Reportaje: ¿Disciplina contra violencia?
Publicado en la Gaceta de los Negocios, en el número 4.471 del martes, 13 de enero de 2004
Autora: Alicia Urrea
Desde que comenzaran las clases a mediados del mes de agosto, ya se han producido 18 muertes en los centros americanos. La respuesta de la administración, una estricta disciplina, parece no estar dando los resultados previstos
El curso escolar no ha podido comenzar peor en Estados Unidos. Desde mediados de agosto son ya 18 las muertes de estudiantes de colegios e institutos tanto de grandes ciudades como de núcleos rurales. Este es el peor trimestre conocido desde hace varios años. Desde 1998 se había registrado una tendencia decreciente en el número de muertes violentas en las escuelas, y los expertos señalan que los atentados del 11 de septiembre tuvieron una repercusión notable sobre la violencia en los centros escolares, que descendió en un 30%.
Así las cosas, las autoridades esperan que las cosas vayan a mejor mientras se preparan para lo peor, ya que, según las estadísticas oficiales, la mayor parte de las muertes violentas se producen en primavera, después de las vacaciones navideñas. El año pasado, tan solo cuatro de los 26 casos de muertes violentas en los centros tuvieron lugar antes de enero.
La respuesta de la Administración al gran número de muertes y actos violentos en las escuelas, pasa por medidas disciplinarias muy estrictas, una política conocida como Tolerancia Cero.
Durante la década de los 80 se registró un aumento de la violencia en las escuelas. Las autoridades y los medios de comunicación comenzaron a emplear entonces el concepto de “superpredador” para referirse a un tipo de delincuente juvenil que se caracterizaba por ser joven, violento e incorregible. Según estas teorías, una horda de estos superpredadores estaba arrasando las escuelas, y ante ellos, solo cabía tomar medidas disciplinarias más estrictas. Se comenzó por aprobar algunas normas contra las armas de fuego y las drogas.
En 1994, la administración Clinton aprobó la Gun Free Act (Acta contra las Armas de Fuego) que decretaba la expulsión inmediata de cualquier alumno que fuera sorprendido en posesión de un arma en el centro escolar. A esta primera se fueron añadiendo otras, especialmente tras una serie de tiroteos en escuelas públicas, y en concreto la registrada en el Instituto Columbine, en Colorado, en el que murieron quince estudiantes. Nuevas normas contra las drogas o el alcohol, y poco a poco, cada vez más normativas que regulaban todo tipo de ofensas, desde llevar un arma a proferir insultos.
En virtud de esta filosofía, conocida como Tolerancia Cero, actitudes o actos que contradijeran las normas del centro serían severamente castigados, propiciando así que los alumnos se lo pensaran dos veces antes de llevar, por ejemplo, un arma o drogas a la escuela.
Sin embargo, para las organizaciones pro-derechos humanos, como Advancement Proyect, “el sistema educativo está empezando a parecerse al carcelario. Las normas que antes eran gestionadas por el director o los padres, ahora son responsabilidad de la policia.”
A esto hay que añadir que las normas exigen que el castigo se aplique sin tener en cuenta las circunstancias particulares del caso. Es decir, llevar un cuchillo al centro supondría la expulsión del centro, independientemente de que se fuera a utilizar para pelar una manzana o para acuchillar a alguien.
Sin embargo, en muchas ocasiones la aplicación de las medidas disciplinarias ha llevado a situaciones absurdas. La tasa de abandonos ha crecido espectacularmente, y las escuelas norteamericanas están repletas de casos esperpénticos: niños arrestados por llevar un huevo en el bolsillo, o discusiones entre amigos. Un caso representativo podría ser el de Becca Johnson, que fue expulsada de su colegio en Pensilvania, tras dibujar en la parte de atrás de un examen un monigote con flechas apuntando a su cabeza. Para las autoridades de su colegio, esta niña de 11 años mostraba instintos violentos, y según las normas de Tolerancia Cero de su centro, debía ser expulsada, a pesar de figurar entre los cincuenta mejores estudiantes de su colegio.
Las detenciones por delitos en el campus escolar son también frecuentes, y, a menudo, sorprendentes. Por ejemplo, un niño de seis años fue arrestado en Palm Beach por allanamiento al atravesar el campus de su colegio fuera del horario escolar en su camino a casa. Otro chico, de 17 años, fue arrestado por llevar un huevo en su bolsillo el día de Halloween. Las autoridades de su colegio consideraron que era un proyectil peligroso y podía entrañar peligro.
Los ejemplos son inagotables, y las asociaciones que promovieron la política de Tolerancia Cero apelan al sentido común de los administradores. Sandra Feldman, presidenta de la Federación de Profesores Americanos, se declara “avergonzada cuando leo sobre estos casos. Son ejemplos de adultos que no están ejerciendo su responsabilidad. Nosotros estamos siempre a favor del sentido común”.
A estos casos hay que añadir un agravante más. Un estudio de la organización Advancement Proyect, realizado en distritos escolares de todo el país, muestra que, además de ser demasiado estrictas, las políticas de Tolerancia Cero afectan prioritariamente a los alumnos de afroamericanos y a aquellos con necesidades educativas especiales. Así por ejemplo, en el distrito de Palm Beach, uno de los más ricos del estado sureño de Florida, los estudiantes afroamericanos representan el 30% de la comunidad escolar, pero el 65% de las expulsiones son de los alumnos de color. En este mismo condado se registraron 1.287 arrestos en las escuelas. El resultado es similar en los otros estados en los que se ha realizado el estudio.
Así las cosas, el número de abandonos en la Escuela pública es bastante alarmante, y no cesa de aumentar el número de niños y niñas que reciben su educación en casa: en la última década, la cifra ha pasado de 360.000 a 850.000 niños. Cansados de las escasez de medios de la escuela pública y del coste de la escuela privada, cada vez son más los padres que han decidido ser los maestros de sus propios hijos.