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Corrían malos tiempos para la lírica. La corona de Aragón y la de Castilla no eran aún la misma, y la política no se jugaba en los despachos senatoriales, sino con aceros y lacres. Don Álvaro de Luna, valido de Castilla y maestre de la orden de Santiago, tenía buenos motivos para haberse mandado construir una vetusta casa-fortificada en el enclave donde hoy se levanta la iglesia de San Martín. Defensor del poder real frente al de los nobles, era acreedor de odios exacerbados en toda la villa. Uno de los peores enemigos era entonces Francisco Crispi Daura, que tenía su hacienda en la plaza del Callao.
Cierto día, los partidarios de ambos personajes se batían en duelo, como era su costumbre, cuando se hizo de noche. Cada uno se fue entonces a su casa, pero viendo que salía la luna, decidieron continuar la batalla, aunque batiéndose sólo los líderes de cada una de las facciones. Durante aquel duelo endiablado, ambos caudillos murieron al pie de una de las casas, conocida desde entonces como la Torre de la Luna.
Isabel la Católica mandó derribar, unos años
después, las torres de ambas casas, pero cuando se reconstruyo la de
don Álvaro de Córdoba, en su pared se talló una hermosa
luna, que dio nombre a la calle y plaza que hoy conocemos…. O no….
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Fecha de publicación:
04/09/2004