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Sólo tú escribiste tu faz en mis versos,
fuiste tú la que teñía de luz cada tarde.
Desvestías los álamos con el fuego
y de tus rayos nacían cipreses tristes,
estrellas en un horizonte pardo.
Naciste del seno del monte amamantado,
de la selva virgen;
del lugar donde aún perdura lo salvaje,
donde todo es viejo, todo es santo.
Nació una estrella más en el cielo,
una dulce brizna de áureo rocío
de dorada brisa.
Nació un lucero nuevo,
un faro a la orilla del mar,
una luz en medio del duelo.
Naciste como una sonrisa
sobre mi cara de niño,
como un invierno
sobre mi primavera triste.
Busqué tu nombre en el infinito
sobre ríos inmensos
e infinitos manantiales;
en las fuentes yermas,
en las viejas calles.
Te busqué allí
donde la tristeza se adueñaba de todo,
donde el titiritero buscaba cobijo
para pasar el invierno.
Luces y sombras pasaron;
pasaron versos, desdeños,
caricias, besos, sueños,
aromas lejanos, tristes inviernos.
Y naciste al alba,
por entre lo escondido,
trepando las viejas selvas,
los versos valles.
Eras tú y con tu luz
nació la vida
nació este instante.

Luz puede ser
cuando el día se abre al sol
y deslumbra en mi salón,
convidándome a crecer.
Luz puede ser
la cortina y el sabor
de un cansancio de cartón
que se cuela en el café.
Despertarse al imprevisto,
calcular sin ser preciso,
conversar con uno mismo:
“¿Qué está bien, qué puedo dar?”
Y la luz que está en los presos,
las pateras, el Estrecho,
lo que no está en “candelero”,
¡Qué más da! que da igual...
Luz puede ser
si tu espalda es de algodón,
vuela tu ropa interior
y te inundo sin ayer.
Verte nacer
al teléfono, al amor
y palparte el corazón
que te escala por los pies.
Tus ojos que todo alumbran
y tus manos, tan desnudas,
tus tristezas más oscuras
que no ven, que no ven.
Tu silencio que te esconde,
tus palabras, tus derroches,
tanto invierno, tanta noche,
que no sé, que no sé...
Y la luz que está en los presos,
las pateras, el Estrecho,
lo que no está en “candelero”,
¡Qué más da! que da igual...
Y la luz de los parados,
maltratadas, refugiados,
drogadictos, desahuciados,
¡Qué más da! que da igual...
Porque el que vive en los suburbios
es de luz, es de luz.
El que pelea abriendo surcos
es de luz, es de luz.
Todo es a un tiempo
mismo punto que alumbrar,
mismo incendio y volcán.
Tu voz quebrada por las esquinas
es de luz, es de luz.
Tu falda corta en mi retina
es de luz, es de luz.
Todo es a un tiempo
mismo punto que alumbrar,
mismo incendio y volcán.
Las sombras tienen hambre
de soledad
y me devoran.
Mi mirada, ya negra, se pierde
tras el gris de la ventana,
de un cielo perdido,
de una realidad frustrada.
Las sombras acechan
sobre mis sueños
y los oscurecen.
Vuelve a llover sobre mi existencia
más profunda
y, empapada, pierde mucho sentido.
No camino tras el Sol
y nunca lo he hecho,
era una ilusión
(“una sombra, una ficción”).
Este se mueve solo.
Realmente no avanzo,
es el mundo el que se mueve
pero
mi mirada está tan negra
que ya no me doy cuenta, no lo veo.
Las sombras han borrado mi camino
y se han tragado mi memoria.

Los niños no son ya tan niños.
El neón de la ciudad
les acompaña.
Y en una pausa de Madrid,
escondidos,
se aman. 

Cuando esta casa donde vivo es deshabitada, cuando las estancias emocionales donde bebo son habitadas por el más profundo y desgarrador silencio, es cuando comienzan a dilatarse uno a uno los orificios de mi cuerpo, segregando los flujos más íntimos que amenazan con inundar estas celulosas inertes que cubren mi escritorio de sueños inconfesables. Es precisamente entonces cuando la inspiración me colma de atmósferas azules para lloverme y depurarme, llegando a ser en forma de palabras quien quiero ser. Y se recicla de nuevo el agua que me brota con el nuevo que me penetra en las entrañas, donde se gestan tintas fecundadas que mañana serán hijos deseados.
Y todo esto ocurre mientras una potente luz procedente de todas las aristas que hermetizan mi creación me hace ver que de nuevo soy capaz de convertir la nada en dibujos gramaticales que me ayudan a seguir justificando la existencia en el turbulento y absurdo océano de esta vida.
Cuando esta casa donde vivo es deshabitada, cuando las estancias
donde bebo son habitadas por el más profundo y desgarrador silencio...
¡Grito! Y pido que mis orificios corporales sean saciados de la más
apasionada compañía, dando muerte a la inspiración. 

Cabezón, cabezudiespeleuznante,
Cabezota capitidepravado,
Caradura tontón asilvestrado,
Lengüilarguibabsialucinante.
Vedlo bien de calumnias repelente,
Gallinacipicón de gallinero,
Sinvergüenza patán y vocinglero,
Hipacúsico puro e insolente.
No es errado decir que es cojonero,
El moscón del que trato en mis sonetos,
Que no hay mosca mosquito trompetero,
Mosquiabejiabejorro patatero,
Que mosquee y nos deje tan repletos
Con su piqueirrepique trapacero.
¿Sabéis ya de quién
trato? Lo lamento.
Escuchad, que no cunda el desaliento:
Mentirosovulguifilibustero,
Pertinaz con poder de horca y cuchillo,
Torticero se mea cual un chiquillo
En el tiestitertero por entero.
Corifeos menguados de pelotas
Lo rodean, lo abalan ostensibles;
Gentecillas, meapilas, insensibles,
Sin pudor ni autoestima… ¡Qué berzotas!
Perorando se sienten arropados.
Y, aunque muchos les niegan la razón
Se han creído en su coto bien armaados.
¡Dios nos libre de tales desalmados!
Son taimados, broibones con blasón,
Cuernilarguicabroncideslenguados.
Cagaletas, caguetas.. ¡Cachiendiez!
Que seremos espejos de ellos mismos
Si cegados no vemos los abiscmos
Que nos cavan--- Seremos cual la hez.
Y ahora ¡el colmo! A diario periodistas
Chiquetetes que en casa nos marean…
Y en casitas estos chiquis regatean
Cual si fuesen maniacofutbolistas.
¡Venga ya! ¡A qué tanto comecoco!
Mi sillón silloncitisilloncete
Y la tele a la mierdi. No estoy loco.
Yo al hogar, cabritito cabritete,
No me seas cabrín ni cbriloco.
Y el agraz naranjal… pal que le pete.

Diecisiete versos
y tres o cuatro mentiras.
Yo no sé muy bien qué decir
pero lo digo:
Parece que fue ayer,
sin embargo es ahora,
aquí, en este preciso instante,
que mientras el silencio
deshace enredos
nosotros jugamos a ser niños.
Digamos que es verdad;
que existen estrellas fugaces,
que un beso
vale mas que mil palabras
y una palabra lo niega todo.
Digamos que es mentira;
que no creo en Dios,
que uno y uno no suman tres,
y que tu y yo
no somos quienes somos...
Digamos tan solo
que el susurro de la noche,
es la cuerda de guitarra
que en tus ojos brilla.
Sería difícil precisar cuando nos llegó la luz.
A finales del XVIII, Cotton Mahler, pastor del Salem, simplificó la humanidad en dos bandos encontrados: el primero pertenecía al de los auténticos cristianos, dueños de la luz; el otro, a las gentes de las tinieblas de Satán. Los primeros, protestantes angloamericanos; los últimos, españoles o papistas. El sueño norteamericano ya desde entonces era el de imponer su razón, su luz, a través de la continua anexión de territorios. En 1820, un adolescente, llamado José Smith, en la misma línea patriótico-religiosa vio una luz más brillante que el sol y fundó la iglesia mormona americana, muchos siglos después de que un tal Saulo fuese testigo de un resplandor semejante que lo llevó a convertirse al cristianismo, previo paso por la ceguera. En este arranque de nuevo siglo, me pregunto que clase de luz será la que tutele a nuestras oscuras naciones, si tiene algo que ver con el hecho de que los gobernantes, desde sus posiciones irradiadas, sean capaces de interpretar la voluntad de una nación, a pesar de la nación.

Los líderes de las naciones libres, en el nombre de la causa común del bienestar de los grandes nos han conducido a la Guerra Santa para convertir a los países infieles del petróleo a conveniencia y capricho suyo. Un viejo amigo religioso, también resplandeciente de esa luz sublime, me tranquilizaba al recordarme que Bush era un acérrimo seguidor de la Biblia. Evaporó mi desasosiego el hecho de que sus bombas y otros supositorios balísticos fueran regados de la misma grandeza visionaria con que Dios accedía a llover fuego sobre Sodoma y Gomorra.
En el diario transcurrir, encuentro individuos tocados de una u otra manera por esa luz ¿Es luz la paz de Dios vestida de cruzada o Yihad? ¿Será luz lo mismo que nos enfrenta y reúna, umbral de bienvenida susceptible a cualquier extremo: desde la tolerancia entre diferentes hasta el celo de los expedicionarios cristianos por tomar Jerusalén y rescatar el Santo Sepulcro (objetivo honrado en 1099 con la masacre de toda la población judía y musulmana de la ciudad)?
Conocí a un poeta argentino, en otra parte del mundo, que ya no podía ver. En una visita ulterior me regaló un disco con la lectura de sus poemas. Lo más destacable eran los últimos versos dedicados a inventariar todas las cosas que su ceguera se había llevado. Entre ellas, el rostro adulto de su hija. “Hace tanto que ya ni me acuerdo”. Si bien la noche hurta las emociones humanas, sentidas desde lo visual, acaba siendo más cegadora la deslumbrante convicción por una causa sobrehumana. Como le pasara a Saulo, quien logre ver la luz termina por no ver nada más.
Quizás quien dude esté más en lo cierto que el que se repite constantemente su verdad. Porque entre tanto claroscuro prefiero quedarme con los ojos rojos de los cuartos traseros de los automóviles rodeando la noche como un mar de cirios, con las luciérnagas que a lo lejos parecen nuestras casas, con los sueños comunes y domésticos, que, muy lejos de salvar el mundo, logran hacerlo un poco mejor. Ese poco descrito por Cortazar como un poquito de nada que ya no es una nada absoluta.
La humilde luz de los astros regalándose su resplandor
a través de millones de kilómetros de galaxia. Las de un coche
de juguete sobre el excalectric de mis sueños ayudando a remontar miles
de noches inútiles. Luces de otras luces, pequeñas verdades
que siquiera llegan a la altura de mentiras, sirviendo de brújula entre
tinieblas y vergeles de gloria satinada. Luz, luz, luz que en sí misma
no contienen nada, no significa nada, salvo el contraste violento de realidades
distintas. Así erramos esperando encontrar otra clase de preguntas
que equivalga a una respuesta. Luchando por una dignidad, todavía dignidad,
contra el hambre feroz de esas empresas con el reluciente sabor del euro puntado
en sus almas. Utopías las nuestras, las del medio y bajo burgués,
que permitan seguir soñando horrorizarnos con lo que pasa una pared
de escayola más allá de nuestros hogares, de sus luces de televisión
de nuestras cuevas en cuyo interior seguimos representándonos con las
sombras chinescas proyectadas por nuestras manos. Sin tener por qué
sentirnos despreciables, todavía limpios en una refugiada esquina.
Metas que desaparecen y reaparecen a principios del año, faros desde
lo inalcanzable, señalando una ruta necesitada de destino. Recitaba
una canción de algunos años “Las luces de la carretera
son como los sueños /se acercan lentamente y cuando llegan /se vuelven
a ir”.


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Fecha de publicación:
03/23/2004