Etapa 1. Soto de Rey - Salas. 51 Km
No había recorrido cincuenta metros y lo primero que dije fue: "No va bien ¡puf! nada bien". Pero me dio vergüenza pararme. El problema es que la bici va tal vez demasiado cargada y a la mínima, entra en oscilación de forma alarmante. Da la impresión de cimbrearse de izquierda a derecha, la rueda delantera y la dirección por un lado y la parte trasera por el otro. Noto como si la bici se doblara lateralmente en cada oscilación y da la impresión de que se va a partir en cualquier momento. A partir de los 30 Km/h, las oscilaciones se hacen por sí mismas más y más intensas a no ser que haga fuerza sobre el manillar para tratar de amortiguarlas. La bici se vuelve tan inestable que tengo mucho miedo de perder el control y estrellarme o caerme.
Al llegar a Palomar, a unos 6 Km de mi casa, y tras haber experimentado oscilaciones terribles al alcanzar algo de velocidad cuesta abajo, paré a considerar la situación. Pensé en desistir pero me daba rabia: había comprado esta bici precisamente para poder hacer viajes como este llevando carga. Se suponía que esta bici estaba preparada para eso, pero de eso ahora la verdad es que tengo mis dudas. Pensé en llamar a mi hijo para que viniera a buscar parte de la carga, el material de acampada que llevaba en las alforjas delanteras, pero aunque eso tal vez solucionara este viaje, la idea era poder emprender con esta bici cualquier viaje. Algo frustrado y bastante preocupado, decidí seguir adelante de todas formas procurando extremar las precauciones.
Por fortuna sucedió algo que me ayudó a dejar de preouparme tanto. Pasando por Caces, un pueblecito a orillas del Nalón, me encontré con un señor anciano sentado de mala manera en el suelo. A su lado su bastón y una bolsa de plástico conteniendo una botella, creo. Ya pasaba de largo pero en el último momento me dio por preguntarle:
- ¿Está usted bien?
Pero el hombre no respondía. Parecía aturdido. Entonces se me disparó la alarma.
- ¿Qué le ha pasado? ¿Se ha caido usted? ¿Se ha caido?
Esta vez el señor logró decirme que sí, que se había caido. Me bajé de la bici y corrí hacia él. Tirándole de los brazos no lograba ponerse en pie porque le flaqueaban las piernas. Logré levantarlo sujetándolo por las axilas. En esto pasaba en coche una vecina que paró de inmediato y vino también a socorrerlo. Ella lo conocía y sabía que el anciano vivía en la casa delante de la cual se había caido. Abrimos la verja y con la ayuda de otro vecino que se acababa de llegar allí, ayudamos al pobre señor a entrar en su finca, subir las escaleras de su casa y sentarse en su terraza. Él no dejaba de decir que estaba atontado y que ya no valía para nada. Me dio mucha pena. Según nos contó el vecino, no es la primera vez que se cae y por eso la hija con la que vive no le deja salir de casa. Hoy ella no estaba y tampoco la persona que lo atiende normalmente cuando ella va a trabajar. El hombre había salido para ir a la tienda a comprar algo y fue cuando se cayó a la puerta de su casa. Como no podía levantarse, se quedó allí hasta que pasé yo. Lo dejamos sentado en su terraza, pues la hija estaba a punto de llegar. Sentado en una silla y murmurando que ya no valía para nada.
Esto me dio qué pensar ¿Por qué hacer este viaje? Porque aún puedo hacerlo. Tenía miedo a emprender este viaje, pero tengo más miedo aún de no poder hacerlo. Antes de que sólo pueda quedarme sentado en mi terraza contemplando el mundo mientras espero a la muerte, tengo que hacer cosas como este viaje, tengo que vivir mientras la vida me lo permita. Me lo debo a mí mismo.
Estaba muy excitado, preocupado por lo que habré de encontrame, triste por separarme de mi familia, confuso por lo que acababa de suceder. Tenía ganas de gritar o de llorar, pero seguí pedaleando. A orillas del Nalón una antigua pista militar ahora convertida en senda verde atraviesa lugares con magia. El rumor del agua y la luz tenue que se filtraba entre las ramas de los árboles consiguieron calmarme un poco. Y seguí pedaleando.

Atravesé Trubia y luego tomé la carretera nacional que va desde Oviedo a Grado. Fue agradable darme cuenta de que a pesar de los 30 Kg de equipaje que llevo en la bici, puedo encarar las subidas sin demasiada dificultad. Es cosa de tomármelo con mucha calma y concentrarme en matener un ritmo que pueda soportar. Es una cuestión de cadencia.
En la bajada a Grado aprendí a amortiguar algo las oscilaciones de la bici, pero no puedo pasar de 40 Km/h si no quiero estrellarme. Bueno, tampoco tengo demasiada prisa. Cuestión de gastar las zapatas de los frenos. De cualquier manera, pesando en conjunto casi 155 Kg, es mejor no alcanzar demasiada velocidad incluso si la bici no se cimbreara de esa forma.
Pensaba parar en Grado y comer algo en el parque antes de emprender la subida gorda del día, el ALto de la Cabruñana. Al llegar vi a un peregrino sentado en un banco y charlando con otros dos que estaban de pie, una pareja. Voluminosas mochilas envueltas con sus protectores para la lluvia esparcidas por el suelo. Al verme llegar el chico de la pareja se echó a reir y me señaló con el dedo. Todos me hicieron señas de que me acercase y yo así lo hice encantado. El chico sentado en el banco vasco y hace su primer Camino en compañía de la chica que estaba esperando. Ella había ido a comprar pan y no tardó en regresar. La pareja eran australianos pero viven en Londres. En un video sobre el Camino Primitivo se habían enamorado de los paisajes que se mostraban y decidieron venirse a hacerlo pero ya. Ellos ya conocían el Camino Francés. Charlamos, reimos, intercambiamos historias e información y pasamos un rato de lo más agradable. Ni siquiera sabemos nuestros nombres pero es como si nos conociéramos de toda la vida. Es parte de la magia del Camino... si das con las personas adecuadas.

Por desgracia no creo que vuelva a verlos ya que en bici voy mucho mas rápido que ellos. La pareja de vascos se iba a quedar en San Juan de Villapañada. Los australianos pretendían llegar a Cornellana. Mi destino era Salas. A la salida de Grado los adelanté. El chico iba unos metros por delante de la chica. Al verme me silbó y levantó la mano para decirme adios ¡Buen Camino!
Me tomé con mucha calma los trescientos metros de desnivel hasta el Alto de la Cabruñana. A media subida empezó a chispear y al rato a llover en serio, pero no me importó. Aún llevaba el alma confortada por el encuentro con los peregrinos ¿Es mágico el Camino? Sí si estás dispuesto a abrirte a su magia.
Llegué calado al Alto de la Cabruñana y decidí parar a refugiarme en la iglesia y aprovechar para comer. Ahí pude comprobar la utilidad de mis nuevas alforjas Ortlieb: ni una gota de agua en el interior. Me puse ropa seca y estuve comiendo mas ancho que Pancho hasta que dejó de llover. Entonces sólo tuve que dejarme caer, frenando todo el rato, eso sí, hasta llegar a Cornellana.
Fui a ver el albergue de peregrinos que hay en el antiguo monasterio. En el patio un tío cachas, con el torso desnudo, jugaba con su perro. Cualquiera diría que el hombre era de Bilbao... y acertaría. Le llamó la atención mi bici cargada con alforjas atrás y delante. Se asombraba de que llevara tanta carga. Estuve charlando un buen rato con él y con otro peregrino, este de Donosti. No sé cómo salió el tema de Rodadas pero lo cierto es que el bilbaíno conoce nuestro foro y creo que está registrado como usuario porque estuvo haciendo el Camino del Norte el año pasado con un forero que todos conocemos, madrileño, veterinario... Alfonso: recuerdos de parte del de la rueda de molino (creo que era eso).

De Cornellana a Salas se llega pronto. La carretera va ganando altura pero no es aún una cuesta empinada.

En Salas callejeé un poco hasta dar con un hotelito. La dueña me atendió muy amablemente y hasta me selló la Credencial. No me acabo de creer eso de que sea yo por fin un peregrino.

Mañana el segundo desafío: el Puerto de la Espina, y los altos que vienen detrás.