He pinchado dos mañanas seguidas en mi camino al trabajo, y todo por culpa de la mala leche. Os cuento.
Ayer, de camino a mi puesto, me encuentro con un furgón de los servicios de jardinería estacionado en el carril-bici y ocupando todo el ancho. Con esto, me vi obligado a subir unos metros por la acera y, entonces, ¡pssss!
Y es que, aparte de aparcar la furgoneta en mitad del carril-bici, no habían puesto señalización alguna de que estaban podando los árboles y palmeras del parque, por lo que las ramas y hojas de éstas se encontraban tiradas por el suelo, sin ningún operario a la vista y sin signo alguno de que estaban trabajando en el lugar.
Bueno, pensé, resignación.
Total, llego al curro, salgo, arreglo el pinchazo y para casa.
Pero lo de hoy no ha sido una mera ramita.
A escasos metros del lugar donde pinché ayer, de la nada ha surjido un perrazo (no sé mucho de razas, pero no se trataba de un caniche precisamente) ladrándome de mala manera y que, al ver que pasaba de él (que no echaba a correr o algo así), me ha mordido la rueda trasera.
Como leéis: Me la ha mordido. Y fuerte, además. Tanto, que he acabado en el suelo y el animal se ha llevado el susto de su vida al caerle la bici encima.
Mientras yo estaba en el suelo, ha llegado un amigo que venía detrás y que había visto el incidente, al tiempo que aparecía el dueño del perro, acusándome, no os lo perdáis, ¡de haber incitado al perro porque yo iba pedaleando muy deprisa!, cosa que no tiene mucha lógica, ya que yo había aminorado para no pasar sobre el perro en un primer momento ya que me había llegado de frente.
"Entonces, si llega a ser un niño pedaleando, ¿también se le hubiera tirado a morder?", ha preguntado mi amigo, a lo que el individuo ha contestado que los ciclistas siempre nos hacemos las víctimas.
Eso sí, entretanto, le ha puesto la cadena al perro y se ha marchado a toda prisa. Yo estaba sentado en un banco intentando recuperarme del golpe (el manillar me ha dado de lleno en el pecho) con mi amigo llamando a la policía que, a pesar de llegar al par de minutos, no ha encontrado al tipo en cuestión.
Es la gota que colma el vaso. Llevo años recorriendo Almería sobre mi bici, usándola como medio de transporte (no tengo coche y no hago mucho uso de buses y taxis), y puedo asegurar que es la peor ciudad para pedalear por ella. Así de simple. Y no es algo que escriba a la ligera o en caliente (ya han pasado varias horas desde las 8 de esta mañana). Me he salvado por los pelos de varios atropellos y he sufrido uno. Aparte, uno a de aguantar a los impresentables que ocupan el carril-bici, las altas probabilidades de que tu bici sea robada aun estando a la puerta de una comisaria y de los insultos de conductores y viandantes. A veces, siento que el ciclismo es un David contra Goliath, donde Goliath tiene el apoyo de las instituciones y a David le intentan apartar del camino del gigante.
Amo la bici. El ciclismo es mi pasión. Me gusta salir por el monte y rodar por asfalto, moverme de un lugar a otro limpia y rápidamente, pero la situación aquí no hace sino empeorar cada día.
He participado en bicifestaciones y otros actos reivindicativos, pero no veo resultados, no los veo por ningún lado. Lo que sí veo en esos actos es a los politicuchos de turno sobre bicis plegables para quedar bien en la foto y que luego no mueven un dedo para nada.
Y si lo hacen, es para apoyar campañas tan absurdas como la de una mujer que quiere prohibir el paso de bicis y patines por el paseo marítimo, y todo porque a su hijo, de 5 años, le golpeó en la cara otro niño de 5 con el manillar de su bici. Querrá que nos juguemos el pellejo por la calle paralela, donde me atropellaron tras ponerse un semáforo en verde y un conductor me barriera "porque llevaba prisa y yo estorbaba".
Dios, lo que nos falta para ser como el Norte...
(Perdón por el ladrillo, pero es que uno está un poco quemado de este tipo de situaciones)