto viaje o cuánto aprenda, ni cuántas corazas me ponga encima: en mi interior siempre habrá un niño tímido, asombrado de lo que es capaz de atreverse a hacer.
¡Venga hombre! Qué sólo se trata de rodar unos cientos de kilómetros por donde lo hace todo el mundo ¡Menuda aventura de tres el cuarto! Ya, pero cada cual tiene su propio concepto de aventura, a la medida de sus posibilidades. Unos darán la vuelta al Mundo, otros como mucho damos la vuelta para casa. Pero la aventura es sólo eso: atreverse a ir más allá de donde cree uno que puede ir. Superarse, progresar, puxar los límites. Cada cual, los suyos.
Nos hacemos la foto y nos despedimos. Ellos tienen un largo camino para volver a su casa; yo empiezo mi pequeño viaje. Puede que me envidien un poco, yo lo haría, pero también yo les envidio a ellos: al menos ellos saben dónde van a dormir esta noche. Yo lo que sé es que los voy a echar de menos un buen rato.
Después de la tranquilidad de estos dos últimos días pedaleando por carriles de bici y vías verdes, es todo un contraste rodar por la nacional 623 que sube al puerto del Escudo y que, a pesar de la nueva autopista, sigue teniendo tráfico intenso. Prácticamente sin arcén, los camiones me adelantan en las curvas casi rozándome. Ríete de la norma del metro y medio de separación. Además empiezan las cuestas. Pequeños desniveles, pero que a esta hora del mediodía, con el calor que hace, no son nada agradables de abordar. Sobre todo después de haber estado de relajo toda la mañana. Afortunadamente sólo son unos pocos kilómetros hasta Entrambasmestas. Allí empieza la CA-263, una carretera local con mucho menos tráfico, que en 11 Km me lleva a Vega de Pas. La carretera rodea el extremo norte de cinco pequeñas sierras paralelas y atraviesa varios frondosos bosquecillos. El río Pas acompaña todo el recorrido y refuerza el ambiente de frescor de los tramos a la sombra, la cual se agradece tras cada tramo al sol en este aire cálido que trae el viento.
En Vega de Pas comienza la subida al puerto de Estacas de Trueba, el primer objetivo en mi ruta. Hay unos 800 metros de desnivel hasta el alto. Se trata de una pendiente constante de menos del 6% pero, con el calor que hace, decido dejarlo para mañana.

Pregunto por alojamiento en un restaurante a la salida del pueblo pero me dicen que ya no se dedican al hospedaje, que pruebe en la plaza del ayuntamiento. Subo hasta allí y después de merodear un rato doy con el hostal, pero está cerrado y no parece haber nadie dentro. Hay un cartel en la puerta con un número de teléfono. Llamo para pedir habitación y al poco rato aparece el dueño en coche. Es un lugar bastante agradable, con una decoración ostentosa. La habitación es amplia y parece limpia. No debe haber mucha más gente alojada ese día.
Después de ducharme y descansar un poco salgo a dar un paseo por el pueblo. Cuatro casas. La plaza (y seguramente el pueblo entero) está dedicada a la figura del doctor Madrazo, un ilustre benefactor de esta villa.



Compro agua y vuelvo a mi habitación a tratar de descansar y pensar en qué diantre se me ha perdido detrás de la Cordillera. Me entretengo escribiendo esto y acabo por irme a dormir temprano. Hoy he tenido tiempo de sobra.
Hacia las 8:30 de la mañana ya estoy listo para emprender la subida al puerto. Aún no ha despuntado el sol sobre las cumbres que me rodean. Me lo tomo con mucha calma porque no se trata sólo de subir el puerto, sino que luego aún me espera un largo recorrido en la etapa que había pensado para hoy.
Cerca de aquí pasa la que hubiera sido una vía férrea de importancia estratégica, uniendo Santander con el Mediterráneo. Obra tan faraónica como inútil, atraviesa la Cordillera por el famoso túnel de La Engaña, de casi 7 Km de largo. Como tantos otros de la época, este proyecto de ferrocarril nunca llegó a hacerse realidad.
A poco de salir del pueblo alcanzo a un señor que sube caminando y entablamos conversación. Me cuenta que él trabajó en las obras del túnel y que es una pena que habiendo costado tanto esfuerzo y unas cuantas vidas, nunca haya servido para nada. Hubo un tiempo en que lo usaron algunos camioneros y, modernamente, ciertos amantes de las emociones fuertes se aventuraban a cruzarlo a pie o en diversos vehículos. Pero ahora, tras producirse derrumbes, está medio obstruido en algunos tramos y es peligroso intentarlo. No sé yo cuánto costaría rehabilitarlo para uso turístico en plan vía verde, pero a mí me parece que sería una buena atracción para la zona.

La carretera se dirige al SE ascendiendo a lo largo de un valle alargado que enseguida se escinde en dos: por la derecha llega al lugar donde se encuentra la boca norte del túnel de La Engaña, por la izquierda continúa hacia el puerto.

El sol asciende poco a poco en el cielo despertando el colorido de las empinadas laderas del valle. Todo es verde. Pronto me llegará la luz y con ella el calor, así que procuro aprovechar para subir al fresco todo lo que pueda.

Por delante ya da el sol también sobre tramos de carretera que he de alcanzar pronto.

En mi particular carrera contra el sol, disfruto en soledad de la grandiosidad de estos paisajes que la luz del día va descubriendo gradualmente. En las casi tres horas de subida sólo me adelantarán un coche y una moto. Tranquilidad absoluta.



Por fin alcanzo la parte iluminada. Ya estoy a cierta altura y puedo contemplar lo que llevo y lo que me queda. Este puerto es precioso.




Hay una cascadita a media subida. Debe ser impresionante cuando lleva agua en abundancia. Lástima que sea tan difícil fotografiarla completa.

Un poco más arriba se llega a esta curva espectacular cuya armadura de piedra ya se aprecia muy bien desde abajo durante la subida.

Es un mirador absolutamente impresionante.





Tras la gran curva veo las últimas rampas que quedan para coronar el puerto.

Enormes zig-zags permiten ir ganando altura con poco esfuerzo.


Desde aquí contemplo el espectacular recorrido. Se ve la curva de antes y muchos tramos de la carretera, cercanos y lejanos.
Ahora ya los últimos 100 metros de desnivel y, por fin, el final de la subida.

¡Conseguido! La foto me la hizo un cliclista que venía desde Villarcayo. Charlamos un buen rato.

Me encanta este puerto porque parece mucho más duro de subir de lo que es en realidad. Uno mira las vueltas y revueltas que da la carretera y se le hace increible que haya podido llegar hasta aquí sólo dando pedales. Pero la verdad es que la pendiente constante y no muy pronunciada hace que los 14 Km de subida sean un auténtico placer si uno se lo toma con calma, como yo hice.
La vertiente sur no es tan espectacular pero también tiene un bonito paisaje y son unos cuantos kilómetros de bajada suave. El premio por el esfuerzo de la subida. Tengo la sensación de "haber quemado las naves". El puerto es una especie de barrera psicológica, un pasaje de un sólo sentido. No hay vuelta atrás. Por delante, la ruta aún por decidir. Disfruto de la emoción de sentirme lejos, de encarar lo desconocido, de no saber muy bien qué voy a encontrarme ni por dónde habré de pasar. Y disfruto también de la idea de sentirme autosuficiente con mis piernas, mi bici y lo que transporto en ella, y de sentirme capaz de explorar, descubrir.
Una mera ilusión, por supuesto, pero cada cual se ilusiona con lo que puede.

Miras hacia el horizonte que te espera y sabes que, aunque parezca increible, en sólo unos minutos estarás allí donde se pierde la vista.

Me dejo caer sin esfuerzo carretera adelante y enseguida queda atrás la cima del puerto ¡Con qué rapidez se pierde la altura tan duramente ganada! Por eso procuro disfrutar al máximo mirando ávidamente a todas partes, tratando de retener en el recuerdo la imagen de estos preciosos lugares por los que probablemente no vuelva a pasar nunca.

El río Trueba lame la piedra lisa del fondo de su cauce, de escasa profundidad, y labra curiosas formaciones a lo largo de su primer recorrido.


Con algún pequeño repecho inesperado, la carretera va perdiendo altitud. Un par de kilómetros antes de Las Machorras cruzo la desviación que conduce a La Lunada. El río del mismo nombre se une aquí al Trueba tras recorrer el corto valle que desciende del Parque Natural de los Collados del Asón. Hay una estación de esquí en lo alto y un radar enorme.


En Espinosa de los Monteros sólo paré lo justo para beber un trago y sacar una foto. Aún me queda mucho camino para llegar a Briviesca y el calor aprieta.
En El Crucero alcanzo la nacional 629, que va a Logroño y a Burgos. Un kilómetro más allá, en El Ribero, veo una mansión espectacular que tiene pinta de hotel rural.

Mirando hacia atrás me cuesta trabajo creer que vengo de esas lejanas montañas que cierran el horizonte por el norte. Pedaleando tan rápido como puedo por el arcén de la carretera nacional, por esta tierra seca y llana, tengo la impresión de que fue otro día cuando atravesé los verdes prados de montaña de los que acabo de bajar hace tan sólo unas horas. Este radical cambio de ambiente refuerza la ilusión de estar viajando lejos.

Por delante me quedan unos cuantos kilómetros de llanuras abiertas bajo un sol de justicia. Paso por Medina del Pomar, una población bastante grande y agradable, y por Moneo. Pero no paro tampoco a conocer algo de esas poblaciones porque sólo me apetece seguir pedaleando, tragar kilómetros, ir lejos ¡Dichoso viento del sur...!

En principio quería llegar a Briviesca pero ya empiezo a acusar el cansancio del fin de semana y de la ascensión al puerto de esta mañana. Además el calor y la carretera nacional no hacen muy agradable el viaje en estos momentos. Paro un rato bajo la providencial sombra de los arcos del ayuntamienteo de Nofuentes y saco el ordenata. Veo que hay un hostal en Trespaderne, a sólo 5 Km. Llamo para reservar habitación y me dirijo hacia allí.

La chica con la que hablé por teléfono se sorprende de que haya llegado tan rápido. No es que parezca ser un hostal muy recomendable pero, como ella me dijo, es el único que hay. Un tipo gordo y sudoroso, que debe ser el dueño, me hace la ficha. Mientras teclea en el ordenador para imprimirme la factura, el hombre se descojona de risa sin decirme ni palabra. Espero que se esté riendo de lo que acaba de ver en la tele y no de mí. La habitación es bastante deprimente y de limpieza dudosa (un pelo largo entre las sábanas y bastante mugre por doquier) pero no estoy para remilgos. Un detalle divertido: la ducha era tan pequeña que por la abertura que dejaba la mampara de baño apenas pude pasar de lado metiendo barriga y rozando pecho y espalda. Lo difícil fue frotarme porque no podía levantar los brazos dentro de tan estrecha cabina. Lo parte buena es que, aunque resbales, en esa ducha es imposible caerse.
En fin, lo importante es reponerme para alcanzar cuanto antes mi segundo objetivo: el Camino Francés.
Mañana será otro día.






