Un viaje de 18.653 kms por cuatro continentes entre mayo de 2010 y octubre de 2011. Ver más

Se nos acabó América del Sur. Desde el aeropuerto de Sydney la locura de Lima, los desiertos de sal bolivianos o la majestuosidad del monte Aconcagua nos parecen irreales. ¡¡Casi cuatro meses por tierras australes pero nos sabe a poco!! Nos dejamos muchas cosas por hacer y mucha gente que conocer. Es lo bueno y lo malo de un viaje con tantos vuelos como este. No nos da tiempo a cansarnos de un paisaje pero tampoco a explorarlo a fondo. En el fondo no nos preocupa demasiado porque sabemos que volveremos.
Por si os gustan los números tanto como a nosotros os dejamos aquí algunas de las estadísticas de estos meses.
Hace unos días que cruzamos la frontera entre Argentina y Bolivia. De nuevo una carretera asfaltada, estaciones de servicio con supermercado y otros detalles que nos indican que estamos en un país mucho más rico que el que acabamos de dejar. Según bajarnos del altiplano vuelve también el color verde, los árboles y los ríos con agua. En Argentina está a punto de llegar el verano y el aire huele a flores.
De Bolivia nos llevamos el recuerdo de paisajes alucinantes, el buen trato de gente sencilla y amable y también unas cuantas lecciones que seguramente vamos a poder aplicar más adelante:
-¿Qué opinan de los españoles?, preguntamos a los mineros después de escuchar todas las atrocidades que nuestros antepasados cometieron en Potosí tres o cuatro siglos atrás.
Las minas de Potosí, antiguo corazón del imperio, se pueden visitar pagando un pequeño dinero a la cooperativa. “Se trata de un turismo vivencial”, insiste el guía, “no de museo. Hablen con los mineros.” Para llegar al sitio donde nos sentamos con ellos hemos entrado a penas 500 metros en la mina sorteando cables que cuelgan, andando casi a gatas por el túnel principal, que está totalmente a oscuras e izándonos por agujeros que parecen chimeneas de ventilación pero son en realidad los conductos por los que los mineros llegan a sus vetas y que después usan para transportar el material, casi 8 toneladas diarias de piedras.
- Eso pasó hace mucho tiempo, dicen, pero nos molesta que los españoles que vienen aquí no sepan lo que pasó. No es que puedan hacer nada, pero al menos deberían saberlo. No lo saben porque no se cuenta en las escuelas. Cuando se lo decimos, muchos se ponen a la defensiva y responden que ellos no son españoles, que son vascos o catalanes o vaya a saber… No es un ataque. Solo queremos que se sepa.
Me van a perdonar que hoy no hable de bicicletas, pero creo que tenemos la obligación de contarlo.
(I)
Muchos años después, frente a la ruta Intersalar I, Alicia había de recordar aquellas tardes remotas en que Álvaro la llevó a conocer los caminos arenosos entre Móstoles y Navalcarnero. En la zona había en aquel entonces solo algunos polígonos industriales desparramados por campos de labor, unidos entre sí por caminos de llenos de arena, marcados por las huellas de los vehículos y repletos de piedras pulidas, blancas y enormes como huevos prehistóricos.

“¿Y no quieren ir a ver el valle de la Luna?” nos pregunta extrañados Christian, el dueño del hostal ciclo-amigable de La Paz, donde nos estamos alojando. Aún le resulta raro que todos los viajeros que nos quedamos en su casa queramos pasar más tiempo sentados frente a la computadora que paseando por ahí. En realidad es cierto que muchos de nosotros no regresaremos a Bolivia, pero tanto tiempo pasamos al aire libre que lo que más deseamos cuando tenemos la oportunidad es enganchar un buen sofá y quedarnos tranquilamente ordenateando o leyendo un libro.
También, en general, detecto
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mucho miedo y poco peligro.
No hay peligro suficiente
para tanto miedo como tenemos.
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